el populismo, peligroso para el statu quo

La democracia será populista o no será

Se tiende a dibujar una línea divisoria, una línea que en apariencia es capaz de abastecer de sentido a todo el sistema y a todas las instituciones

Foto: Encuentro de Pablo Echenique en Zaragoza
Encuentro de Pablo Echenique en Zaragoza
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    Se tiende a dibujar una línea divisoria, una línea que en apariencia es capaz de abastecer de sentido a todo el sistema y a todas las instituciones. Esta línea divide la democracia de un lado y el populismo de otro, siendo el populismo caracterizado -y desdibujado- como un modo “demagógico” y vergonzoso de destruir el espíritu de la democracia. Ésta es entendida, a su vez, como un sistema destinado a mantener el equilibrio, el orden constitucional, y alejar de sí todo lo que suene a inquietud o desacuerdo.

    Esta línea divisoria la hemos “visto” crecer durante mucho tiempo desde 1978. Los políticos neoliberales y socialdemócratas apuntaban hacía el frente con sus gordos y rechonchos dedos ensortijados y nos decían “ahí, ahí está la línea, ¿acaso no lo veisnbsp;Eso que hacen los otros es populismo”. Y mirábamos y mirábamos y tan sólo éramos capaces de ver la extensión mordida de sus uñas. Defendernos del populismo era el slogan. Sin embargo, ha llegado un momento en el que ese dedo tan sólo mostraba mugre. 

    Pero vayamos más a lo profundo. Vayamos al lenguaje. En varias ocasiones, en este mismo espacio, he defendido la necesidad de no perder de vista que una de las cuestiones que son palpables desde hace unos años a esta parte es la necesaria revisión del lenguaje. Es necesario, o al menos lo parece, recuperar cierta fuerza sobre el lenguaje, el cual nos ha sido secuestrado. Owen Jones lo decía hace unos días: “Digámoslo claro: nos han birlado el lenguaje.”

    Es necesario, o al menos lo parece, recuperar cierta fuerza sobre el lenguaje, el cual nos ha sido secuestrado

    El lenguaje es un campo de batalla y de experimentación. El lenguaje sirve para establecer campos y territorios, para diseñar y estancar, en manos del poder, nuevos abismos semánticos cuya finalidad es condenar actos o bien desinflar impulsos, tratando de disipar toda inquietud. Las paradojas de la realidad se expresan en paradojas lingüísticas, escribió Marx en algún momento. Veámoslo.

    Punto de partida o premisa: no existe democracia sin populismo. No son ambas palabras excluyentes, sino que están necesariamente hermanadas. De hecho, la democracia se construye sobre la base de un populismo, anestesiado en ocasiones, que permite el desarrollo de diversas políticas. Ahora bien, se ha diseñado estratégicamente una imagen del populismo fundada, en primer lugar, en una identidad ficticia: el pueblo. A dicha identidad creada, fantasmática e inaprensible, se le incorpora, posteriormente, una gruesa capa semántica diseñada en dos líneas de fuga. Por un lado, una grasienta mano de ignorancia. Es decir: “el pueblo es esa masa amorfa que no sabe lo que quiere”, “que necesita ser etiquetada”, “que carece de lenguaje estructurado para la política”, etc. Por otro lado, lo que es más peligroso, la inminencia de su condición inherente: el desastre. El pueblo no sólo es ignorante sino que está abocado al desastre, esto es: a la violencia -entendida fundamentalmente como desorden constitucional-. 

    Noche electoral en podemos
    Noche electoral en podemos

    La mistificación

    El psiquiatra R.D. Laing reutilizaba en 1967 un viejo concepto marxista para hablar de algo similar: mistificación. Laing designa como tal al acto insistente, por parte de la figura de autoridad. Un padre ante un niño, por ejemplo, de que éste “no tiene derecho a sentirse así”, es decir, una corrección total de los impulsos y sentimientos que posteriormente inhabilitan, en el sujeto adulto, los impulsos sociales en tanto que se verá necesitado de alguien que “hable por él”. Es tal la insistencia por parte del sujeto mistificador, que el sujeto mistificado acaba dudando de sus propias emociones, impulsos y relaciones.  Laing lo tenía claro: “La función primordial de la mistificación parece consistir en el mantenimiento del statu quo”.

