Netflix: ‘Operation Odessa’: el espía, el mafioso y el playboy que estafaron al cártel de Cali

‘Operation Odessa’: el espía, el mafioso y el playboy que estafaron al cártel de Cali

Un documental de Showtime que podemos ver en Netflix narra una de las historias más rocambolescas de los años 90 en la que tres hombres compraron un submarino soviético para venderlo a narcos colombianos

Foto: Imagen del documental 'Operation Odessa' con Tarzán posando junto a un oficial del ejército ruso y un submarino.
Imagen del documental 'Operation Odessa' con Tarzán posando junto a un oficial del ejército ruso y un submarino.

Tras la exitosa irrupción de ‘Wild Wild Country’ en Netflix, la plataforma de streaming sigue empeñada en demostrarnos que la popular expresión “la realidad supera a la ficción” va a pasar a la historia. Porque si el relato sobre el culto a Osho y su indescriptible asistente Sheela nos dejó estupefactos y pegados al sofá, el documental de Showtime ‘Operación Odessa’ (que ya podemos encontrar en su biblioteca) pondrá a prueba nuestra capacidad para sorprendernos y añadirá unos cuantos personajes excéntricos a la lista de roles sorprendentes que conocimos gracias a la pequeña pantalla.

Un mafioso ruso propietario de un sórdido club de striptease en Florida al que todo el mundo conoce como 'Tarzán', un seductor que se encarga personalmente de la flota europea del cartel de Cali y un espía cubano al que le encontraron 41 pasaportes diferentes son los protagonistas de esta producción tan descarada como fresca. A lo largo de sus 93 minutos de metraje, el documental dirigido por Tiller Russell narra cómo se unieron los destinos de estos tres hombres y qué les llevó a pasar a la historia como el trío que estafó a los narcos más temidos del momento con un submarino ruso de por medio.

“Tenía un amigo que vivía en San Petersburgo. Un día le llamé y le dije “Misha, te voy a hacer una pregunta un poco rara. ¿Es posible comprar un submarino militar de segunda mano?” Me dijo “Vaya pregunta. Veré qué puedo hacer”. Me llamó a los dos días y me dijo “¿El submarino lo quieres con misiles o sin misiles?”.

La declaración de Tarzán con la que arranca ‘Operación Odessa’, y que llega acompañada de un ostentoso gesto sorpresa, es la primera de muchas confesiones de un hombre desinhibido que no se sonroja a la hora de reconocer su eficacia homicida. Un tipo que es capaz de nombrar a Pablo Escobar cuando se trata de sobrevivir y escapar de las garras de las mafias rusas. El cabecilla de un trío de malhechores que los guionistas de medio mundo apenas pudieron a imaginar.

Matón y dueño de un club de striptease

En 1980 Ludwin Fanberg, el nombre real de “Tarzán”, llegó a Estados Unidos “el país de las oportunidades”. Un año después de aterrizar en Nueva York consiguió su primer trabajo como recaudador de la familia Gambino. Incendios provocados, ajustes de cuentas y avisos en forma de puñetazos eran su tareas habituales hasta que su compañero de aventuras apareció muerto una mañana. “Para mí eso era un mensaje. Decidí mudarme a Miami” confiesa Tarzán.

Cartel promocional del documental que podemos ver en Netflix.
Cartel promocional del documental que podemos ver en Netflix.

Por aquel entonces la soleada capital del estado de Florida seguía siendo lugar de paso habitual para el narcotráfico y la comunidad rusa comenzaba a explotar aquella “puerta de entrada a Sudamérica”. Siguiendo los pasos de algunos de sus colegas en Nueva York, Tarzán se estableció allí pero diversificó sus tareas.

Con los ahorros de los últimos años de trabajo, el mafioso decidió abrir ‘Porky’s’, un club de striptease al que dio el nombre de su película favorita. Un local en el que, por 5 dólares, los clientes podían controlar un coche de juguete cargado con un consolador, que introducían a su antojo en la estrella del porno de cada noche.

Almeida, Tony y Tarzán en una imagen de los años 90.
Almeida, Tony y Tarzán en una imagen de los años 90.

