¿De qué os reíais, hombres? El escándalo sexual de Harvey Weinstein y sus cómplices

Las agresiones sexuales cometidas por el todopoderoso productor de Hollywood contra numerosas actrices era conocido desde hace tiempo y todos miraban para otro lado

Foto: Harvey Weinstein junto a su mujer Georgina Chapman. (EFE)
Harvey Weinstein junto a su mujer Georgina Chapman. (EFE)

Ha sido Ronan Farrow, hijo de Mia Farrow y Woody Allen, quien se propuso levantar la alfombra bajo la que se esconden las agresiones sexuales que las mujeres sufren en Hollywood. Harto, seguramente, de la desconfianza que sufrió su hermana pequeña cuando hizo públicas las violaciones por parte de su padre, y de la frustración que supone ver como se encumbra, premia y recibe con honores a la persona que abusó de ella, recopiló las declaraciones de trece mujeres agredidas por Harvey Weinstein y las publicó la semana pasada en el New Yorker. Desde este momento las voces femeninas que se han sumado a la denuncia no han cesado. Hablamos de actrices de altura: Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Mira Sorvino, Ashley Judd o Rose McGowan, que lleva años clamando en un desierto misógino en el que las agresiones sexuales a las mujeres no son más que buen material para elaborar chistes.

Estuve toda la semana pasada leyendo las declaraciones que algunos miembros de renombre de la industria del cine están ofreciendo respecto al caso Weinstein. Me ha sorprendido que haya quienes se alzan para pedir que tengamos paciencia y que no emitamos ninguna opinión hasta que un juez se pronuncie al respecto -dicho por Oliver Stone- o que piden que esto no enrarezca el ambiente en Hollywood y se convierta en una injusta caza de brujas - como Woody Allen. Me llama la atención que ante la magnitud del asunto se empeñen en recurrir a las viejas y ridículas muletillas que han conseguido mantener silenciadas a las mujeres desde que el mundo es mundo. Obviamente, solo puede significar una cosa: tienen miedo. Tienen miedo de que el chollo se les acabe y los rumores se conviertan en condenas judiciales, de ser los siguientes a los que las víctimas decidan señalar con el dedo. Pero es que ya estamos muy hartas de que a todo quisqui le preocupe más la reputación del supuesto violador que las consecuencias de sus actos en las mujeres agredidas.

Después están los ingenuos, los que no sabían nada, como Quentin Tarantino o Ben Affleck. ¿Cómo es posible entonces que todo un salón riera la gracia de Seth MacFarlane en el anuncio de las nominaciones a los Oscar de 2013? Después de pronunciar el nombre de las actrices, apuntilló: “Felicidades a estas cinco damas, no tendrán que fingir más que les atrae Harvey Weinstein”. ¿De que reían si nadie sabía nada? El actor ha declarado que realizó aquel chiste conociendo los desmanes del productor y que lo que pretendió fue soltarle un zasca. Llamadme desconfiada, pero teniendo en cuenta que pone el foco en que ellas mienten acerca de su deseo por él, diría que las está ridiculizando y culpando de las posibles agresiones.

El viejo truco de silenciar a las víctimas

Con este panorama me cuesta entender cómo hay quien todavía se pregunta cómo es posible que estas actrices no denunciaran antes. La respuesta es muy sencilla: se las ha silenciado. Una mujer que cuenta como han abusado de ella es considerada un problema, una loca – que se lo digan a Rose McGowan – o una persona conflictiva con la que es mejor no juntarse no vaya a ser que la mierda salpique. Colocarle el cartel de mentirosa es mucho más fácil para todos. Sin conflicto podremos seguir riéndonos de los chistes de MacFarlane sin cargo de conciencia.

Tratarnos como si fuéramos un cacho de carne forma parte del concepto de masculinidad en el que se educa a los varones

Es tiempo de reflexionar y de reconocer que las agresiones sexuales a las mujeres han sido –y siguen siendo– un delito menor. No es que nadie lo sepa, es que no le dan importancia. Es por eso que este tipo de ocurrencias resultan graciosas a todo un auditorio en el que seguramente también había mujeres que rieron. Tratarnos como si fuéramos un cacho de carne forma parte del concepto de masculinidad en el que se educa a los varones. Entre ellos –y yo lo he visto y lo veo casi a diario–, comentan casos de agresiones sexuales como si fuera una extravagancia del acusado al que elevan a la categoría de excéntrico. Le quitan importancia al hecho, empatizan con que Fulanito intentara desesperadamente tirarse a [incluye aquí el nombre de la mujer que quieras], normalizan las agresiones comentándolo, además, delante de sus compañeras o amigas mujeres. ¿Cómo vamos a denunciar entonces una agresión sin miedo a que nos tachen de exageradas, en el mejor de los casos?

