Moral y verdad: veinte años del Salón de Pasos Perdidos de Andrés Trapiello. Blogs de Tribuna

Moral y verdad: veinte años del 'Salón de Pasos Perdidos' de Andrés Trapiello

Acaba de aparecer 'Mundo es'(Pre-textos), la última entrega de los Diarios de Andrés Trapiello, 20 años y 21 volúmenes cobijados todos ellos bajo el título común de 'Salón de Pasos Perdidos'

Foto: Andrés Trapiello. (Efe)
Andrés Trapiello. (Efe)
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Acaba de aparecer 'Mundo es'(Pre-textos), el último volumen de los 'Diarios' de Andrés Trapiello, cobijados todos ellos bajo el título común de 'Salón de Pasos Perdidos'. Corresponde al año 2007. El primero, 'El gato encerrado', aparecido en 1990, correspondía al año 1987. Veinte años, pues. En su vida y en la nuestra, la de sus lectores. Y al fondo, un país, el de todos. Retazos del paisaje y de vidas, la suya, la de unos pocos amigos, la de algunos colegas, que no siempre son amigos, asoman a lo largo de las páginas de esta novela en marcha, que es como la presenta el autor cuando le emplazan a describir la naturaleza del producto, único en nuestra tradición literaria.

En el último volumen, uno de los mejores si a los mortales comunes nos estuviera concedido el talento -a lo que se ve reservado a los gastrónomos- de realizar comparaciones entre impresiones alejadas en el tiempo, el lector encontrará, urdidos con la prosa limpia habitual, que es también una medida de temperatura moral, los materiales de siempre: paseos, melancolías, libros viejos, hipocondrías, paseos por el campo, reflexiones sobre el oficio. Los distintos lectores, según sus peculiares humores, disfrutarán de unas cosas o de otras. Y hasta en algunas se impacientarán. En mi caso, si me permiten la recomendación, les invito a reservar un par de tardes a la maravillosa crónica del IV Congreso Internacional de la Lengua en Colombia. No se arrepentirán con las descripciones y cuitas de académicos y escritores, aborígenes e invitados. Eso sí, mejor en casa o en buena compañía, en complicidad. Que no está bien visto reírse en los lugares públicos.

'Mundo es'. (Pretextos)
'Mundo es'. (Pretextos)

Hay muchas maneras de abordar una obra de esa magnitud. Uno mismo los ha leído con distintas perspectivas, aunque solo sea por el paso del tiempo. Con todo, mi preferida, la que me resulta más iluminadora, es la que permite descubrir una mirada moral, la forja, si se quiere, de un carácter moral. Traté de lo en las líneas que siguen, aparecidas en Vidario (Pre-Textos, 2009), un volumen colectivo dedicado al Salón de Pasos Perdidos.

Como trenes en la noche

Hace unos años, en una conversación entre amigos en la que no faltaban los filósofos, ya tarde y agotados casi todos los temas, a uno le dio por ejercer el oficio en sus versiones más sombrías y remató la noche preguntando a quienes todavía quedábamos por allí qué esperábamos de la vida. Otro, por analítico o, quizá, por rebajar el funebrismo, precisó la pregunta y le puso plazo y hasta ciclo: qué esperábamos cada año. Ésta me la sabía: el Tour de Francia, la película de Woody Allen y los diarios de Trapiello. Incluso, en una deriva pedante muy propia del gremio cuando se reúne, improvisé un orden taxonómico con el que justificar mis caprichos y levanté el vuelo: era mi trato seguro con la épica, la comedia y la lírica.

Es posible que las opiniones avinadas sean las más auténticas pero eso no quita para que también puedan ser las más idiotas

