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Para ser alguien escribí una novela de mil páginas
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Alberto Olmos

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Para ser alguien escribí una novela de mil páginas

Jeremías Gamboa se tutea con los grandes clásicos latinoamericanos con la impresionante "El principio del mundo"

Foto: Cubierta de 'El principio del mundo', de Jeremías Gamboa. (Alfaguara/EC)
Cubierta de 'El principio del mundo', de Jeremías Gamboa. (Alfaguara/EC)
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Jeremías Gamboa debutó en 2013 con una novela de quinientas páginas titulada Contarlo todo (Random House). A mí una novela titulada Contarlo todo me cae mal enseguida, y por eso no leí este libro. Sólo un político corrupto o un espía alemán pueden escribir para contarlo todo, pues se les presupone una vida llena de ocultamientos que estamos deseando ver revelados. Un ciudadano del común, vuelto escritor, no puede contarlo todo, porque eso incluiría las meriendas sucesivas de su infancia, sus notas en matemáticas, el color de sus camisetas y el número de teléfono de su abuela. Karl Ove Knausgaard es un buen ejemplo de cómo contarlo todo no hace literatura, sino inventario.

Ahora el autor peruano regresa con El principio del mundo (Alfaguara), que tiene novecientas setenta páginas. Si quinientas páginas era contarlo todo, el doble debe de ser contarlo todo dos veces, como en el cuento de Hawthorne, o quizá es que nos quiere dar el número de teléfono de su otra abuela. Las obras de Jeremías Gamboa son autobiográficas.

Ante un tocho, el lector tiene dos opciones: leerlo entero o no leerlo y decir que es muy bueno. Hay un fetichismo del grueso volumen que favorece fatalmente a los malos escritores, cuyas obras se celebran sólo porque da mucha pereza leerlas. Si quieres tener prestigio, escribe libros larguísimos, como Cartarescu, el último Bolaño, Donna Tartt o David Foster Wallace. Una práctica habitual para escribir libros muy largos es escribir libros cortos y no publicarlos hasta que tengas cinco o seis, como hacía el inglés Anthony Powell.

Si ya establecí brillantemente hace años que todas las novelas muy largas tratan exactamente del mismo asunto ("estoy escribiendo una novela muy larga", en concreto), leerlas poco tiene que ver con los placeres que comúnmente asociamos a los libros. Sólo lees una novela de mil páginas como reto personal, es salir a correr todos los días. El tipo que la ha escrito sabía, desde el primer minuto, que iba a llegar a las mil páginas; tú, desde la página 100, no sabes si aguantarás. Las lecturas de tochos son pruebas de resistencia.

placeholder Una calle de Lima en torno a 1975. (Getty Images)
Una calle de Lima en torno a 1975. (Getty Images)

Así que me topé con El principio del mundo y, por puro capricho, me dije: "A ver si soy capaz de leerla entera". No fui capaz de acabar Solenoide (Impedimenta, 800 pp.), de Cartarescu, ni La familia real, de Vollmann (Pálido fuego, 1000 pp), y el motivo siempre es el mismo, matrimonial: ¡hay muchos peces en el río! Podría haberme releído todo JD Salinger en lugar de esta novela inmensa, te dices.

Si me he acabado El principio del mundo es porque se trata de una obra extraordinaria. Desde la primera página, con las luces inconstantes de la ciudad de Lima asomando en el horizonte, entré sumamente cómodo en este mundo de nostalgias. Honestamente, la Lima de los años 80, calle a calle y colegio a colegio, me importa lo mismo que a usted: nada. Por eso El principio del mundo es gran literatura, porque la Lima literaturizada en ella te llega a apasionar.

"Su gran virtud es una frase regularmente larga que te lleva, y que arrastra con ella una realidad minuciosamente enumerada"

Goza esta obra de una virtud muy concreta: fluye sola. Como he pasado dos semanas con el libro en las manos (dos kilos debe de pesar), le he dado vueltas a los motivos de su calidad, pues, a diferencia de un Cartarescu o de un (más corto) Onetti, no hay en su prosa grandes hallazgos verbales, ni juegos o retóricas. Ni se recurre a las metáforas ni se adjetiva genésicamente ni se tira del tropo ni salta una música nunca vista en estas páginas. Su gran virtud es una frase regularmente larga que te lleva, y que arrastra con ella una realidad minuciosamente enumerada. Alguna vez asoma una frase bonita (es decir, despendoladamente literaria), pero, por lo general, es la pura torrencialidad la que te da sensaciones artísticas, desde la sencillez de la deriva y la claridad de las emociones.

Técnicamente (porque hay mucha diferencia entre escribir mil páginas a lo tonto, como se hace ahora mucho, y escribir con una forma mayor en mente), la novela toma un recurso de Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa. Se trata de parcelar un gran relato con el arbitraje de una conversación, y aquí tenemos como cuatrocientas páginas al principio donde dos amigos se reencuentran y hablan y beben toda una noche, y en esa noche nostálgica cabe todo su pasado.

Este recurso de la charla de unas pocas horas donde se evocan décadas lo usa el autor también más adelante.

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¿De qué va El principio del mundo? Pues, con todo y sus mil páginas, va de algo, no es una "novela total" que lo mismo te cuenta una cosa que otra, o baraja subgéneros o cambia de país y de personajes (nuevamente: así también hago yo novelas de 1000 páginas). Toda ella va de lo mismo: el protagonista vuelve a Perú, después de estudiar en Estados Unidos, y hace balance de su vida. Y su vida se resume en una palabra: desclasamiento. Gracias al estudio, y a su particular dote intelectual, consiguió lo que sus padres querían para él: ser alguien. Salir del barrio pobre, del destino mísero, de la marginalidad de la raza.

Una cosa que he pensado hacia la página seiscientos es que, si usted cree que en España hay racismo hacia los peruanos, no puede ni imaginarse el racismo que hay en Perú hacia los peruanos; hacia los peruanos de la Sierra, o "serranos" o "andinos".

De esa división por epidermis y coloración emerge toda una sociedad irreconciliable. Los blancos, en colegios privados y mansiones; los pobres, en "la nacional" y en barrios insalubres. Cruzar del lado malo al lado bueno es una heroicidad, y de esa heroicidad (no sin narcisismo) da cuenta Jeremías Gamboa en su novelón (claramente autobiográfico, aunque el protagonista se llame Manuel Flores).

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Las quinientas primeras páginas de El principio del mundo le hablan de tú a tú a la gran novela latinoamericana ya clásica, de Vargas Llosa a, pongamos, La novela luminosa, de Mario Levrero. Hay tramos en esta primera parte verdaderamente gloriosos, ciertamente. Las quinientas páginas siguientes descienden quizá un escalón, tal vez por la reiteración de algunos motivos o por la sensación de que el clímax del libro ha quedado atrás. En conjunto, haciendo la media, la novela de Gamboa es un gran espectáculo.

Y uno muy concreto: es un gran espectáculo sentimental.

Jeremías Gamboa debutó en 2013 con una novela de quinientas páginas titulada Contarlo todo (Random House). A mí una novela titulada Contarlo todo me cae mal enseguida, y por eso no leí este libro. Sólo un político corrupto o un espía alemán pueden escribir para contarlo todo, pues se les presupone una vida llena de ocultamientos que estamos deseando ver revelados. Un ciudadano del común, vuelto escritor, no puede contarlo todo, porque eso incluiría las meriendas sucesivas de su infancia, sus notas en matemáticas, el color de sus camisetas y el número de teléfono de su abuela. Karl Ove Knausgaard es un buen ejemplo de cómo contarlo todo no hace literatura, sino inventario.

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