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László Krasznahorkai, el escritor transcendental que nadie leía en España
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Alberto Olmos

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László Krasznahorkai, el escritor transcendental que nadie leía en España

El autor húngaro galardonado con el Nobel de Literatura 2025 ha escrito páginas brillantes sobre la Alhambra y el paisaje extremeño

Foto: Fotograma de 'Satatango', película basada en la novela 'Tango satánico' de László Krasznahorkai.
Fotograma de 'Satatango', película basada en la novela 'Tango satánico' de László Krasznahorkai.
EC EXCLUSIVO

Hay un librito de László Krasznahorkai que no han leído en Suecia, aunque acaben de darle el premio Nobel de Literatura. Se titula El último lobo y lo publicó en 2009 la Fundación Ortega Muñoz, en Badajoz. Son apenas cincuenta páginas en húngaro, y otras tantas en castellano. Krasznahorkai recibió una beca para residir un tiempo en Extremadura a cambio de que escribiera algo sobre la región. Estuvo una semana, moviéndose en coche de aquí para allá. Una sola frase ocupa las cincuenta páginas. Esto es habitual en László, cuya sintaxis busca esa cadencia interior propia de un Proust o de un Thomas Bernhard (“los procesos mentales”), y que tan poca gracia hace a los lectores.

En alguna coordenada de esa frase de cincuenta páginas, el autor apunta, sobre sí mismo: “... porque detrás de aquel nombre no había nadie, no había ningún profesor, podía ser que un título de este tipo precediera alguna vez al nombre, pero ese uso había perdido la razón de ser hacía años, hacía mucho tiempo, antaño, cuando no sabía aún que el pensamiento no tenía continuidad y cuando escribió unos cuantos libros ilegibles, páginas y páginas con acumulación de frases empachosas, una lógica aplastante, una terminología asfixiante, se descubrió muy pronto que, por supuesto, nadie los necesitaba”.

Más adelante, nuestro autor súbitamente extremeño dirá: “... tenía a dos conocidos en España, su antiguo y altruista traductor y su antiguo y altruista editor, pero desde que empezaron a retirar y a convertir en pasta de papel sus libros traducidos porque no se vendían se rompió todo el contacto con ellos.”

Todo este lloriqueo está muy fundamentado, pues László Krasznarhorkai es, por decirlo enseguida, un autor difícil. Su literatura es un enorme y arriesgado trabajo con el idioma, que encima es el húngaro, lengua pluvial (todas esas tildes, muy bonito de ver) que aquí nos vuelca con maestría, asimismo premiable el excelente traductor Adan Kovacsics. El premio Nobel de Literatura, sin excusa, ha premiado literatura, redundancia que también es muy grata de contemplar. No hay causas nobles o desamparados o solidaridad o denuncia alguna que justifique el galardón, sólo hay un escritor que trata de ampliar el sentido de la escritura y, con ello, la conciencia del lector. Pocos viajes por las páginas de un novelista de nuestro tiempo son comparables al de leer a Krasznahorkai, al que tranquilamente pongo a la altura de Musil o James Joyce.

El premio Nobel de Literatura, sin excusa, ha premiado literatura, redundancia que también es muy grata de contemplar.

Un modo indoloro de empezar con su obra es la novela, bastante breve para sus costumbres, Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río (Acantilado). El húngaro se nos va a Japón y describe minuciosamente espacios sagrados (el templo, el pabellón de oro, una campana, caminos y escaleras), porque, como Handke, a esta gente no le preocupa lo que sale en el periódico, sino el hombre con mayúsculas y su destino final. Escriben para transcender, y esta novelita trata del infinito, que siempre es la medida mortal del hombre.

Luego seguiría con Y Seiobo descendió a la Tierra (Acantilado), porque aborda la belleza y dedica decenas de páginas a La Alhambra, lo que puede hacerle simpático al lector nacional. Son, de hecho, las mejores del libro. Reúne aquí diecisiete historias sobre fabricación de arte o conservación o contemplación del mismo. Importan mucho las matemáticas y la geometría (los capítulos del libro están numerados con la suma de los anteriores, 1, 2, 3, 5, 8…), porque Krasznahorkai, como su alma gemela Cartarescu (siento que hemos ganado los fans del húngaro a los fans del rumano, en esta Champions del Nobel), tiene algo de polímata desesperado, y todo lo sabe, lo busca, lo incorpora a sus libros, desde la botánica a la Historia, pasando por las palabras más oscuras del diccionario.

A Krasznahorkai, como a Handke, no le preocupa lo que sale en el periódico, sino el hombre con mayúsculas y su destino final.

La frase larga de Krasznahorkai encuentra su ser cinematográfico en el plano a su vez muy largo, y por eso algunas de sus novelas han sido llevadas al cine por Béla Tarr, y algunas películas de Tarr cuentan con guion de Krasznahorkai. Entre húngaros, se entienden en esto de fabricar aburrimiento.

Ambos artistas están buscando en el lenguaje que trabajan un nuevo camino de aprendizaje, un camino lentísimo, en blanco y negro, en tinta y celulosa, que rinde tributo a los maestros antiguos en eso de no intentar nunca entretener, porque para eso ya está la tele, internet y Eurovisión. Fíjense cómo de serios serán los húngaros que no mandan candidato a Eurovisión desde 2019.

La adaptación de Béla Tarr de Satantango (o Tango satánico, Acantilado) dura siete horas, más o menos lo que se tarda en leer la novela. Susto o muerte, amigos.

Hay un librito de László Krasznahorkai que no han leído en Suecia, aunque acaben de darle el premio Nobel de Literatura. Se titula El último lobo y lo publicó en 2009 la Fundación Ortega Muñoz, en Badajoz. Son apenas cincuenta páginas en húngaro, y otras tantas en castellano. Krasznahorkai recibió una beca para residir un tiempo en Extremadura a cambio de que escribiera algo sobre la región. Estuvo una semana, moviéndose en coche de aquí para allá. Una sola frase ocupa las cincuenta páginas. Esto es habitual en László, cuya sintaxis busca esa cadencia interior propia de un Proust o de un Thomas Bernhard (“los procesos mentales”), y que tan poca gracia hace a los lectores.

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