Me hace muy feliz que mis amigos se conviertan en funcionarios. Por un lado, me complace su salvación, ese ser para siempre personas con empleo y privilegios. Por otro, me cuentan cosas, y así puedo cogerle más manía a los funcionarios en general. Los funcionarios en general no son amigos de nadie.
Mi amiga aprobó las oposiciones y ya está trabajando bajo techo oficial. Está muy contenta, y le han dado una bata. Hace, por resumir, "procesos". Todo el día se le va haciendo esos "procesos". Le pregunto si no le resulta tedioso, y un poco sí. Le pregunto tantas cosas que acaba contándome que, pared con pared con los funcionarios y sus procesos, hay unos trabajadores externos haciendo exactamente lo mismo que ellos. Y confiesa: "Hacen muchos más procesos por hora que nosotros, sin duda".
Es habitual que en la administración pública para sacar las cosas adelante se contrate a trabajadores externos. Esto es muy gracioso, no me digan: millones de funcionarios cobrando un salario público y, cuando hace falta de verdad cumplir con una fecha, se externaliza. Si para algo no está un funcionario es para cumplir con una fecha de entrega o un fin de obra. Eso es muy fascista, lo de las fechas.
Otra manera de acompasar lo público a la realidad es la gestión indirecta. Por ejemplo, en Madrid algunos centros de especialidades están gestionados por empresas privadas. Recuerdo pasar por uno hace años y encontrarme con un amigo, profesor universitario (o sea, votante de Ayuso no precisamente), y que me confesara: "Me jode reconocerlo, pero desde que esto lo gestiona una empresa privada va muchísimo mejor".
Hay un mito juvenil que demoniza la palabra "privado" e idealiza la noción de "lo público". Si algo es público, es bueno; si es privado, es Satán. Ahora Mónica García quiere prohibir la gestión privada de los hospitales, y Pablo Iglesias habla de expropiar X (antiguo Twitter) y de hacer "una red social pública". Esto se suma al Mercadona "público" y el Amazon "público" que propusieron hace algunos años. Se creen que fundar imperios mundiales es fácil.
Eso es la administración pública: poner a todo el mundo junto para conseguir que no salga nada
Se creen que gestionar imperios mundiales es también sencillo.
Escribió Jaron Lanier en Contra el rebaño digital que absolutamente nada ha sido inventado por la iniciativa pública, que como mucho copia y versiona productos surgidos de la empresa privada tradicional. Primero tiene que inventarse Twitter para que, después, PabloIglesias crea que fue muy fácil inventarlo y será igualmente muy fácil mantenerlo. Son como niños.
No habrá dinero, pero desde luego lo que tampoco hay es responsabilidad
Gabriel Zaid señalaba muy oportunamente en Los demasiados libros el mérito del diccionario de María Moliner. Lo hizo sola, no tuvo que esperar fondos, permisos, consenso ni bancos morados. "María Moliner confirmó que una sola persona trabajando en su casa puede hacer más y mejor que un equipo institucional", escribe Zaid.
Pienso que "lo común" es un concepto muy bonito, pero debe entenderse como una tele-noción; es decir, desde la lejanía y con perspectiva. Lo común es que yo hago cosas y tú haces cosas, y lo que hacemos, una vez puesto sobre la mesa, es beneficioso para todos. Pero, si nos juntamos para hacer cosas, no salen.
Eso es la administración pública: poner a todo el mundo junto para conseguir que no salga nada.
Correos, en el momento de máximo esplendor de la paquetería, pierde dinero; la web de Renfe es un acertijo matemático comparada con la web de Ouigo; en Hacienda, nadie sabe nada de mi declaración de la renta presentada hace dos años y medio; en el colegio público de mis hijos, hay un "recreo de comedor" donde nadie se hace cargo de vigilar a los niños y cada semana se producen peleas escalofriantes y comportamientos inadecuados. No habrá dinero, pero desde luego lo que tampoco hay es responsabilidad.
Mientras, Pablo Iglesias y probablemente el 90% de los políticos de España llevan a sus hijos a colegios privados.
Lo público no existe. No existe un sujeto colectivo decisorio, una mente-colmena que vele por el interés de todos
Lo público no existe. No existe un sujeto colectivo decisorio, una mente-colmena que vele por el interés de todos. Cuando Iglesias pide una red social pública, pide una red social a su servicio, dominada por él o por Pedro Sánchez. El mito de "lo público" resuena en las cabezas de los ciudadanos de bien como la posibilidad de que un "todos" decida lo mejor, lejos de los tecnoligarcas. Sin embargo, la realidad es que cualquier institución, servicio, ministerio, obra u observatorio depende, al final del camino, de una sola persona. Siempre hay un mandarín, un tirano, una voluntad caprichosa. Es como cuando desde el Congreso nos venden las barrabasadas del gobierno como "soberanía popular". Apenas un 20% de los españoles censados votó a Pedro Sánchez en 2023.
No existe un "pueblo" o "comunidad" que controle nada, lo controla quien controla la comunidad.
Lo que sí existe es el héroe, un profesor, un médico, un funcionario de ayuntamiento que, por su propio código ético, decide cumplir con su obligación, no mirar para otro lado, ser útil a los demás, ser el puntal que evita que todo se hunda.
Y normalmente es gente a la que el sistema de lo público expulsa, discrimina, sanciona o humilla a diario.
Me hace muy feliz que mis amigos se conviertan en funcionarios. Por un lado, me complace su salvación, ese ser para siempre personas con empleo y privilegios. Por otro, me cuentan cosas, y así puedo cogerle más manía a los funcionarios en general. Los funcionarios en general no son amigos de nadie.