Por curiosidad y un extraño instinto, pregunté a los responsables de un determinado sarao al que yo estaba invitado y no fui si estaba invitada una persona que sí fue. Me contaron que, de hecho, no, pero que esa persona conocía a alguien dentro de la organización y ese alguien había pedido que la invitaran. Días después, en un tuit, el invitado forzado exponía su ilusión por participar en este sarao, y también su asombro ante la fastuosa entrada: le habían hecho incluso posar en el photocall, algo nuevo para él, muy humilde y campechano. Poco después de este evento, tuve ocasión de ser fotografiado por el fotógrafo oficial de ese photocall, y le pregunté a su vez por este autor. Me confesó que en ese momento no sabía quién era, y que el propio autor fue quien le dijo: “¿Puedo ponerme?”, y el fotógrafo, excelente persona, le dijo: “Claro”. Lo mismo le daba fotografiar a unos u a otros, a los conocidos y a los desconocidos, a los que sabía que tenía que fotografiar y a los que, por vanidosa voluntad propia, se subían a ser fotografiados.
Esta anécdota refleja en su pícara trivialidad la esencia del éxito en el campo cultural. Por un lado, tenemos el relato publicitario, destinado al gran público. Ese relato dice: “Me invitan a un evento importante y además me fotografían, yo qué le voy a hacer si soy imprescindible”. Por otro lado, tenemos la realidad: No te invitan, sino que haces que te inviten; no te fotografían, sino que te cuelas en el photocall.
Varias veces me he visto tentado a escribir sobre David Uclés, pero al final pensaba que no tenía que hacerlo todo yo, amigos. De hecho, estuve a punto el pasado mes de diciembre, pero me soplaron que El Confidencial le había dado un premio, y la entrega iba a producirse más o menos el mismo día que saldría mi artículo. Me pareció muy grosero cuestionar a un escritor justo cuando el periódico donde aparecería el cuestionamiento lo premiaba, y lo dejé estar. Curiosamente, el premiado no tuvo en cuenta la grosería que era afrentar en su discurso de recepción del premio a una de las invitadas principales del periódico para su gala, la señora Ayuso, con un discurso que se volvió viral; es decir, más publicidad.
En otro premio que le dieron, se recochineó de su heroicidad: “¿No está Ayuso, no?”, dijo desde el escenario.
David Uclés forma parte de una escuela de creadores que entiende muy aguadamente la noción de obra. La obra es sólo una parte de tu trabajo, ni siquiera la más importante. De nada vale una novela que nadie lee porque nadie conoce, y darla a conocer es seguramente más difícil y (para esta escuela) más creativo que escribirla.
Uclés, en mi cabeza, se alinea con autores como Eloy Moreno (El bolígrafo de gel verde), que dijo en una entrevista: “Creo que hay que dedicar el mismo tiempo a escribir un libro que a promocionarlo”; o Juan Gómez Jurado, cuyo anecdotario autopromocional es de los más divertidos y abracadabrantes que puedan imaginarse. La cosa consiste en atravesar un umbral, el de la vergüenza, el pudor o el escrúpulo, de tal modo que puedas vivir sabiendo que unos pocos están al tanto de lo que haces, mientras, en compensación, muchos otros lo ignoran y creen en tus fabulaciones. No es tan fácil.
Yo me moriría de vergüenza si alguien supiera que me invitaron a esto o a lo otro después de cabildear al teléfono, o que gané un premio amañado, o que hice la pelota a un autor al que en realidad detesto. Por eso, porque me moriría de vergüenza, soy incapaz de lanzarme a estas trapacerías.
Uclés no escribe, genera 'engagement'. La gente quiere saber qué cosas le pasan y él tiene que estar todo el día tratando de que le pasen cosas
Una vez dejada atrás la vergüenza, sólo queda el talento. Hay gente que atesora mucho talento para venderse, son muy habilidosos en sus movimientos y publicidades. Lo que hace David Uclés no es escribir, sino generar engagement. La gente quiere saber qué cosas le pasan a David Uclés, y David Uclés tiene que estar todo el día tratando de que le pasen cosas.
Al principio, cuando hace más de un año algunos empezaron a enviarme pantallazos de sus correrías, le pasaban cosas tan increíbles como ser invitado a la gala del premio Nadal. Él publicó en Instagram el sobre con la invitación, y manifestó la ilusión que le hacía, amén de la duda de si le dejarían pasar con su atuendo de olivarero. La vida de escritor ofrece pocas aventuras, así que cada vez que a Uclés le invitaban a algo (a la comida del premio Cervantes, por ejemplo) él lo aireaba como si fuera el Gordo de la lotería. Esto iba creando un personaje público de enorme modestia, con el que resultaba fácil empatizar. La historia del chico de provincias cuyo talento la malvada industria de los libros no puede ignorar.
Ha ido creando un personaje con el que era fácil empatizar. La historia del chico con talento que la malvada industria editorial no puede ignorar
Uclés, según iba yo viendo, había creado un avatar muy apañado de sí mismo, con la boina, los palos de varear, la ropa de Humana y el pantalón atado con una cuerda. Practicaba muy efectivamente la humildad fingida, y una total ilusión infantil, servidumbres de curso legal en la autopromoción más acreditada. Esa era su auténtica creación, el personaje público, y no La península de las casas vacías.