Es posible que sea cierto aquello de que las opiniones avinadas sean las más auténticas, in vino veritas, ya se sabe, pero eso no quita para que también puedan ser las más idiotas. Pasado el tiempo y pensada algo más en serio la pregunta, se imponen algunas precisiones. La primera, que me refería al trato mediado con la épica, la comedia y la lírica, no al trato vital, por más que puedan entreverarse unas cosas y otras, la experiencia directa y la experiencia filtrada, según ha revelado el descubrimiento -reciente para los neurólogos, no tanto para los de la industria pornográfica- de las neuronas espejo, que, a lo que se ve, se iluminan en nuestro cerebro al mismo compás que se iluminan las de aquellos cuyas acciones contemplamos. La segunda, que la clasificación estaba lejos de resultar satisfactoria, de cumplir el requisito formal de exclusividad: sin ir más lejos, en los diarios había de todo, hasta épica. La última, que aquella opinión tenía su fecha de caducidad. Y es que ha pasado el tiempo y, también en esto, han llegado las decepciones: las películas de Allen han derivado en simples divertimientos no siempre bien resueltos y el Tour parece haber sustituido el heroísmo por la farmacología.

El único rito que ha permanecido intacto es el anual encuentro con el 'Salón de Pasos Perdidos'. En realidad, con los años y el progresivo aumento del número de páginas, la expectación ha ido creciendo, igual que sucedía en la infancia con los extras de verano y Navidad de los tebeos, que aseguraban una compañía más prolongada de las dichas y las ruinas de los personajes.

El alivio de leer

¿Qué hay en los diarios que me lleva cada año a esperarlos con impaciencia? Si los plazos fueran más cortos, diría que se desata una suerte de mecanismo pauloviano. Porque lo primero que uno experimenta mientras los lee es un alivio anímico y casi moral. Los malos humores se disipan, los desánimos se mitigan, los desamparos resultan más llevaderos e incluso, a ratos, la mirada del mundo se hace festiva. Sucede a veces con cierta literatura, la que más gusta revisitar. “Yo supe que a nadie salvan las palabras, y me salvaban, aun sabiéndolo” sistematiza Carlos Marzal en un poema en el que nos habla de otro poeta. Pero, claro, eso es lo que necesita explicarse, qué hay en los diarios, y en qué combinación, para que opere ese bálsamo de Fierabrás, que, como el del hidalgo de la Mancha, recompone los fragmentos cuando te “han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), con mucha sutileza antes que la sangre se yele”.

Melancolía, humor, tribulaciones, fantaseos, alguna frustración, arrepentimientos... Lo dicho: la urdimbre de la vida

Lo que hay está a la vista: un poco de todo, los mimbres de una vida, que unas veces se parece a la nuestra y otras no tanto. Hay ingredientes de diversa procedencia: paseos por la Cuesta de Moyano, visitas al Rastro y al Prado, la mujer propia y algunas otras fantaseadas, los viajes del escritor ambulante, la vida en Las Viñas, los amigos, algunos colegas, en un inventario de su autor. Y hay perspectivas: melancolía, humor, tribulaciones, fantaseos, alguna frustración, arrepentimientos acerca de lo ya hecho o de lo que debió hacer y no hizo. Lo dicho: la urdimbre de la vida.

Pero no nos confundamos, los diarios no son vida en directo, sino literatura, esto es, vida contada desde cierto punto de vista. Sentido. Sucede en toda narración. El mundo es disperso, pero se enhebra cuando se cuenta. El orden puede ser más o menos forzado, como en las malas novelas, pero resulta imprescindible. La peor película del mundo no puede dejar de encadenar lo que cuenta, por más desatinado que sea. Por eso su autor ajusticia al personaje que le incomoda.

Otro orden

Ahora bien, el orden del diario es de otra naturaleza. Allí no hay otra historia que contar que la de la vida y la vida es dispersa y sin propósito. Está llena de clavos en la pared en los que nadie llega a colgarse. No hay desenlace, sino, ya se sabe, pasar el rato. El diarista echa una conferencia y se encuentra con uno del que quizá no sepamos nunca nada más sin que ello nos inquiete. No cumple ninguna función en la trama aunque sí en la forja moral del diarista. Porque el anudamiento de los diarios no es otro que el de su protagonista, que vive y piensa la vida que le pasa. Y nos la cuenta. No es la vida que sirve de excusa a la literatura. Nada más ajeno a los diarios que la fatigada tarantela de la contraposición entre vida y arte. No se justifica la vida por la literatura, al modo de aquel Lautreamont -y tomo la cita de Trapiello- que proclamaba: “he sacrificado mis dichas y mis afectos más secretos, hasta la felicidad de algunos seres, ante cuya desgracia no he retrocedido, para escribir acerca de ellos lo que me causaba placer escribir. Con tal de escribir soy capaz de sacrificar el universo”. Ni tampoco esa otra forma de malditismo parasitario de uno mismo que se enloda en la vida por tener algo que contar. El personaje que aparece en los diarios no busca las rozaduras del mundo para exhibir las cicatrices. No es un titán que mata leones a puñetazos ni una suerte de Metternich del club de las almendritas saladas que se tutea con reyes y se pasea entre genios. Rozaduras, las inevitables.

