el capitalismo en el diccionario

Contra la calidad, siempre

Una de esas palabras terroríficas, perversas, sádicas, esa palabra cáncer, esa gran hija-de-puta, es la palabra CALIDAD.

Foto: La línea del montaje del Seat 1400.
La línea del montaje del Seat 1400.
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    Posiblemente sea el concepto, quiero decir, la palabra, más cancerosa de la cultura -sí, de la cultura en su sentido amplio- actual, a pesar de que en ocasiones pueda pasar desapercibida. Es una de esas palabras terroríficas, y su terror perverso, su sadismo, procede de que “nos acosa” y al mismo tiempo desconocemos su papel y su definición en el contexto cultural. Esa palabra cáncer, esa gran hija-de-puta, es la palabra CALIDAD.

    La calidad es un terrible virus devorador de todo, y el arma necesario para dinamitar silenciosamente un sistema democrático, pero igualmente es una enfermedad dentro del sistema fabril, dentro del sistema educativo, dentro de una carnicería e, incluso, dentro de una asociación de vecinos. La palabra calidad es poderosa porque no dice absolutamente nada, no significa objetivamente nada, lo que provoca que aquellos que están sometidos a ella no tengan a qué agarrarse mientras que los que la esgrimen como material desde el poder pueden ejecutarla arbitrariamente.

    Calidad es sinónimo de lo que el mercado necesita y de cómo (y cuándo y dónde) lo necesita

    Un ejemplo. Un caso próximo. La ley de Calidad de la Educación. Leemos: “Una educación de calidad como soporte de la igualdad” y luego “Equidad y calidad son dos caras de la misma moneda”. Estas frases no dicen absolutamente nada. En la primera, la calidad es el soporte de la igualdad (¿por qué no a la inversa, por qué no la igualdad como soporte de la calidad?); y en la segunda, la igualdad y la calidad son lo mismo, aunque con matices. Luego, en la misma ley: “las acciones de calidad educativa […] deberán ser competitivas”. Aquí ya pasamos del ser al deber ser. La calidad ya no importa tanto si se relaciona con la igualdad porque con lo que DEBE vincularse es con la competitividad. ¿Igualdad, calidad y competitividad son lo mismonbsp;Esto es sólo un ejemplo de lo aberrante en el uso de este término.

    Lo que el mercado necesita

    Pero la respuesta puede ser simple. En realidad, cuando el poder habla de calidad, habla de estándares de calidad. Eso significa que calidad es sinónimo de “lo que el mercado necesita y de cómo (y cuándo y dónde) lo necesita”. Y está claro que lo que el “mercado necesita y cómo (y cuándo y dónde) lo necesita” puede alejarse mucho de lo que cotidianamente entendemos por el concepto de calidad.

    Calidad, en realidad, es cantidad disfrazada de buen rollo, de objetividad. Ya no se trata de aprender inglés para comunicarte mejor con el otro, sino “porque te puede servir para encontrar mejor trabajo”, un trabajo de calidad. Hace poco, la vicepresidenta de la CEOE apelaba al hecho de que hay parados “que no valen para nada”. Y dicha afirmación es, realmente, lo más cerca que estamos de poder visibilizar el concepto de calidad que maneja tanto este gobierno como el anterior, y en general el poder político heredero del conservadurismo ochentero.

    Calidad es productividad, pero no sólo eso, productividad adecuada a la situación dada. La calidad de hoy puede diferir de la de mañana, en tanto que es el mercado quien decide dónde está la calidad en cada momento. El mejor gesto político que nos queda es “no valer para nada”. ¿Y si ninguno valiésemos para nada? Yo sé, desde su punto de vista, que no valgo para nada, y la felicidad de carecer de esa calidad me colma. E incluso me pagan por ello. 

    Las barrigas gordas

    Otro ejemplo. En la universidad española, en el marco de las Humanidades, se ha instalado un fantasma, y ese fantasma, obviamente, es el de la calidad. Se arrastra por pasillos, por aulas, por despachos y seminarios, olfateando con el fin de “comprobar para qué vale aquello que haces”. Ya lo decía un gran teórico, los que nos dedicamos a las humanidades vivimos con el terror de que algún funcionario del departamento de calidad de algún ministerio descubra que se nos paga por leer o por dar clases o por escribir ensayos aburridos que “no sirven para nada”. Desterrar este concepto ridículo de calidad sería un buen síntoma de sociedad democrática.

    Leía, justo antes de ponerme a escribir este artículo, el libro de Ben Hamper Historias desde la cadena de montaje (Capitán Swing, 2014). Un libro que nos puede servir a modo de genealogía. Hamper retrata a la perfección todo el proceso, lento e inevitable, de cómo este concepto acaba inoculándose en nuestras venas. “Fue más o menos por esa época [1985, época Reagan] cuando empezamos a oír hablar de un nuevo concepto hasta ese momento desconocido […]: la palabra “calidad””. Añade: “Calidad, calidad, calidad. De repente, era imposible levantar la cabeza sin que te taladraran los oídos con aquellos eslóganes y exhortaciones que clamaban la nueva palabra de moda”.

    Y apuntala: “Calidad significaba compradores, y compradores significa ventas. Ventas significaba barrigas gordas y gordas bonificaciones. La calidad hacía que los huesudos dedos se aflojaran sobre las carteras. La calidad era capaz de cambiarlo todo, y se metía en el bolsillo a aquellos que en realidad no podían permitirse un coche. […] La calidad era el remedio para nuestra enfermedad”.

    Éste concepto neoliberal de calidad se ha expandido semánticamente hasta impregnar toda nuestra realidad, alcanzando hasta la última escuela, último barrio, último bar; algo que el propio Hamper (mucho mejor que algunos filósofos franceses del momento) supo proyectar. La calidad como la creatividad, ambos conceptos reinsertados en nuestro vocabulario por las grandes empresas, bancos y partidos en el poder, deberían ser palabras a cuestionar, a destruir, a desintegrar. Contra la calidad, siempre.

    Tribuna
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