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Cuento de Navidad: El sabor del chocolate que robaba mi madre
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Alberto Olmos

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Cuento de Navidad: El sabor del chocolate que robaba mi madre

Vio a las mujeres derrotadas en su delito. Tuvieron chocolate para los niños, y ya no. Casi lo consiguieron. El narrador vio la cara de un niño, al final, vuelta hacia su madre, tramitando la desgracia en sus ojos asustados

Foto: Un niño come una tableta de chocolate. (iStock)
Un niño come una tableta de chocolate. (iStock)
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Este cuento puede empezar con hechos reales, como empiezan tantos cuentos o dicen empezar tantos cuentos, los de Borges, por ejemplo, que afirma en las primeras frases de uno de los suyos que son “verídicos” hechos del todo fantásticos. Este relato, sin embargo, es verídico.

Paseaba vuestro humilde narrador por la calle General Ricardos, vía por la que escapa Madrid hacia el sur de España y que, ya que está, divide Carabanchel en dos mitades, más o menos igual de miserables. El tramo era en pendiente, ligera y cuesta abajo. Esto hacía el paso alegre, como si fuéramos deportistas. El narrador adelantaba incluso a otros peatones mientras, ya de noche, los escaparates y letreros luminosos (zapaterías, supermercados, fruterías) iban dando decorado a la velocidad.

Atisbó el narrador un par de carritos en la distancia. Se convirtió en su próximo objetivo, superar a esos dos carritos de bebé. Pero, no necesariamente por las ruedas, los carritos de bebé iban muy rápido. Los empujaban con brío dos mujeres. Completaban la comitiva, revoloteando, dos o tres chiquillos.

Las dinámicas urbanas dispusieron entonces su más dramática coreografía, que diría Borges. Pues, cuando los carritos estaban a unos veinte metros de distancia, el narrador fue súbitamente sobrepasado por dos personas, a la carrera. Eran dos hombres, vestían ropa de dependiente, tenían prisa, cierta urgencia policial. El narrador vio cómo detenían los carritos y pudo observar toda la escena cómodamente instalado en su propio paso inalterable.

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Primero, todavía lejos, observó la interceptación de los carritos, y de las madres que los empujaban y de los chiquillos que las acompañaban. Ya más cerca, atendió a la inspección. Los dependientes (de un popular supermercado que no citamos para que no nos quite la publicidad) introducían ávidamente la mano en las bandejas inferiores de los carricoches, y siempre sacaban algo, que se guardaban en los bolsillos o colocaban debajo del brazo, para seguir luego con el pillaje inverso, reparador. De costado, el narrador vio que lo que los dependientes sacaban de las bandejas inferiores de los carritos eran tabletas de chocolate, cuatro, cinco, ocho tabletas de chocolate. Tuvo ocasión incluso de notar que cada tableta de chocolate era de un sabor distinto, desde el clásico (con leche) a los más audaces, con frutas, de fresa, con galletas, con caramelo. Esto le pareció curioso, el robo selectivo, atento al gusto interminable de la vida.

Y, finalmente, ya dejado atrás el suceso (no se paró el narrador a observar las cosas de los demás de pie y con morbo), vio a las mujeres derrotadas en su delito, empujando ya sin tanta prisa sus carritos, pero con suficiente frustración acumulada como para adelantarle. Eran gitanas. Los niños, tres; más los dos bebés. La tribu dobló en la siguiente esquina. Refunfuñaban las matriarcado. Tuvieron chocolate para los niños, y ya no. Casi lo consiguieron. El narrador vio la cara de un niño, al final, vuelta hacia su madre, tramitando la desgracia en sus ojos asustados.

placeholder Una mujer cogen una tableta de chocolate en un supermercado. (iStock)
Una mujer cogen una tableta de chocolate en un supermercado. (iStock)

¿Qué pensó nuestro hombre? Muchas cosas. Había sido una escena intensa, irrelevante. Un hurto fallido, una aventura menor en el barrio. Pero pensó primero en lo bonito que es robar chocolate. Porque las gitanas no robaban whisky; o chocolate con whisky; o chocolate y cerveza; o chocolate más jamón del bueno. No. Robaban sólo para sus hijos, azúcar. Para la obesidad y la felicidad de sus hijos. Ellas querían que probaran todos los chocolates que hay en el mundo, que son muchos.