    El populismo ha sido etiquetado como “sentimiento erróneo”, en tanto que peligroso para ese statu quo

    Dicho esto, el populismo ha sido etiquetado como “sentimiento erróneo”, en tanto que peligroso para ese statu quo. El pueblo ha sido mistificado en la medida que se le ha posicionado como un todo, como un bloque, cuyos sentimientos e impulsos no pueden formar parte del orden dominante en tanto que sujetos ignorantes y violentos. Si leemos “Lo que está en juego es el futuro”, lema de Cañete en las Elecciones Europeas, comprendemos cómo se trata de generar esa mistificación. El futuro es lo que está en juego, pero en ese juego los sujetos somos inhabilitados para jugar. O dicho de otra forma: si nos dejasen jugar a ese juego que llaman futuro jugaríamos al ajedrez con las reglas del parchís y ese sería un error imperdonable. Ved como jugamos, dicen, pero de lejos.

    En realidad, lo que se llama populismo y es visualizado como algo negativo es la propia “sensación” de carecer de un referente exacto. Se llama populista al acto de hacer que los sujetos se visibilicen como comunidad. El pueblo, al desidentificarse con respecto al relato habitual desde la transición, al mostrarse como otra cosa, ha generado una visible inquietud. -Es esta inquietud lo que ha llevado a posiciones ridículas a los dos partidos mayoritarios hasta ahora-.

    Volviendo a Rancière: que aquellos que carecen de tiempo se dediquen a construir tiempos diferentes, espacios diferentes, se considera puro populismo. Ese es el problema para los que tachan de populista toda positivización de los sujetos como comunidad. Una democracia debería ser populista para ser tal. Ahora bien, sin equivocarnos de tiro. Una democracia no es simplemente la aglutinación de opiniones. Un mundo de opinadores no es un mundo democrático. Opinar sirve para dar forma, pero no para actuar.

    Las minorías menos populares

    La democracia también está o reside en los que carecen de voz, en las minorías “menos populares”, por ejemplo. Llevar la democracia a todos los espacios no puede significar que “todo valga”, sino que las voces se escuchen por sí mismas, y que éstas voces se tengan en cuenta por lo que dicen y no por la vehemencia de cómo lo dicen.

    Pero más allá de todo ello, el gran problema del populismo y de sus supuestos negativos, no es tan solo la inauguración de un nuevo territorio en nuestra política sino que empezamos a ver política. Y esto quiere decir que el supuesto populismo provoca, por efecto inverso o reducción al absurdo, que los partidos que abanderan la doctrina desde 1978 se han hecho finalmente visibles a todas luces, esto es: se han visibilizado trágicamente.

    No creo que el populismo sea el problema sino lo que el debate en torno a él ha generado

    El problema que vemos ahora no es el auge del populismo, sino que el populismo que la doctrina del 78 impuso se ha hecho patente. Es decir, se ha visibilizado hasta ahora una imagen del poder pseudopopulista donde el rey era la figura, el pico más alto del triángulo. Es decir, hay un “populismo del 78”, al que también se ha llamado Cultura de la Transición, que hasta ahora ha sido perfectamente manejado y orquestado desde arriba y, sin embargo, en estos momentos, comenzamos a ver cómo sus hilos se resquebrajan y cómo esos hilos tratan de remendarse urgentemente.

    Y es ese movimiento de re-cosido interior lo que se deja ver trágicamente. En definitiva, no creo que el populismo sea el problema sino lo que el debate en torno a él ha generado, lo que se ha mostrado a todas luces, las posiciones que se han mostrado con evidencia. El debate sobre el populismo ha visibilizado sin escondites dónde está exactamente el poder dominante, y cómo actúa. Ya es hora de herirlo. 

    Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976) es profesor de Teoría del Arte de la Universidad de Salamanca. Como ensayista ha publicado El poema envenenado (Pre-textos, 2008) y como poeta, su último libro es Interior metafísico con galletas (El Gaviero Ediciones, 2012).

    Tribuna
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