Estrellas de la música y narcos

Entre los clientes de ‘Porky’s’ además de los representantes más destacados de la mafia rusa, se encontraban hombres como “destacados jugadores de baloncesto, Sting o Vanilla Ice”. Éste último fue el responsable de que Tarzán conociese a Juan Almeida, propietario de un puerto deportivo al que solían acudir “Julio Iglesias o los protagonistas de ‘Corrupción en Miami’ o Gloria Stefan” según él mismo. Pero ni esa era la única dedicación de Almeida, que también era propietario de un concesionario de coches de lujo, ni aquellos eran los únicos usuarios de su embarcadero.

Los traficantes de la zona, propietarios de lujosas lanchas con las que transportaban su mercancía, también recurrían al emprendedor para alquilar o comprar sus embarcaciones. El intercambio previo al contrabando de automóviles de lujo europeos a Colombia y por el que Almeida se agenciaba cuantiosas comisiones. Un negocio imparable cuando su amistad con Tarzán unió a un charlatán capaz de vender arena en el desierto como él con un hombre dueño de la más peligrosa de las agendas.

En 1990, mientras el mundo observaba con incertidumbre la desintegración de la URSS, Tarzán y Almeida contemplaban una oportunidad de negocio infinita. “Nadie tenía claro quién estaba al cargo en Rusia” explica el empresario antes de reconocer su estupefacción a la hora de asumir la magnitud del escaparate que contemplaban. Su viaje a Moscú estaba relacionado con la compra de unas motocicletas, un negocio lucrativo pero mínimo comparado con lo que podían hacer con la desmantelada Unión Soviética.

El hombre de los mil pasaportes

En aquella época, Nelson “Tony” Yester, un buen amigo de Almeida se convirtió en un fugitivo internacional. Ambos se conocieron en el concesionario de automóviles, cuando el inmigrante cubano llegó en busca de un Ferrari. Tony era un joven ambicioso cuando pisó por primera vez Estados Unidos, y solo le costó un año conseguir su primer millón de dólares. Posteriormente añadió a su curriculum el contrabando internacional, su colaboración con Pablo Escobar y su trabajo para la Dirección de Inteligencia del gobierno cubano. La policía terminó pillándole por traficar con cocaína y tuvo que abandonar el país, pero su huida no impidió que se convirtiese en el cerebro de las operaciones entre Rusia y Colombia de Juan y Tarzán.

Definido por los agentes que participan en el documental como un hombre “extremadamente violento", en 1999 fue protagonista del programa de televisión sobre los más buscados del país. Y aunque ninguno de sus amigos, ni los agentes, creen que Russell consiga hablar con Tony “ni en un millón de años”, el fugitivo no tarda aparecer en pantalla desde “algún lugar de África”. Entre el interior de una avioneta y el hangar de un aeropuerto desconocido, el inmigrante cubano comparte con el director y con la audiencia su eterna fuga y sus negocios con los carteles de Colombia. Unas transacciones que arrancaron, nada más y nada menos, con dos helicópteros Kamov, equipados con rotores gemelos que permitían transportar grandes cargas (como toneladas de cocaína en la selva colombiana).

Almeida, Tony y Tarzán en imágenes actuales.
Almeida, Tony y Tarzán en imágenes actuales.

Entre pillos anda el juego

El éxito de la operación, a pesar de que no fue fácil sacar los aparatos de Rusia, convirtió a Tony, Tarzán y Almeida en los proveedores favoritos para los capos del narcotráfico colombiano. Mientras que el cubano ponía los contactos en Sudamérica, Tarzán hacía lo propio en Rusia y Almeida aportaba sus innatas habilidades negociadoras. Un trío de ases sin escrúpulos y con muchas ganas de añadir ceros a su cuenta bancaria que en el peor de los momentos, y con un submarino en sus manos, supieron tirar de ingenio para salir adelante. Una vez más.

Más que un documental al uso, en el que el espectador puede encontrar cierto análisis crítico de los protagonistas de la historia, ‘Operación Odessa’ es un desvergonzado retrato de tres seres inmorales que supieron aprovechar cada una de las oportunidades que el destino puso a su paso. Una rocambolesca historia en la que, obviamente, no ganan los buenos, los muy malos ya están muertos y los malvados protagonistas han vivido para contarlo.

Desde Melmac

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