La nueva 'Twin Peaks' es una bofetada en la cara del espectador (y el trabajador) moderno

Después de que se haya emitido un tercio de la temporada, queda claro que Lynch ha salido por donde nadie esperaba, ofreciendo una comedia absurda con un toque 'noir'

Foto: De Sherlock de lo irracional a muñeco 'slapstick'.
De Sherlock de lo irracional a muñeco 'slapstick'.

Si ha visto la primera temporada de 'Twin Peaks' (¡o incluso si no lo ha hecho!), recordará muchas cosas: la habitación roja (perdón, la Logia Negra), el enano bailarín, los personajes que hablan al revés o el cadáver de Laura Palmer flotando en el río, envuelto en un plástico… Imágenes icónicas que se han repetido hasta la saciedad. Pero es probable que también recuerde que los personajes lloraban mucho, y muy fuerte. El llanto, especialmente en el primer episodio, causaba un efecto perturbador: que llegaba a desagradar al espectador. ¿Por qué, si al fin al cabo estaba acostumbrado a que en los dramas televisivos se llorase todo el rato? Al exagerar el llanto, David Lynch convertía un lugar común de los culebrones televisivos a los que parodiaba en un acto molesto y grotesco.

La tercera temporada de 'Twin Peaks', 25 años después, parecía anunciarse como una inmersión plena en el lado oscuro del universo Lynch. La lógica era la siguiente: si en la original se había tenido que plegar a los códigos televisivos de la época porque “la tele aún no estaba preparada”, con la libertad proporcionada después de arduas negociaciones por 'Showtime' íbamos a atiborrarnos de escenas oníricas, texturas hipnóticas y tramas circulares. En definitiva, más secuencias como el viaje astral a lo George Méliès del tercer capítulo. Iba a ser la versión de 'auteur' de la serie original, imbuida de cierta nostalgia –al fin y al cabo, uno de los rasgos esenciales del 'Twin Peaks' original era que te hacía sentir como en casa– que corrigiese los defectos de la original.


La televisión actual es inteligente, sutil, dramática y profunda. La respuesta de Lynch ha sido convertir a su protagonista en un bufón infantilizado

Pues nada de eso. 'Twin Peaks: el retorno' es a su sutil manera otra parodia de la televisión actual “de calidad”. Nos hemos acostumbrado a las series protagonizadas por tipos brillantes, visionarios, manipuladores, profesionales hasta la obsesión que generan en el espectador la fascinación de ver el talento y la razón en acción. También a los diálogos sutiles, a las trampas complejas, a los dramas 'shakespearianos'. Ya se sabe, todo eso que define a la “era dorada de la televisión”. ¿La respuesta de Lynch? Convertir a su protagonista, Dale Cooper, el Sherlock Holmes de lo irracional, en Dougie, un 'clown', un monigote sin capacidad de entendimiento, atrapado en un mundo mediocre y hortera, desagradable, feo y vomitivamente 'kitsch'. El opuesto absoluto del existencialista Rust Cole de 'True detective'. ¿Querías misterio? Aquí tienes mediocridad suburbial.

La principal trama sobre la que se apoya el primer tercio de 'Twin Peaks: el retorno' parece precisamente una revisión irónica de esos dramas profesionales que triunfaron a finales de los noventa (¿'Urgencias'? ¿'Periodistas'?), pero protagonizada por un infantilizado idiota. Formalmente, es la absoluta antitelevisión. No hay 'cliffhangers' (ese chantaje emocional al espectador para que vuelva la semana que viene), ni sorprendentes golpes de efecto de guion, ni intrigas apasionantes y, por no haber, no hay ni nostalgia: los personajes de la serie original van y vienen como si simplemente nos asomásemos a sus vidas cotidianas. La subversión no viene por ser más radical, sino por traicionar las expectativas.

Bartleby, supongo

Para el espectador televisivo del siglo XXI, acostumbrado a un lenguaje que ha perfeccionado hasta el paroxismo su capacidad de mantener la atención del espectador, 'Twin Peaks' puede parecer un tanto árida. El ritmo al que se mueve Dougie y el desarrollo de sus gags resulta (buscadamente) exasperante para el espectador moderno, acostumbrado a secuencias rápidas, a cambios continuos de localización, a subirse en una montaña rusa emocional que quizá no vaya a ningún lado pero que resulta irremediablemente atractiva. Sin embargo, tiene mucho más que ver con 'El otro lado de la esperanza' de Aki Kaurismäki que con 'The Leftovers' o 'The OA'.

Es una tira cómica sobre cómo un autómata incapaz de razonar o comunicarse puede desenvolverse relativamente bien en la sociedad moderna

La respuesta de Lynch ha sido, por lo tanto, recuperar un lenguaje y ritmo cinematográfico casi preclásico, vía el Bartleby de Herman Melville. Ese del que Deleuze dijo que no era “un enfermo, sino el médico de una América enferma”. Con un punto abiertamente hortera, como ocurre en la ya legendaria escena en la que Cooper/Dougie arrasa las tragaperras de un casino de Las Vegas mientras grita una y otra vez “hello-o-o-o!” Es una actualización, a su manera, de la pesadilla proletaria de 'Cabeza borradora' (o la 'white trash' de 'Inland Empire'), tan solo que en el mundo de las profesiones de cuello blanco. Ya no es la fábrica y su dramático sonido cavernoso lo que atormenta al trabajador, sino las superficiales relaciones con su mujer y compañeros, como sacados de la peor pesadilla de Globomedia.

