Ahora que nos cae regulinchi, como diría mi hija, es el mejor momento para leer a David Uclés. Su nueva novela, premio Nadal y titulada La ciudad de las luces muertas, pone a prueba la imparcialidad del crítico, que no está para juzgar boinas ni charlas canceladas, sino el uso artístico de la palabra. Además, es interesante asomarse al vértigo del éxito, al temblor del gran dinero, y a cómo un autor maneja las expectativas y es capaz de seguir escribiendo con todos los ojos puestos en él. Recordemos (ya lo dije una vez) que muchos autores (y, por lo que sea, sobre todo autoras) llevan cinco, siete, diez años sin publicar nada después de un abrumador éxito de ventas. En ese sentido, Uclés merece un minipunto épico (quizá esto también lo diría mi hija) por la osadía de sentarse y seguir. No todo el mundo puede afrontar con naturalidad una labor humilde si, de pronto, empiezan a pagarle barbaridades por ella.
La continuidad de esta novela con La península de las casas vacías arranca en su título, simétrico o acordado o comercialmente reconocible: La ciudad de las luces muertas, y por el toque histórico (España/Barcelona) y sociológico, que nos habla de un trabajo previo de documentación, algo que siempre impresiona a los lectores. Súmenle, a esa consistencia estética, una inclinación por las pequeñas historias amontonadas, en lugar de una gran trama con su planteamiento, nudo y desenlace.
La ciudad de las luces muertas reúne alrededor de un leve argumento de fantasía gótica a varias decenas de celebridades que alguna vez pusieron el pie en Barcelona. Por esas cosas del realismo mágico, la ciudad condal muta de palimpsesto a aleph, y todo lo que estaba oculto en el largo pasado emerge y convive, no sin cierto dramatismo, en un mismo espacio y en una misma noche, que además incluye el futuro. El origen de esta superposición a la luz de las velas es un papel maravilloso donde, si escribes algo y lo quemas, sucede. Carmen Laforet quería que fuera de noche, y la lió.
La referencia inmediata de esta novela la encontramos en la obra de Carlos Ruiz Zafón, cuyo fallecimiento compone la primera viñeta del libro. Hay, como en Zafón, un gusto por el callejeo y el urbanismo, por la descripción minuciosa de arquitecturas barrocas, así como por cierta cursilería emanada de la arcadia juvenil perdida. Se echa de menos la vida sin dolor ni ambigüedad, los Reyes Magos, el verano, y esta literatura pitufina recupera ese candor y esa ordenación.
El mundo de Uclés es todo lo bonito que le pide su visión algodonada de la vida, donde no cabe el mal, la inmoralidad o, incluso, "el otro"
No siendo lo que más me pone, hay grandes ejemplos de narrativa adulta con un pie en la infancia y la adolescencia, que se leen, diríamos, sin mancharse las manos. DesdeEl barón rampante, deCalvino, a muchos cuentos de Cortázar, pasando por la obra de Gonçalo Tavares, la de Unai Elorriaga o la de Max Porter (Esa cosa con alas). Se juega, se cree, se fabrican mundos bonitos. Todo es happy.
El mundo de Uclés en La ciudad de las luces muertas es, en efecto, todo lo bonito que le pide su visión algodonada de la vida, donde no cabe el mal, la inmoralidad, diríamos incluso que “el otro”. Aquí (en la novela) sólo estamos los buenos y los sanos, y hacemos cosas de gente muy buena y muy sana, como escribir poesía, luchar contra el fascismo, hablar de flores y amar, así en general.
Si en un punto del universo está Uclés, en el otro punto del universo estaría Michel Houellebecq, por entendernos.
En la novela sólo estamos los buenos y los sanos, y hacemos cosas como escribir poesía, luchar contra el fascismo, hablar de flores y amar
Esta jovialidad creativa se nota además en algunas veleidades tipográficas, como poner varias páginas totalmente cubiertas de tinta negra, incluir texto manuscrito o arrinconar frases-sorpresa en la esquina inferior derecha de la página. Todo, realmente, remite a una visión de la novela como territorio feliz, amigable y juguetón. Desde el propio libro, se apela directamente a los lectores: “Os dejo con ella”. También se recomienda escuchar determinadas melodías para leer determinados capítulos. Todo es happy.
Cubierta de 'La ciudad de las luces muertas', de David Uclés.
