Es noticia
Mucha palabrería de Stephen King en 'El resplandor'
  1. Cultura
  2. Mala Fama
Alberto Olmos

Mala Fama

Por

Mucha palabrería de Stephen King en 'El resplandor'

Stanley Kubrick volvió mítica una historia que, sobre el papel, no pasa de literatura menor

Foto: Un fotograma de la película de Stanley Kubrick 'El resplandor', basada en el libro del mismo título de Stephen King. (Warner)
Un fotograma de la película de Stanley Kubrick 'El resplandor', basada en el libro del mismo título de Stephen King. (Warner)
EC EXCLUSIVO

Una de las cosas más bonitas de la Navidad es que las editoriales no publican libros. Durante un par de semanas, las así llamadas "novedades" desaparecen, lo que genera un beneficio universal encadenado. Como no hay novedades, no hay autores promocionándolas sádicamente en redes sociales ni enviando cientos de emails ni colándose en los cócteles. Tampoco hay entrevistas donde el autor dice cosas que serán más leídas que su propio libro, ni falsas segundas ediciones, ni reseñas de amigos en los suplementos literarios, ni boicots de enemigos en esos mismos suplementos culturales. La dinámica ridícula de la industria editorial se detiene durante un puñado de jornadas y comprobamos que nadie la echa en falta porque, en verdad, tampoco pensamos en ella en ningún momento.

Así que puede uno leerse El resplandor.

Publicada en 1977, quizá sea la novela más famosa de Stephen King, a su vez el escritor más famoso del planeta Tierra. Su net worth según Google es de 500 millones de dólares. No se puede ser más escritor que eso.

500 millones de dólares son un montón de libros vendidos, y un montón de adaptaciones cinematográficas y, claro, alguna herencia de una tía segunda. Pero sobre todo King es rico porque os gusta. Para saber por qué os gusta quinientas millones de veces me he leído El resplandor.

A estas alturas, es imposible transitar esta novela sin las imágenes de la película de Kubrick en la cabeza. Esto ayuda a saber de qué va. Sin la pulcritud narrativa de la película El resplandor no me habría enterado de qué va la novela El resplandor. Esto es así porque el libro tiene muchas palabras. Una cosa que hace King como escritor es poner muchísimas palabras. Aunque parece que poner palabras a paladas es lo propio de un escritor, ya dijo Augusto Monterroso que la labor literaria es casi la opuesta: "Cada día, una frase menos".

Sin la pulcritud narrativa de la película 'El resplandor' no me habría enterado de qué va la novela 'El resplandor'

La novela empieza muy bien, porque en las primeras páginas de un libro hay menos palabras que en las páginas finales. Esto parece una tontería que se me acaba de ocurrir, lo cual es verdad; pero quiere decir algo: que en la página 300 o 400 llevas ya doscientas mil palabras encima, y la novela se va ahogando (es el caso) en su propia arbitrariedad.

Jack Torrance consigue un trabajo de vigilante en un hotel que cierra durante varios meses. Estará allí, en el Overlook, solo con su familia. Antes, otros vigilantes no han conseguido aguantar la soledad y, se entiende, a sus familias, y uno incluso mató a sus hijas. Jack arrastra un pasado alcohólico y violento (va en la botella), que incluye episodios turbios relacionados con su hijo. El niño tiene poderes, una voz interior (Tony) que le anticipa el futuro inmediato, mayormente si es terrorífico. Luego está la madre, que se encarga de aguantar a todo el mundo.

El niño dice redrum durante doscientas páginas.

El planteamiento de la historia es agradable, neto, y hay que reconocerle a King una enorme inspiración a la hora de armar situaciones explosivas y un gusto exquisito para bautizar espacios y personajes. ¿Puede un hotel de miedo tener un nombre más estimulante que Overlook? No es extraño que Kubrick conservara todo el nomenclátor del libro (Wendy, Danny, Hallorann, Grady), y también su trama, que es de una simpleza escandalosa. Suceden apenas cuatro cosas en el libro, y esas cuatro cosas suceden en la película.

King va aguando el libro, desustanciándolo de literatura, con estos diálogos de relleno y con flash backs asimismo de espumillón

Para llenar las 656 páginas (nada menos) de la novela, King echa mano a un recurso muy español: la palabrería. Un escritor como Dios manda no pone en diálogos las inanidades de la vida cotidiana, como cuando te pides un café o te fijas en que hace buen tiempo. King va aguando el libro, desustanciándolo de literatura, con estos diálogos de relleno, con flash backs asimismo de espumillón y con análisis psicológicos que no son otra cosa que ver, durante dos o tres páginas, qué le pasa por la cabeza a un personaje.