El mundo editorial y periodístico, entonces, se rindió, no a un talento de primer orden, sino a un producto de primer orden. Un producto que no dejaba nunca de actualizarse. En la comida del Cervantes, según me contó un testigo directo, apenas quince minutos después de que la Casa Real difundiera el vídeo del besamanos a cuatrocientas personas, Uclés ya había editado, en la propia mesa palaciega donde se iba a celebrar la comida, el cachito del vídeo donde salía él, y lo había subido a X.
Para alimentar su fábula, Uclés ha tenido a bien contarnos incluso (desde una columna del diario El País) una operación de corazón a la que se sometió; y, el último día del año más o menos, publicó en Instagram un recuento de los insultos y amenazas que ha recibido. Hacerse la víctima ocupa sin duda un lugar de honor en el podio de trucos que generan engagement. No en vano, habiendo ganado medio millón de euros con un solo libro, fue capaz de afirmar: “No puedo comprarme un piso”, y ponerse del lado de los que de verdad no pueden ni pagar una entrada de cincuenta mil euros.
Habiendo ganado medio millón de euros con un solo libro, fue capaz de afirmar: "No puedo comprarme un piso"
La genialidad de Uclés consiste en que yo no le sigo, no le busco, no me interesa ni mucho ni poco, y, sin embargo, me entero de todas estas cosas.
Su particular viacrucis imaginario me llega sobre todo por las numerosas personas que le tienen manía. Otros escritores saben lo que está haciendo, y les parece algo así como trampa, toda vez que su libro, La península…, no puede ser considerado alta literatura por nadie con dos dedos de frente.
Sin embargo, a usted los periódicos le han dicho que es gran literatura, esa novela. Incluso le han dicho que el autor tardó doce años en escribirla (cuando tecleo estas palabras, compruebo que ahora son quince: quince años en escribirla), algo totalmente ridículo. También en el BUP me enseñaron que Cien años de soledad “tardó doce años en escribirse”, y luego, en una entrevista con García Márquez, el autor apuntaba que la idea le había acompañado durante esos doce años, pero que la escritura efectiva de la novela se realizó sólo en uno. Como ven, las artimañas publicitarias vienen de lejos. ¡Qué obra maestra debe ser, si tardó tanto en escribirla!
Su libro, 'La península de las casas vacías', no puede ser considerado alta literatura por nadie con dos dedos de frente
La pregunta que podemos hacernos es inquietante: ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar para seguir vendiendo tu personaje? Si no te pasa nada, ¿serías capaz de inventártelo? Uclés abandonó X en noviembre del año pasado porque había recibido “cientos de insultos”. Si usted busca “Analía Plaza” o “Soto Ivars” en esa red social, encontrará cientos de insultos, en efecto. Si buscaba en noviembre pasado “David Uclés”, no. El autor habló de homofobia, de amenazas, de menciones a su domicilio, antes de cerrar su cuenta en X porque la red era “un nido de fascistas”. Inmediatamente, yo busqué esos tuits injuriosos y les juro que no encontré ni uno solo.
En realidad, cualquiera que sea medio famoso es insultado en redes por personas anónimas, pero sólo un mago del márketing convierte esa incomodidad en un linchamiento con el que abandonar X y salir otra vez en los periódicos.
Todo es mentira. Seguramente Uclés, cuando dijo que no podía comprarse un piso, ya se lo podía comprar, y al contado
Lo último de nuestro autor es que ha ganado el premio Nadal, con una novela de título simétrico a La península de las casas vacías, pues se llama La ciudad de las luces muertas. Participaban 1200 manuscritos. ¿Ustedes creen que Uclés no sabía ya en verano de 2025 que iba a ganar el Nadal? ¿Ustedes creen que a un autor que ha vendido 250.000 ejemplares le han dado sólo 30.000 euros (dotación del premio) por su nueva novela?
Uclés, en fin, hace política, como Greta Thunberg o Salt Bae oYolanda Díaz.Todo es mentira, todo es bonito, todo es de colores. La verdad sólo sirve para fracasar. Seguramente Uclés, cuando dijo que no podía comprarse un piso, ya se lo podía comprar, y al contado.
Por curiosidad y un extraño instinto, pregunté a los responsables de un determinado sarao al que yo estaba invitado y no fui si estaba invitada una persona que sí fue. Me contaron que, de hecho, no, pero que esa persona conocía a alguien dentro de la organización y ese alguien había pedido que la invitaran. Días después, en un tuit, el invitado forzado exponía su ilusión por participar en este sarao, y también su asombro ante la fastuosa entrada: le habían hecho incluso posar en el photocall, algo nuevo para él, muy humilde y campechano. Poco después de este evento, tuve ocasión de ser fotografiado por el fotógrafo oficial de ese photocall, y le pregunté a su vez por este autor. Me confesó que en ese momento no sabía quién era, y que el propio autor fue quien le dijo: “¿Puedo ponerme?”, y el fotógrafo, excelente persona, le dijo: “Claro”. Lo mismo le daba fotografiar a unos u a otros, a los conocidos y a los desconocidos, a los que sabía que tenía que fotografiar y a los que, por vanidosa voluntad propia, se subían a ser fotografiados.