Después de un prólogo donde Zafón en Nueva York ve llegar la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona cargada en un barco (ojo), La ciudad de las luces muertas nos muestra la vida de una joven Carmen Laforet (curiosamente, la primera ganadora del premio Nadal), que busca la manera de expresar su fascinante mundo interior y no tiene mejor idea que acudir a unos Juegos Florales. Son las mejores páginas del libro. De la mano de Laforet, nos adentramos en la Barcelona gótica usual, con muchas descripciones de ambiente y algunos apuntes turísticos. La prosa alcanza aquí su mejor versión: “El rostro de una ciudad tan antigua cambiaba cada siglo los gestos, pero nunca completamente los huesos”.
Cuando Laforet la lía (quema la hoja mágica), Uclés va dando el relevo narrativo a numerosos personajes, lo que acaba resultando agotador para el lector, que tiene que observar durante apenas ocho páginas un episodio imaginario en la vida enloquecida por la oscuridad de un puñado de famosos aleatorios. La peripecia avanza por la necesidad de sacar, por ejemplo, a Julio Cortázar, y entonces el autor se inventa un motivo por el que Cortázar hace falta para salvar a Barcelona de la negrura. Sucede así con Montserrat Roig, Gil de Biedma, Antonio Machado y tantos otros.
Todos estos famosos quedan reducidos a un elemento concreto de su biografía, por lo general muy conocido. Cortázar, a hacer fotos, por su cuento Las babas del diablo; Mercé Rodoreda, a las palomas, por el palomar de su obra maestra La plaza del diamante. Etcétera.
Con todo, David Uclés escribe bastante mejor que muchos narradores españoles de nuestros días
Así las cosas, esta es una novela que podría leer mi hija, con bastante aprovechamiento, si no fuera precisamente porque la concurrencia de celebridades le resultaría incomprensible y totalmente ajena. Les diría que La ciudad de las luces muertas es como una película de Harry Potter con cameos; con tantos cameos que ese recurso cinematográfico acaba desplazando cualquier otra virtud en la obra. Vemos famosos, nos hace gracia, poco más.
Creo también que la idea central del libro, esa Barcelona multiplicada y coincidente, no está del todo desarrollada ni pensada, y su mecánica no resulta clara para el lector. Muere gente porque aparecen edificios del pasado donde están otros edificios, por ejemplo, pero no sabemos por qué esa “Barcelona de todos los tiempos” se ciñe de forma tan limitada a personalidades del siglo XX, a la Guerra Civil y, en fin, a los temas habituales en Uclés. Aunque el narrador ofrece una explicación en un momento dado (algo como que el siglo XX tiene más presencia en esa Barcelona mágica porque la noche ha llegado por culpa de una ciudadana del siglo XX, Laforet), la segunda mitad de la novela acaba resultando mucho menos verosímil que sus primeros compases.
Luego hay algunos derrapes de cursilería altamente desaconsejables: “Notó un dolor en la palma derecha de la mano (…). Eran los dedos pidiendo llanto. Agarró una pluma y un papel y dibujó líneas que caían de su cuerpo y se imprimían con abatimiento en el folio. Lloraba letras heridas”.
Con todo, David Uclés escribe bastante mejor que muchos narradores españoles de nuestros días, lo que piadosamente podría hacernos pensar que con el tiempo hará una novela de mayor graduación literaria, si acaso abandona esa zona de mariposas y fascistas donde la simpleza se nos antoja obligatoria.
Ahora que nos cae regulinchi, como diría mi hija, es el mejor momento para leer a David Uclés. Su nueva novela, premio Nadal y titulada La ciudad de las luces muertas, pone a prueba la imparcialidad del crítico, que no está para juzgar boinas ni charlas canceladas, sino el uso artístico de la palabra. Además, es interesante asomarse al vértigo del éxito, al temblor del gran dinero, y a cómo un autor maneja las expectativas y es capaz de seguir escribiendo con todos los ojos puestos en él. Recordemos (ya lo dije una vez) que muchos autores (y, por lo que sea, sobre todo autoras) llevan cinco, siete, diez años sin publicar nada después de un abrumador éxito de ventas. En ese sentido, Uclés merece un minipunto épico (quizá esto también lo diría mi hija) por la osadía de sentarse y seguir. No todo el mundo puede afrontar con naturalidad una labor humilde si, de pronto, empiezan a pagarle barbaridades por ella.