A cuatro días de la despedida de 'Mad Men'... seis finales cabreantes (y uno ejemplar)

Las series de televisión no siempre terminan como quisieran los espectadores... A falta de cuatro días para el final de 'Mad Men', póngase a temblar

Foto: Foto: Mad Men.
Foto: Mad Men.

La angustia ya se percibe en el ambiente. Los suspiros se suceden mientras la despedida se acerca, y a algunos sólo les queda correr al supermercado más cercano para aprovisionarse de unos pañuelos en los que enjuagar la despedida. Faltan cuatro días para el final de Mad Men y los amantes de las series de televisión permanecen expectantes ante el desenlace que Matthew Weiner haya preparado para Don Draper, sus compañeros publicistas y su familia. El fin de una era se acerca. Otra vez.

Y a partir del lunes, las redes sociales, los grupos de amigos y los seguidores de la serie se dividirán en dos, los que están conformes con el final y los que no comprenden (o no respetan, o simplemente no es como ellos han imaginado) la decisión del creador, algo que sucede ante el cierre de cualquier serie con cierto renombre. Porque, si en algo es experta la ficción televisiva, es en convertir el final de una producción en un acontecimiento global que, lejos de disfrutarse, termina siendo un juicio sumarísimo a las motivaciones del creador, sus intenciones y cada uno de los minutos que componen su creación. E incluso, años después de su emisión un desenlace polémico continúa pesando, para bien o para mal, en la carrera del creador de turno.

A continuación, y puesto que va de finales, muchos spoilers

True Detective (2014)

A cuatro días de la despedida de 'Mad Men'... seis finales cabreantes (y uno ejemplar)
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La primera creación televisiva de Nic Pizzolatto se convirtió rápidamente en la “serie que tienes que ver.” Y con la misma velocidad defraudó con su cierre a todos aquellos que esperaban un episodio espectacular, en el que “los buenos” desenmascarasen a “los malos.” Lejos de deleitar al espectador con secuencias como las del cuarto episodio, de ofrecer una fábula casi ejemplar sobre unos polis incansables que combaten el crimen por muy arriba que este habite, los espectadores se encontraron con un desenlace pretencioso en el que los protagonistas retomaban su vieja amistad y el héroe nihilista reconocía que es humano y que un día se planteó dejarlo todo.

Más allá de lo poco excitante que resultan dos tipos frente a un hospital mirando las estrellas y hablando sobre lo divino y lo humano, el final también nos permitió preguntarnos si el rescate de Rust y Marty, en medio del laberinto, era creíble. O si, después de ser herido de gravedad por Childress, era posible (y necesario) que Rust siguiese en pie. Y mientras, el espectador rompiéndose la cabeza, buscando el doble sentido a cada una de las palabras de los protagonistas. Como si el mensaje final se escondiese más allá del propio desenlace.

Los Soprano (2007)

Polémico o no lo que está claro, ocho años después de su final, es que David Chase no debió de hacerlo muy bien cuando todavía tiene que explicar qué fue de Tony Soprano. La última vez que lo hizo fue hace apenas un mes, cuando explicó en la web del Directors Guild Of América la secuencia final con detalle, aludiendo a la importancia de la canción de Journey Don’t Stop Believin y señalando su conexión con el primer episodio de la última parte de la sexta temporada de la serie.

Pero el problema del final de Los Soprano no es lo que muestra, sino lo que no muestra. Chase construyó un clímax final a base de miradas furtivas de tipos desconocidos, hijas que llegan de forma apresurada y una inusitada tranquilidad. Y la acompañó de una música que paulatinamente ganaba protagonismo, llevando al espectador a… un fundido en negro. De lo que bien podría ser denominado como “la incapacidad de Chase para matar a su bestia” escribieron hasta los compañeros de profesión, después de que la crítica tratase de comprender el abrupto final y el público la pagase con la web de HBO, que sucumbió a la incomprensión del espectador. Porque si algo no le gusta al televidente medio es un final abierto, en el que todo el peso de la historia queda en sus propias manos. Demasiada responsabilidad.

Perdidos (2011)

Los finales abiertos son tan poco queridos por los espectadores como aquellos que finalizan sin resolver buena parte las incógnitas que ha planteado durante seis temporadas. Si, además, para comprender la moraleja final, hay que tener apuntadas unas cuantas frases, reimaginar la última temporada y quedarse con la profundidad de los personajes en lo que comenzó siendo una loca aventura, las posibilidades de terminar insatisfecho se acentúan.

A sus creadores, Carlton Cluse y J.J. Abrams, les explotó su propia bomba en las manos, les gustó verse aplaudidos por el atrevimiento de plantar un oso polar en la selva, o atemorizar a los pobres supervivientes de un accidente con un humo negro. Y entraron una espiral que lejos de acercarlos a alguna respuesta los alejaba de ella. Años después continúan tratando de hacer comprender el final de la serie defendiéndolo, después de dejar de hacerlo. Un final que gustó a muy pocos y prácticamente fue pionero en el desahogo en las redes sociales de sus seguidores y espectadores.