Luego pensó en los dependientes, en su justiciera determinación. Era admirable dejar la caja y la balda para salir corriendo en mitad de la noche detrás de dos mujeres, que te han robado chocolate. Que se lo han robado a la empresa, al súper, en realidad. ¿Se lo cobran a ellos, los hurtos exitosos? ¿Hay bonificaciones por recuperar productos robados? ¿No salen muy ufanos, estos dependientes, a deshacer entuertos, siendo que, quién sabe, a lo mejor al final de la calle se encuentran a un tipo que les parte la cara, por un chocolate?

Nuestro narrador no entendía este celo profesional, en personas que cobran muy poco y que lo cobran por vender y reponer, no por enfrentarse a mangantes impredecibles.

El segundo acto, cuando su madre queda como ladrona ante el distrito, y encima sin lo robado, debió de sumir al niño en el desconcierto

Y, al final del balance, nuestro testigo presencial pensó en la cara del niño, que miraba a su madre presa del pánico. El recuerdo de su madre robando chocolate le acompañará siempre, consideró. Y el recuerdo de su madre siendo desposeída, con cierta violencia y en mitad de la calle, del botín, también. Al niño el robo seguro que le hizo gracia, la facilidad del dulce y la merienda, el mundo sin coste. Pero el segundo acto, cuando su madre queda como ladrona delante de todo el distrito, y encima sin lo robado, debió de sumirle en el desconcierto, avisándole de que la vida tiene algo reservado para él: la humillación. La humillación desde el linaje.

¿Pueden las gitanas robar para sus hijos chocolate del supermercado más barato del barrio? Sin duda, no. Pero quizá no tienes que ponerte así. Eso pensaba nuestro narrador. Quizá un día puedes hacer como que no te has dado cuenta, en Navidad, por ejemplo, y más si lo que se llevan no es costoso whisky ni jamón del bueno, sino chocolate con caramelo, cuatro duros, al fin.

Quizá un día puedes hacer como que no te has dado cuenta, en Navidad, por ejemplo, y más si lo que se llevan no es whisky ni jamón del bueno

Nuestro narrador había visto otras escenas parecidas, incluso edulcoradamente parecidas. En otro supermercado de la misma firma, un tipo cogió un expositor entero de chocolatinas y salió corriendo. Sus hijos, los del narrador, iban con él; fue la primera vez que vieron un robo. Les pareció muy interesante. Los dependientes también salieron a la carrera detrás del ladrón de Kit Kats. Luego volvieron con las manos llenas de Kit Kats, muy contentos de no dejarse robar chocolatinas.

En otro súper del barrio, una gitana (otra, más vieja) había hecho cola en la caja para comprar arroz y dos cosuchas más, total: 4 euros y poco. No tenía. Así que dejó el arroz.

Ahí el narrador estuvo a punto, a punto, a puntito de decir: “Señora, coja el arroz, que se lo pago yo”. Pero le dio vergüenza, se le pasó el momento, uno nunca sabe dónde llevan las buenas acciones (a sitios muy malos, a menudo). Coja el arroz, señora, por Dios. 1,30 euros, no me joda.

Y aquí acaban los hechos verídicos del cuento, que podría seguir con otros dados por verdaderos, fruto de la imaginación más caritativa. Que el narrador fue detrás de la familia gitana y les compró chocolate en una tienda al paso, por ejemplo, las hay por todas partes, tiendas de alimentación, “chinos”. O que entró en un supermercado y se llevó chocolate de sabores alucinados y luego investigó dónde vivían las familias gitanas y les dejó, en secreto y a la manera evangélica, la bolsa de chocolates en la puerta. Sorpresa.

No.

El niño se quedó sin chocolate, sin el sabor del chocolate que robaba su madre. Esa es la verdad

Y el cuento podría seguir aún con que los gitanos reconocieron, preguntando a vecinos, al narrador, y le agradecieron su regalo invitándole a comer algo que no fuera chocolate. Un asado. Y luego podríamos poner guitarras, ya todo tópicos y navideños, muy flamencos, nada Borges y sí dickensianos.

Va a ser que no.

El niño se quedó sin chocolate, sin el sabor del chocolate que robaba su madre. Esa es la verdad.

2,59 euros cuesta el chocolate con leche y caramelo y sal 100 g.

Este cuento puede empezar con hechos reales, como empiezan tantos cuentos o dicen empezar tantos cuentos, los de Borges, por ejemplo, que afirma en las primeras frases de uno de los suyos que son “verídicos” hechos del todo fantásticos. Este relato, sin embargo, es verídico.

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