Pero tampoco es la vida en directo. Es la vida meditada, con tensión moral y afán de verdad

Pero tampoco es la vida en directo. Es la vida meditada, con tensión moral y afán de verdad. Es espejo que refleja y sobre todo, que reflexiona. Sin que las asperezas del mundo acaben envileciendo el carácter. O que, al menos, lo procura. Con la misma disposición, digna y orgullosa, del Prometeo del joven Goethe frente a Zeus: “¿Imaginaste acaso, alguna vez, que yo habría de odiar la vida, huir al desierto, porque no maduran los sueños dorados?”. Eso sí, sin ceremonia ni estridencias. No es moralismo de púlpito, sentencioso y admonitorio, como el de Orwell que, según Cyril Connolly, “no podía sonarse los mocos sin moralizar sobre la industria de pañuelos”, ese moralismo muy del gusto de no pocos premios Nobel de literatura, los de verdad y los que posan como candidatos.

El sentido, la argamasa que unifica los diarios es una mirada moral cuya primera exigencia es la de veracidad. De verdad con uno mismo ante todo. Ni mentirse, ni hacerse trampas. Sin escamotear las debilidades, las fragilidades, las pequeñas mezquindades a las que nos plegamos y que nos desgastan. Es idiota y acaso inmoral pretender ser hombres de una pieza, pero no lo es aspirar a ponerse en orden, a ser mejores que nosotros mismos, a corregirnos. Como el arquero aristotélico que aspira a dotarse de coherencia y sentido, como el Goethe que el autor de los diarios nos recuerda en varias ocasiones diciendo aquello de que “cada paso ha de ser en sí mismo una meta, sin dejar de ser paso”. Frente a quienes, desnortados como vacas sin cencerro, se sumergen en la vida y se sueltan a sus corrientes y, para decirlo con las palabras de Trapiello, acaban con vidas moralmente deshilachadas, con vidas mal hechas, el personaje de los diarios busca restituir cierta consistencia moral al mundo sin que para ello tenga que asomar por debajo de la camisa el pijama con la S de Superman.

Tomarse en serio

La perspectiva moral se muestra también en ese modo particular de tomarse en serio que respiran las páginas del diario y que nada tiene que ver con la solemnidad. Tomarse en serio en arte no es una broma. En la ciencia no importa por prescindible. La verdad la tasa el mundo, que corrige y pone a cada cual en su lugar. En física hay una forma sencilla de sopesar los productos, de decantar el trigo de la paja: medir las ideas con la realidad. En el arte, después de la maldición de las vanguardias, los criterios son menos claros. En la plástica, sencillamente, no quedan. En las narraciones, atadas al elemental orden del contar, las cosas son un poco mejores. Pero no mucho. Tienta en cada elección dejarse vencer por las palabras despreocupándose de su sentido, la pirotecnia. Y claro, cuando el mundo nada nos dice acerca de la bondad de nuestro quehacer, nos lo tenemos que decir nosotros o nuestros amigos, los de la propia tribu. No por otra razón es un terreno abonado a las capillas, los ajustes de cuentas, el trasiego de vanidades, a la inseguridad. Es difícil saber qué vale uno cuando no se pisa suelo firme. Mientras en física no cabe hacer trampas, en el arte se convive permanentemente con ellas. Los timadores abundan, no porque esté en la naturaleza de los artistas, sino en la posibilidad del arte. Y si el mundo no puede tasar la autenticidad, al final lo que queda es el trato de uno con lo que hace. Un trato que no ofrece muchas alternativas. En realidad sólo dos: mentir y mentirse o tomarse en serio. Por supuesto, tomarse en serio no garantiza nada. Un imbécil puede tomarse en serio, sin que mejore su quehacer. Pero lo que también parece seguro es que nada podemos esperar de los que engañan o se engañan. Al cabo, ellos tampoco lo esperan. Ya que no la pone el mundo, la verdad en el arte ha de ponerla el creador. Desde otra esquina es una manera de llegar a la vieja idea de que no hay estética sin ética.

