No sabíamos todo lo que queríamos a Diane Keaton hasta que vimos la noticia de su muerte. Tampoco sabíamos que Woody Allen sin Diane Keaton iba a parecernos menos Woody Allen, y que su futura marcha (tiene 89 años) será ya como el segundo acto de una desaparición, algo no totalmente terrible. Eran la pareja intelectual definitiva.
Se acuñó este paseo de dos por Nueva York en Annie Hall (1977), pero duró tanto, el paseo, que aún trotaban las aceras del Midtown East en Misterioso asesinato en Manhattan (1993), donde toda una generación se reencontró con el modelo cultural superior del romanticismo. Él no es atractivo y ella no se maquilla. Hablan de libros, ópera y cine francés. Nunca tienen problemas de dinero. Eventualmente, pueden ponerse a investigar crímenes porque leer no siempre apetece. Las exnovias están locas; los exnovios son sementales o genios, cuando no ambas cosas. Se va al psicoanalista para poder decir: “Mi psicoanalista dice”. Todas las historias de amor tienen que terminar con alguien corriendo por Nueva York tratando de que, de hecho, no terminen.
Todas las historias de amor tienen que terminar con alguien corriendo por Nueva York tratando de que, de hecho, no terminen
Esto lo íbamos descubriendo marcha atrás (de 1993 a 1977) en películas donde los veíamos rejuvenecer, Manhattan, La última noche de Boris Grushenko, hasta darnos cuenta de que nuestro arquetipo de amor universitario lo configuraban dos personas de unos cincuenta años (él, 57; ella, 47), aunque en Misterioso asesinato en Manhattan parecieran tener veinte. Ese era el milagro. Queríamos una novia de 47 años, y ser nosotros cincuentones, cuando empezamos la universidad.
El modelo de pareja fraguado entre Allen y Keaton se reproducía en otras cintas (las de Linklater o las de Edward Burns; las de Fernando Trueba y, en general, las de todos los Trueba), lo que daba fe de su perfección e incorruptibilidad. Era ese el ideal, el mármol clásico de salir con alguien. No tenía más misterio que aprender a caminar y hablar al mismo tiempo.
Sin embargo, la muerte de Diane Keaton y la práctica retirada del cine de Woody Allen, avisan del tiempo crepuscular de esta mitología. Quizá ya nadie joven piensa que se puede estar en la cama leyendo un libro cada uno, antes de dormirse. O que ir al psicólogo no se hace para darse importancia, sino para quitársela. O que las novelas rusas se leen hasta la última página antes de presumir de su lectura. La pareja Diane Keaton-Woody Allen se va volviendo antigua, incomprensible. Ni siquiera ponen en su balcón banderas de nada, cuando hay guerras.
Portada de '¿Que pasa con Baum?', de Woody Allen.
Como un último estertor del mito podemos considerar entonces ¿Qué pasa con Baum? (Alianza), novela breve de Woody Allen y recién escrita. No sé si alguien habrá tecleado cosas más graciosas que Woody Allen en sus Cuentos sin plumas (Tusquets), ni sé si el humor del cineasta se ha atrofiado o, simplemente, no permea nuestro tiempo. Tanto ¿Qué pasa con Baum? como Gravedad Zero se leen desde la decepción controlada, como no queriendo reconocer que nada tienen que ver estos títulos con aquellos relatos delirantes de los años 70. Son los mismos personajes que en sus películas, las mismas obsesiones, el mismo tono leve y humorado que en Cuentos sin plumas, pero parecen, estos libros otoñales, alcohol aguado o música para jubilados, la polka, el charlestón, qué sé yo. No se puede ser genial sin interrupción.
El protagonista es un escritor porque a Woody Allen pocas veces se le ocurre algo que contar con un fontanero (aunque estuvo cerca en Granujas de medio pelo). Se mueve en un ambiente con mansiones donde ir a quejarse de que las mansiones tienen demasiada naturaleza a su alrededor. La ex de la novela (Mia Farrow, que tenía casa en los Hamptons) está loca. Woody Allen hace mucho biografismo en ¿Qué pasa con Baum?, en el sentido de que cuenta vidas unas detrás de otras, como una Wikipedia con algo más de salero. Pero eso no es hacer novelas; es hacer una letra del Larousse.
El protagonista es un escritor porque a Woody Allen pocas veces se le ocurre algo que contar con un fontanero
Con todo, es graciosa la trama de una de las novelas inverosímiles del autor de ficción creado por Woody Allen. La novela se titula A la cámara de gas por ahí, señoras y señores. Trata de un hombre y una mujer que se enamoran mientras están en un campo de concentración, amenazados de muerte y sometidos a todo tipo de privaciones. Su amor aguanta firme en medio del horror.
Por fin, son liberados, han tenido la buena suerte de sobrevivir juntos a un presidio espantoso. Entonces ella decide romper la relación, y le dice: “Estuvo bien mientras duró, pero en el fondo no eres mi tipo”.
No sabíamos todo lo que queríamos a Diane Keaton hasta que vimos la noticia de su muerte. Tampoco sabíamos que Woody Allen sin Diane Keaton iba a parecernos menos Woody Allen, y que su futura marcha (tiene 89 años) será ya como el segundo acto de una desaparición, algo no totalmente terrible. Eran la pareja intelectual definitiva.