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Esto sí es una novela, y muy buena
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Alberto Olmos

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Esto sí es una novela, y muy buena

Juan Manuel Gil publica la excelente 'Majareta', divertida historia de un conserje cuyo despido pone patas arriba a todo un barrio

Foto: Portada de 'Majareta', de Juan Manuel Gil.
Portada de 'Majareta', de Juan Manuel Gil.

Venimos echando de menos durante estos meses, quizá durante ya varios años, novelas como Dios manda, porque en España abunda la incompetencia narrativa entre los escritores, no así entre los políticos. Nadie sabe contar una historia, nadie tiene una historia que contar. Se cuentan cosas. Se suman casos. Se completan cien folios de posts de Facebook o wasap a la amiga. Se llama al conjunto "novela" porque somos pillos y somos pésimos.

Se hablaba hace poco en este periódico de los libros más vendidos, y eran todos malísimos y escritos por mujeres, algo no necesariamente consecuente. Pero era el caso que la más absoluta mediocridad vendía 60.000 ejemplares, 15.000 ejemplares, como si hubiera mucha gente ahí fuera dispuesta a leer lo que te pasa y te preocupa. Esto puede expresar un mundo de gran empatía, pues la gente se gasta el dinero en la pena que le das, pero no un entorno cultural donde los lectores tengan el más mínimo criterio.

Llegamos, en fin, a una novela de verdad. Se titula, muy juguetonamente, Majareta (Seix Barral), y la firma Juan Manuel Gil. La verdad es que podría detenerme un rato en cómo a alguien se le ocurre firmar libros como "Juan Manuel Gil", pero ese es un artículo que ya escribí hace años, con gente que firmaba libros apellidándose "Rodríguez" o "Gutiérrez". Baste decir que todos estos autores, Rodríguez y Gutiérrez, desaparecieron, como no podía ser de otra manera. ¡Un poco de glamour, amigos!, ¡un poco de packaging artístico!

Seguramente ustedes se preguntarán qué es una novela. Una novela es un libro de libertad menguante sobre el que impera una visión de conjunto. Esto quiere decir que, si puedes escribir cualquier cosa en un libro del que llevas treinta mil palabras, ese libro no es una novela, sino un diario o, ya decimos, tu historial del wasap. Escribir novelas es sufrir, porque la novela, desde la primera página, exige un estilo, una historia, una trama, una voz, un tono, unos personajes y una obediencia. Como es muy difícil obedecer a las novelas, la gente escribe gilipolleces.

Escribir novelas es sufrir, porque la novela, desde la primera página, exige un estilo, una historia, una trama, una voz, un tono, una obediencia

Todo este sufrimiento obsecuente tiene como objetivo redondear una obra que, en su totalidad, ofrezca un significado mayor que la suma de cada una de sus páginas. Por eso, si quitas veinte páginas, la novela es otra, incluso mejor, incluso un desastre. En las novelas no-novelas (las gilipolleces que decimos), puedes quitar cuarenta páginas, o añadir cincuenta, y seguirán siendo gilipolleces.

El lío en el que se mete el amigo Gil es conocido: hacer una novela llena de voces, que se pasan el relevo del relato y van perfilando una historia desde varios puntos de vista, a veces contradictorios. Todos los que queremos o quisimos ser escritores quisimos hacer una novela así, teniendo como modelo el Mientras agonizo, de Faulkner. En España, hace nada, le salió esto muy bien a Juan Tallón en Obra maestra (Anagrama).

Foto: obra-maestra-juan-tallon

La pericia que exige este tipo de obra coral es múltiple: hay que saber cómo hablan cincuenta o sesenta personajes, pues cada uno, dado que se expresa en primera persona, tiene su propio idiolecto y su propio mundo y su propia conciencia. Hay que poner cada testimonio en su sitio, para que en la sucesión de los mismos aflore una historia. Hay que conocer mundos variados, por ejemplo laborales, pues no todos los personajes pueden ser profesores o escritores, y alguno a lo mejor es pescador y otro camarero y otra taxista. ¿Cómo habla un taxista, de qué habla, qué detalle concreto hará que el lector se crea a mi taxista?

Como ven, es una movida. No es una chorrada. Es un trabajo. Son horas.

Majareta, en fin, es eso: trabajo de escritor. Y encima es muy divertida.

La oralidad de la prosa hace que su lectura sea frenética, y da mucho gusto ver hablar a la gente, incluso a la gente de Almería

La oralidad de la prosa hace que su lectura sea frenética, y da mucho gusto ver hablar a la gente, incluso a la gente de Almería. "Llevaba una semana sin verla, puede que dos, así que me brotó de dentro una alegría muy bonita". Gil consigue con su libro varias cosas, y una es retratar un barrio de aquella punta del mapa con sus dejes, su vocabulario, sus tensiones, sus gracietas. "Hijo mío, ese tipo le está cogiendo la toma de tierra a tu señora esposa".

Estos que hablan no tienen nombre, y el autor los define con enorme precisión circense. Por ejemplo, "El hijo biológico de la mujer que fue muy amiga de la madre del conserje" o "El marido de la bibliotecaria sin biblioteca". Todos tratan de dar testimonio cierto sobre el conserje, y el que les escucha y localiza para que hablen es el propio Juan Manuel Gil, motivo por el cual acaba hablando hasta su madre. Todos cuentan historias propias, complementarias y delirantes. En algunos momentos, uno se acuerda de Eduardo Mendoza.

El despido del conserje ha llevado a este "pobre hombre" a cometer alguna venganza sobre los niños del colegio privado donde trabajaba. Eso que ha hecho nos tiene en vilo durante más de media novela, pues Juan Manuel Gil dosifica la información sobre este suceso con enorme habilidad. A su manera, tiene algo de Weapons, la brillante película de Zach Cregger.

Foto: publica-su-primera-novela-a-los-57-anos-y-es-muy-buena Opinión

Al final, hay un giro dramático, un cambio de tono, donde convergen todas esas historias matrimoniales, familiares y laborales. El conjunto se cierra con absoluta maestría.

Y miren qué prosa: "Yo, por entonces, estaba infelizmente casado, mis hijos habían saltado la veintena y en mi matrimonio pasaban menos cosas que en el interior de un cajón. Así que ya se puede imaginar la verbena que se me montó en el corazón el día que intuí que esa maestra, con ojitos de penitente, cabello largo, vivaracho y negro, sonrisa desmadejada, aliento fresco y brazos invencibles, estaba interesada en mí."

Venimos echando de menos durante estos meses, quizá durante ya varios años, novelas como Dios manda, porque en España abunda la incompetencia narrativa entre los escritores, no así entre los políticos. Nadie sabe contar una historia, nadie tiene una historia que contar. Se cuentan cosas. Se suman casos. Se completan cien folios de posts de Facebook o wasap a la amiga. Se llama al conjunto "novela" porque somos pillos y somos pésimos.

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