Nuestra identidad no tiene otro cimiento que esas continuidades asentadas en recuerdos recreados desde ahora y esperanzas, también de ahora

Hay, además, una circunstancia en la naturaleza del diario que favorece la continuidad moral en el punto de vista: su gestación impone, en cierto modo, la disposición reflexiva sobre la propia vida. Alguna vez su autor ha contado cómo corrige unos diarios mientras escribe otros. Corrige unos, escritos tiempo atrás, en los que habla de alguien que fue y, al final de día, da cuenta de su presente en otras páginas sobre las que un día volverá. Eso es, ni más ni menos, construir una identidad. No somos un yo esencial, inmune a nuestra biografía como las naciones de los nacionalistas. Somos una trama de recuerdos y anhelos, entre los que se incluyen, en primer lugar, la felicidad de los nuestros. No somos algo por detrás de lo que queremos y nos importa, y cuando queremos algo con alguien, de algún modo ese otro que se parece a nosotros, que comparte con nosotros querencias, precisamente porque somos lo que nos importa, también es nosotros, desde luego bastante más que aquel niño encaprichado de una bicicleta que alguna vez fuimos o el anciano aferrado a la vida que acaso lleguemos a ser, personajes con los que apenas compartimos nada, a lo sumo, unas pocas neuronas. Nuestra identidad no tiene otro cimiento que esas continuidades asentadas en recuerdos recreados desde ahora y esperanzas, también de ahora. Cuando ese proceso se acompaña de cierta autoconciencia crítica merodeamos la jurisdicción de la sabiduría. Esa es la inevitable revisión que parece acompañar a los diarios. Una continuidad, una trama, que, por decantación, sedimenta una identidad, que no es rocosa, sino conformada por un sinfín de modestas decisiones que, anudadas, van trazando norte. El caminar de Goethe.

Estas son las razones que, año tras año, me llevan a buscar el nuevo volumen del Salón de Pasos Perdidos, las que explican sus funciones terapéuticas. Unas cuantas peripecias que ofician como rodrigones en los que afincar una continuidad de sentido, una mirada moral que no es del todo la de uno, en la que a trechos se reconoce y en otros no, que incluso a veces disgusta, como se disgusta consigo mismo. No son moralejas o sentencias de calendario, sino una tonalidad que tiene su primera manifestación en la limpieza de la escritura, en una naturalidad que no es sencilla, pero tampoco entrenada, forzada o impostada. Una naturalidad que es la del arte que más me importa, que va de la vida pero que no se confunde con la vida, el que proporciona compañía y hasta consuelo, por más que uno nunca olvide que a “nadie salvan las palabras”.

Cuando trato de hacerle entender a algún amigo de qué van los diarios, más temprano que tarde acabo por echar mano de la secuencia de una película de uno de los más honestos directores de la Nouvelle vague, en la que uno de los personajes, alter ego de su autor, o al menos tan alter ego como el que se pasea por el Salón de Pasos Perdidos, le dice al otro: “Las películas son más armoniosas que la vida, Alphonse. No hay atascos en los films, no hay tiempos muertos. Las películas avanzan como los trenes, ¿comprendes?, como los trenes en la noche. Las gentes como tú, como yo, lo sabes bien, estamos hechas para ser felices en el trabajo... en nuestro trabajo de cine”.

Cuando en alguna parte Trapiello habla de “la prosa sin costuras de la vida” creo que no anda lejos de los trenes en la noche de Truffaut. A eso vuelve uno todos los años, a buscar en una mañana de san Silvestre en Las Viñas el principio de una inteligibilidad sobre la vida, que, qué le vamos a hacer, no es la de la vida, pocas veces tan hospitalaria como el Salón. A apuntalarse, a mejorarse.

Tribuna

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