Además, los medios de comunicación y el relato cultural vierten constantemente mensajes que culpabilizan a las víctimas o que ponen en duda su palabra. Lo primero que cualquier mujer piensa es que no la van a creer. Lo segundo que su carrera profesional se va a ir a la mierda. Todos hemos visto, por ejemplo, infinidad de películas en las que una mujer miente tratando de arruinar la vida de un buen hombre. La última que recuerdo es 'La caza' de Thomas Vinterberg que, para colmo, coloca a una niña pequeña en el centro del relato. Cuando recibimos tantísimos inputs que modelan una imagen de la mujer como un ser vengativo, emocional y mentiroso, denunciar una violación se convierte en una heroicidad. Todas estas películas, por cierto, se financian con el dinero de productores como Harvey Weinstein. Imagino que para ellos es mucho más rentable -en todos los sentidos- dar luz verde a proyectos que cuentan historias de hombres íntegros aplastados por las mentiras de malas damas y que alimenten el mito de la femme fatale. ¿Por qué tratar de sacar adelante otros guiones que sirvan de espejo del mundo que nos rodea? Porque no vaya a ser que la sociedad tome conciencia y la justicia, la opinión pública y la taquilla penalicen de verdad a los agresores.

El techo de cristal: otra piedra en el camino

Llegados a este punto, es obvio que uno de los problemas que sustentan este régimen de agresiones es el techo de cristal. Antes he destacado las declaraciones de los hombres porque ellos son el sistema. Ellos son, mayoritariamente, los grandes productores, los directivos e ilustres trabajadores de la industria de los sueños. Ellos son quienes tienen potestad para penalizar, condenar y evitar que todo esto siga sucediendo.

Si la cúspide de la industria está copada por hombres es difícil que las mujeres podamos ser completamente libres en un mundo que se ríe de las violaciones. Me pregunto que podemos esperar cuando los jefes miran nuestras fotos y comentan el tamaño de nuestras tetas antes de tomar decisiones que nos afectan laboralmente. Si solo ellos mandan nosotras tenemos que limitarnos a hacer lo que dicten para crecer y, visto lo visto, esto incluye soportar acoso o callar abusos.

Denunciar a Weinstein no conllevaba únicamente dejar de trabajar en sus producciones, también debían decir adiós a su profesión

Si existieran productoras todopoderosas seguramente las actrices no tendrían tanto miedo a elevar la voz: encontrarían refugio en las películas de sus colegas. Denunciar a Weinstein no conllevaba únicamente dejar de trabajar en sus producciones, también debían decir adiós a su profesión. Puedo verle haciendo las llamadas de rigor ordenando que tal zorra no debe ser atendida. Sin embargo, me cuesta más imaginármelo explicándole a una directiva que Pepita no quiso chupársela y que por eso es mejor que dejen de llamarla para audiciones.

Ni Weinstein es el único en Hollywood que ha utilizado su poder para someter sexualmente a mujeres, ni el cine es la única industria en la que se producen este tipo de delitos. Lo realmente relevante de este asunto no es que se haya destapado –a estas alturas espero que no quede nadie pensando que esto era un secreto– sino que por primera vez se le ha otorgado a un caso de abuso la importancia que tiene. Espero que este sea el punto de inflexión para que empecemos a dejar de presenciar la impunidad con la que maltratadores, acosadores y violadores se pasean por nuestras pantallas de cine y alfombras rojas. Quizá por fin actrices y actores se nieguen a trabajar con Mel Gibson, Woody Allen o Johnny Depp. Quizá no tengamos que volver a compartir la estupefacción de Brie Larson al tener que entregar al acosador de Casey Affleck un Oscar mientras el Dolby rompía en aplausos. Ojalá el público se niegue a pagar entradas de cine con sus caras en cartel. Quien clama que hay que separar a la persona de la obra está siendo cómplice del entramado misógino industrial que las mujeres llevan siglos soportando. Estaría bien que a partir de ahora no nos volviéramos a callar.

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