Siguen usándose relojes de pulsera, pero no orinales. Esto es curioso. El orinal, el botijo, las colas para comprar entradas, las enciclopedias, la achicoria, Franco, todo pasa de moda o periclita o es orillado cuando llega la novedad, el invento mejor, la última tecnología. El reloj de bolsillo con cadenita dorada (leontina) desapareció con la llegada del reloj de pulsera. El reloj de sol nunca funcionó, pero tardaron mil años en darse cuenta. Es bonita la palabra "clepsidra", que designa un improbable reloj de agua, que daba la hora mojada. Imaginen la puntualidad en los tiempos de relojes de agua y relojes de sol y relojes de arena. Sin embargo, el reloj de pulsera perdura, cuando la hora la dicen hoy todas las cosas.
En Japón, acuñaron una palabra para los aparatos eléctricos que, además, indican la hora. El microondas o el horno pueden dar la hora; y también la tele, la cámara de fotos y (siendo Japón) hasta algunas aspiradoras y retretes. A todos estos aparatos tangencialmente horarios los llaman "tokei".
Esto viene a reforzar la idea de que hoy saber la hora no es como saber sánscrito o la fórmula de la coca-cola o cuándo hay elecciones generales en España. El tiempo ya no es un misterio, pues su paso se escribe literalmente delante de tus narices. Miramos tanto la hora que no nos enteramos. Lo difícil hoy es no saber qué hora es. Por eso miramos qué hora es dos o tres veces seguidas, de tan accesible que es esta información.
Antes, uno preguntaba por la calle qué hora era, y eso era la pobreza. Gente que no tiene ni para saber cuándo se come o se cena, o si ya ha cerrado el Día. Ahora, si te preguntan por la calle qué hora es, sólo puede deberse a que traman algo, como robarte el reloj.
El tiempo ya no es un misterio, pues su paso se escribe literalmente delante de tus narices. Miramos tanto la hora que no nos enteramos
Mucha gente lleva reloj todavía, en 2026, y eso es una frivolidad. El reloj es un grillete de tiempo, un peso carcelario. Tiene algo de caniche que se mea todo el tiempo; que mea tiempo. El reloj y el orinal no estaban tan lejos, como ven.
Desde que rompí mi primer reloj, que fue el reloj de la Primera Comunión, no he vuelto a lucir uno. El reloj da mucho trabajo, dándote sólo la hora. Hay que cambiarle la correa, la pila, ajustarle a los horarios de invierno y de verano, quitárselo para ducharse, ponérselo para una boda, escucharlo de cerca, si parece parado, mirarlo de lejos, a ver si es peor reloj que el que lleva el vecino. Es como tener un pequeño automóvil que no te lleva a ningún lado, salvo a la muerte.
El reloj es un grillete de tiempo, un peso carcelario. Tiene algo de caniche que se mea todo el tiempo; que mea tiempo
Vaciado de sentido, el reloj se vuelve composición social. Un bien de lujo, para ser exhibido y caricaturizado. Sólo te sientes futbolista cuando te compras tu primer reloj de 20.000 euros. Sólo te sientes pobre cuando descubres que hay relojes que valen 20.000 euros.
Esto quiere decir que hay una coquetería masculina, un ser mujer por la muñeca únicamente, pues las mujeres siempre han tenido joyas (las que quisieran o pudieran) de arriba abajo de su cuerpo. Diademas, collares, ajorcas, anillos; pulseritas de tobillo. Y vuelta a empezar: tiaras, colgantes, pulsera de muñeca y brazaletes. Mucha ferretería de lujo reclama el cuerpo femenino.
El hombre, sin embargo, se mantenía aburrido, firme en su caverna. Traje y corbata era todo. Ahora, o desde hace tres décadas, hay una masculinidad lujosa, con brillos, con titanio, y cuanto más grande es el reloj, más éxito tiene tu hombría. No llevar reloj, siendo hombre, es no tener reuniones, fans ni treinta mil euros de sobra. El reloj es el aleph del triunfo, concentra en un solo punto toda tu fortuna. Los hombres que quieren ser respetados se hacen siempre fotos en las que se vea bien el reloj.
Hay una masculinidad lujosa, y cuanto más grande es el reloj, más éxito tiene tu hombría
Los relojes de hombre son grandes y los de las mujeres pequeños, pero esto no quiere decir que las mujeres tengan mejor vista. No sé qué quiere decir. Es una convención por tamaños, una brecha de género en relojes. La gente se pone un reloj para expresar algo, y luego la hora la miran en el teléfono. Los relojes son como esas gafas que lleva la gente a la que le quedan bien las gafas, pero que no tiene dioptrías. Aprender hoy a leer la hora de las manecillas es como aprender los números romanos. No vale para nada, salvo para entender algunas películas antiguas. Con tu reloj de pulsera inútil, expresas que te sobra el dinero o que tienes un mundo interior. Un mundo interior muy popular se llama Swatch. Otro mundo interior muy reconocido se llama Casio. La gente se pone reloj para que mires su mundo interior.
Los que no llevamos reloj de pulsera tenemos la piel del brazo toda del mismo color, después del verano. Ahí vemos que el paso del tiempo se combate deshaciéndose de los relojes de pulsera. Esa franja de piel más clarita que oculta la correa del reloj es tu vida pudriéndose, la marca del esclavo de la hora en punto.
Siguen usándose relojes de pulsera, pero no orinales. Esto es curioso. El orinal, el botijo, las colas para comprar entradas, las enciclopedias, la achicoria, Franco, todo pasa de moda o periclita o es orillado cuando llega la novedad, el invento mejor, la última tecnología. El reloj de bolsillo con cadenita dorada (leontina) desapareció con la llegada del reloj de pulsera. El reloj de sol nunca funcionó, pero tardaron mil años en darse cuenta. Es bonita la palabra "clepsidra", que designa un improbable reloj de agua, que daba la hora mojada. Imaginen la puntualidad en los tiempos de relojes de agua y relojes de sol y relojes de arena. Sin embargo, el reloj de pulsera perdura, cuando la hora la dicen hoy todas las cosas.