La emisión del último episodio de la serie de forma simultánea en varios países, fue un evento imperdible (y dramático) para muchos, y un ejemplo a seguir que posteriormente han copiado varias cadenas con sus estrenos, aunque sean mucho menos mediáticos. Y bueno o malo, incomprendido o esperable, lo que está claro es que no pesa demasiado en la carrera de sus creadores, a los que hagan lo que hagan, siempre perseguirá la manida coletilla “de los creadores de Perdidos.”

Cómo conocí a vuestra madre (2014)

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Nueve temporadas y 208 episodios después, los seguidores de la comedia creada por Carter Bays y Craig Thomas descubrieron que la madre sólo era una excusa. Y que los creadores debían figurar en la lista de los más crueles de la historia televisiva, por permitir que el espectador permaneciese expectante ante la premisa que plantea el título, para después ofrecerle una defunción sin ningún tipo de miramientos. Algo que, además, estaba grabado desde 2006, ocho años antes de que se emitiese. Es decir, el camino podía ser muy largo, pero el destino ya estaba elegido.

El descontento fue menos ruidoso que los anteriores, porque entre otras cosas se trataba de una producción cómica, y comentar comedias no está tan bien visto como hacerlo con un drama. Pero ni la crítica ni buena parte del público encontraron en el final de la serie aquello que buscaban, o que tras nueve temporadas pensaban que podían encontrar. Por mucho que algunos incluso se empeñasen en analizar sintácticamente el título de la producción y a partir de este análisis justificar su final. Claro que Bays y Thomas fueron más inteligentes, o más sinceros, que Abrams y Lindelof, y tras el final de la serie se limitaron a agradecer “sin importar lo que penséis de esta noche” el incondicional apoyo de sus seguidores, repartidos por todo el mundo.

El séquito (2012)

Si algunos se pasaron de insensibles y confundieron su razón de ser, otros se pusieron excesivamente moñas y se llevaron por delante a hombres que durante casi un centenar de episodios fueron auténticos “Casanovas”. La serie producida por Mark Walhberg y creada por Doug Ellin se centró, durante ocho temporadas en la vida de Vincent Chase, una estrella del cine en ciernes, que se traslada desde su Nueva York natal al cinematográfico Los Ángeles, con un par de amigos y con su hermano.

Hollywood, chicas, drogas, sexo, dinero, malas rachas y fiestas a gogó fueron el ambiente en el que se movieron los jóvenes y envidiables personajes durante siete temporadas. Y en la octava, con sólo ocho episodios, los problemas se solucionan, el amor aparece para aquellos que lo merecen y los que no encuentran un golpe de suerte que les permite vivir sin cobijarse bajo el ala de la estrella. Un “fueron perdices” en toda regla del que no debieron quedar muy satisfechos, ya que la serie que regaló a la televisión uno de los mejores personajes de la historia, Ari Gold, regresará en formato película en junio. Si el desaguisado ya no se puede arreglar, qué necesidad habrá.

Seinfeld (1998)

Antes de que las series se comentasen en foros y se llorasen en las redes sociales, también existían finales cabreantes que dejaban a sus espectadores con cara de circunstancias frente al televisor. Y el desenlace de la serie creada por Larry David y Jerry Seinfeld fue uno de ellos. Principalmente, porque tras nueve temporadas, algunos aún no habían asimilado que una serie sobre “la nada” tendría un final adecuado a la propuesta. Y en este caso los creadores decidieron sentar a sus protagonistas en un juicio, para enfrentarlos a todos aquellos que, como el espectador, habían sufrido sus desmanes. Fueron hallados culpables y condenados a un año de prisión.

El surrealismo de la última trama estaba a la altura de los 179 episodios previos, pero muchos de los 76 millones de espectadores que se sentaron el 14 de mayo de 1998 frente al televisor no supieron disfrutarla. Por mucho tiempo que pase, los que vieron en Seinfeld una serie sobre un cómico y sus particulares amigos, el final sigue siendo un misterio. Para los que supieron ver que la serie de NBC en su conjunto no quería contar nada, el desenlace es uno de los mejores de la televisión. Aunque por aquel entonces, para encontrar seguidores y detractores de la serie no hiciese falta ningún hashtag.

A dos metros bajo tierra (2005). Como redención…

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El cierre de la serie de Alan Ball es considerado por muchos como el mejor desenlace de la historia de la ficción televisiva. Sin palabras y con Breathe de Sia vinculada eternamente al final de la serie (y de la familia Fisher) la irregular pero brillante producción de HBO regala al espectador el final, la muerte, de cada personaje. Pero el desenlace no es amargo, porque a Claire le queda un largo camino por delante antes de que llegue el adiós definitivo.

Desde Melmac

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