Kubrick llena las dos horas y veinte minutos de El resplandor de imágenes contrastadas, pensadas, exigentes, necesarias, importantes, como hicieron, con frases, un Kafka o un Rulfo en sus novelas. La iconografía legendaria del filme, desde el alud de sangre abalanzándose desde unos ascensores al estampado de la alfombra, no aparece en el libro. La frase recurrente escrita en cientos de folios, tampoco. En la novela, Jack utiliza un "mazo de roqué" en lugar de un hacha para resolver sus conflictos familiares, lo que resulta mucho menos sexy, no me digan. Nada tan anti-erótico como tener que abandonar la lectura de un libro para ver qué es un "mazo de roqué".

En Mientras escribo (excelente autobiografía de King), el autor nos sorprendía a todos al afirmar que no planeaba sus novelas, que las iba escribiendo con la necesidad de sorprenderse a sí mismo. Esto puede salir bien (Simenon también lo hacía) o dar en novelas desnortadas, donde cada capítulo es una ocurrencia mañanera. ¿Qué escribo hoy, cómo hago avanzar esta novela; qué me invento para rellenar páginas?

placeholder Jack Nicholson con el hacha en una de las escenas más míticas de la película 'El resplandor'.
Jack Nicholson con el hacha en una de las escenas más míticas de la película 'El resplandor'.

Stephen King expresó su desagrado con la película de Kubrick porque (enumero) Jack se vuelve loco demasiado pronto, no se le da al alcohol la importancia que tiene en el libro, la historia del hotel queda difusa, el personaje de la esposa resulta ancilar. Lo cierto es que King y sus lectores confunden acumular información con profundidad. Dense cuenta de que uno puede escribir mil páginas sobre un personaje si se empeña en contar quiénes asistieron a su bautizo, cuántas veces cogió la gripe o los números de serie de todos los teléfonos móviles que ha usado en la vida. Siempre se pueden escribir veinte páginas más sobre Jack Torrance. Pero, en el libro, son palos de ciego, tiros al muñeco, dado que tanta información no construye al personaje, sino que lo tantea. Una ventaja del cine es que al elegir de protagonista a Jack Nicholson no tienes que insistir mucho en que se ha bebido el Atlántico entero en bourbon.

El libro es aburridísimo durante las trescientas páginas centrales, mientras observamos a Jack y a su familia deambular por el hotel y arreglar tejados y contar los tenedores que hay en la cocina. King tiene un plan preciso para cada capítulo, donde sólo puede suceder una cosa. Esa cosa podría comunicarse en un tuit, pero King la expande hasta llenar quince o veinte páginas. Esto también lo hace, pero mucho mejor, Haruki Murakami.

placeholder El escritor estadounidense Stephen King, en una imagen de 2013. (EFE/Maja Hitij)
El escritor estadounidense Stephen King, en una imagen de 2013. (EFE/Maja Hitij)

Luego hay frases increíbles, cerrando algunos capítulos; frases que en cualquier taller literario de aficionados te afearía el profesor, muy seguro de sí mismo. En la parte final, cuando por fin papá decide matar a su familia, el autor, que utiliza un narrador omnisciente, escribe: "¡Tenían que escapar!" Así, con admiraciones.

Hombre, si te persigue tu padre o marido con un mazo exclamando que va a reventarte la cabeza, los lectores ya intuyen que escapar es una idea interesante.

Una de las cosas más bonitas de la Navidad es que las editoriales no publican libros. Durante un par de semanas, las así llamadas "novedades" desaparecen, lo que genera un beneficio universal encadenado. Como no hay novedades, no hay autores promocionándolas sádicamente en redes sociales ni enviando cientos de emails ni colándose en los cócteles. Tampoco hay entrevistas donde el autor dice cosas que serán más leídas que su propio libro, ni falsas segundas ediciones, ni reseñas de amigos en los suplementos literarios, ni boicots de enemigos en esos mismos suplementos culturales. La dinámica ridícula de la industria editorial se detiene durante un puñado de jornadas y comprobamos que nadie la echa en falta porque, en verdad, tampoco pensamos en ella en ningún momento.

Literatura Novela Cine
El redactor recomienda