¿Quién nos iba a decir que la nueva 'Twin Peaks' iba a ser una parábola cómica del mundo moderno y, en concreto, del entorno laboral? Hay que reconocer que la idea es brillante: al fin y al cabo, la discutida subtrama de Dougie es una tira cómica sobre cómo un no-hombre, un autómata sin personalidad incapaz de razonar o comunicarse, puede desenvolverse relativamente bien en la sociedad moderna, incluso tener éxito. Es una también otra bofetada en la cara del espectador de clase media, que quizá se vea reflejado en ese tipo gris e infiel con trabajo aburrido, sufrida esposa, simpático hijo y casa y coche estándares... y totalmente intercambiable con el compañero de al lado. Como ponerle un espejo delante de la cara.

Las nuevas aventuras de Dougie.
Las nuevas aventuras de Dougie.

No es que Lynch sea un sociólogo, pero sí es un experto formalista; vaya, que sabe conformar imágenes sencillas con ideas complejas. La trayectoria de Dougie puede formar una especie de trilogía con 'Tiempos modernos' de Charles Chaplin (la cadena de montaje) y, sobre todo, 'Playtime' de Jacques Tati, uno de los cineastas que más le han influido. De ella hereda su lado 'slapstick', pero también su crítica a la frialdad del mundo contemporáneo, rígido y burocratizado, inteligente y sofisticado, frente a la sencillez humanista del protagonista. Cooper/Dougie tan solo se entiende con su hijo, como 'Frankenstein', básicamente porque nuestro protagonista es un bebé. Un punto de partida que le haría explotar la cabeza a los apasionados seguidores del modelo HBO.

¿Cuál es el enigma... si lo hay?

Si algo ha chocado de la serie a muchos espectadores, que se han apeado rápidamente de ella, probablemente sea que la evolución de Lynch en sus últimos largometrajes ('Carretera perdida', 'Mulholland Drive', 'Inland Empire') hacía esperar algo más oscuro y no, desde luego, una comedia del absurdo como nunca antes en la carrera de su autor. Ni siquiera hay una trama como la del asesinato de Laura Palmer a la que agarrarse. La fantasmal presencia de los antiguos personajes, que en muchos casos parecen una versión zombificada de sí mismos (no menos de tres actores han muerto entre el rodaje de la serie y su estreno), no ayuda. Si, como decía Michel Chion, la cualidad esencial de 'Twin Peaks' no era la existencia de personajes extraños, sino que estos eran tratados de forma totalmente normal por el resto, la nueva temporada presenta una anormalidad monótona más cercana a 'Twin Peaks: fuego camina conmigo'.

En el primer episodio, Lynch nos advierte que si desviamos la vista de la televisión podemos ser asesinados por un espíritu de otro mundo

¿A qué hay que agarrarse? No a las tramas, sino a momentos y gestos memorables. Hay infinidad de ellos: la ya mentada larga secuencia de Cooper en el mundo más allá de la Logia Negra, la primera aparición de Diane, el viaje del personaje de Amanda Seyfried escuchando 'I Love How You Love Me' de las Paris Sisters, el atropello presenciado por Harry Dean Stanton o el misterioso asesinato a lo Dalia Negra, pero sobre todo instantes en apariencia inanes como el tipo que barre el Bang Bang Bar a ritmo de 'Green Onions' de Booker T. & the MG's, el ordenador con Skype que emerge del escritorio del sheriff o la breve reaparición de un trastornado James (“siempre moló”, dice Shelley). Son instantes propios de un cineasta que sigue sabiendo conferir humor y trascendencia a lo coyuntural.

Porque aquí también hay un par de guiños a la televisión. En el primer episodio, un joven vigilante invita a una chica a la estancia donde trabaja, un misterioso ático de alta seguridad en el que debe observar sin pesteañear un espacio acristalado aparentemente vacío por si en algún momento surgiese algo. Como no ocurre nada, termina liándose con su compañera, momento en el que un espíritu rompe el cristal y los aniquila. Advertencia número uno: espectador, si no miras, aunque parezca que no ocurre nada, te perderás lo importante. En otro momento, la madre de Laura Palmer observa un sangriento documental de naturaleza y la cámara asciende para mostrar los espejos del salón, el lugar en el que Bob aparecía en el primer episodio de la serie. Enseñados como estamos, intentamos atisbar algo en el cristal, pero no vemos nada. Advertencia número dos y más importante: lo que nos tenga que descubrir el nuevo 'Twin Peaks' no se encuentra donde lo esperamos.

Chanquete ha muerto

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