Libros: ¿Es la cultura, estúpido? Por una alianza entre progres y chavs. Blogs de Tribuna

¿Es la cultura, estúpido? Por una alianza entre 'progres' y 'chavs'

Allí donde la derecha se ofende cuando se politiza la cultura, la izquierda suele hacerlo cuando se "culturiza" su política y debilita las energías revolucionarias

Foto: Cabalgata de reyes en Vallecas las pasadas Navidades. (EFE)
Cabalgata de reyes en Vallecas las pasadas Navidades. (EFE)

"No te lo perdonaré jamás, Carmena". Todos recordamos el tuit que la Marquesa de Casa Fuerte y patrona de las FAES, Cayetana Álvarez de Toledo, dedicó a la alcaldesa tras presenciar las presuntas profanaciones perpetradas en la Cabalgata de Reyes de 2017. Una polémica que se ha repetido este año con motivo de la participación por primera vez de una carroza LGTBI en un acto similar en Vallecas. Si evoco este asunto es por la curiosa palabra que usó el PP madrileño para expresar su indignación. Según el portavoz del grupo municipal, Carmena, autorizando esta cabalgata, seguía "en la línea que inició hace dos años y medio de desnaturalizar las Navidades".

"Desnaturalizar". Podríamos entender que esta "batallita cultural", como calificó un prolijo teórico movimientista es asunto menor. Cierto, algo secundario a tenor de los problemas apremiantes a los que se enfrenta el nuevo siglo, que no son, desde luego, esencialmente culturales. En esto, como recordaba Terry Eagleton, a la cultura le ha pasado como al sexo, que parece no tener punto medio. "Es ese tipo de fenómenos que para no subestimarlos solamente puedes sobrevalorarlos". Y, sin embargo, como el sexo, parece estar en boca de todo el mundo, aunque sea para subrayar su hartazgo.

De algún modo el PP acertó en el término: "desnaturalización". Lo que hacía la alcaldesa extremista era nada menos que politizar la cultura, se degeneraba su aspecto intocable, natural. Una inquietud muy a tono de estos tiempos, donde todo parece desnaturalizarse: la idea de España, las relaciones entre sexos, el uso de la palabra pública y las mediaciones que señalaban lo que era bueno, bello y verdadero y que ahora no interesan, según el grupo PRISA, a los millennials desafectos. De alguna forma la Cabalgata de Vallecas y la Cabalgata del Procés tienen algo en común con esa gran Cabalgata que es "la" cultura en crisis de la Transición española: visibilizan formas, modos de ser que hasta ahora eran invisibles o, mejor, muestran que, bajo la presunta naturalidad de ver determinadas cosas, se escondían otras invisibilizadas en el “consenso” de la normalidad: mujeres, catalanes, transexuales, otras expectativas generacionales...

Curiosamente, una vez que los valores hegemónicos se ponen en entredicho, esa Cultura deja de ser invisible; cuando dejamos de vivir en ella como peces en el agua, se revela como un campo de fuerzas extremadamente hipersensible. No parece lógico, por tanto, deducir, salvo que entendamos que estos fenómenos son irrelevantes, que vivimos tiempos poshegemónicos, en donde lo simbólico, lo cultural en un sentido amplio, no cumple ya funciones de legitimación o reproducción del sistema. Más bien parece que este necesita también, aunque no solo, dar y ganar la batalla del sentido, por no hablar, como Fernando Broncano ha señalado, de cómo la lógica del capitalismo tardío se despliega en gran medida a través de dispositivos culturales.

Ccuando dejamos de vivir en laCultura como peces en el agua, se revela como un campo de fuerzas extremadamente hipersensible

Hay algo, a grandes rasgos, que han tenido en común la derecha y ciertos sectores de la izquierda y que, aproximadamente y de forma grosera, irrumpe con fuerza a finales de los sesenta: allí donde la primera se ofende cuando se politiza la cultura, la segunda suele hacerlo cuando se "culturiza" su política y debilita las energías revolucionarias. El gesto cultural que "desnaturaliza" incomoda porque se sale de su function decorativa, de ese envoltorio de la política de verdad. Por eso fue tan importante en movimientos como la New Left británica, en sus diversas formas, frente al estalinismo y el laborismo socialdemócrata. En un mundo donde las cosas se ponían patas arriba y la realidad social parecía construir la casa por el tejado -¿cómo es posible que la gente se "suicide" votando a candidatos que van a recortar sus intereses económicos?-, ¿no había que empezar a dar más importancia a los techos, sin olvidar los cimientos? Stuart Hall nos mostró un camino distinto del retorno a la dureza tras extraer lecciones del thatcherismo y la llegada a EEUU de un presidente actor: la renovación de la Izquierda, sostenía Hall en los ochenta, no podía venir simplemente de pensar y actuar de la misma forma, “solo que insistiendo más, más duramente y con más convicción”. Por determinante que sea, necesitamos pensar mejor el suelo del malestar material para comprender cómo funciona el poder.

La inflexión del 68

Si he usado la periodización de los sesenta es porque los aprendizajes políticos del 68 fueron un punto de inflexión. Mayo no fue una revuelta revolucionaria ni política en un sentido tradicional, sino más bien extrañamente político-cultural. Para bien y para mal, como comprobamos cerca de su 40 aniversario. La "crítica cultural" fue muy sensible al problema del sufrimiento y los factores deshumanizadores del trabajo fordista, pero no es menos cierto que estas energías emancipadoras fueron cooptadas no por la izquierda clásica -apegada al modelo obrerista en parte-, sino por el discurso neoliberal de la formación permanente y el modelo empresa. Esto no quiere decir que bajo los adoquines nos esperaba inevitablemente Macron -veremos esta idea repetirse dentro de poco-, sino que el neoliberalismo triunfó a la hora de deshacer la posible alianza entre la crítica cultural y la crítica social, la sensibilidad y la justicia. Nancy Fraser ha dado en el clavo recientemente dando nombre a este bloque histórico siendo cronista de su crisis tras la era Trump: "neoliberalismo progresista".

Estamos en 2018. El paisaje es preocupante. Somos herederos de las luchas entre la alta y la baja cultura del siglo pasado, de los abusos de la izquierda cultural desde los sesenta -inflaciones culturalistas que, como se ha destacado hasta la saciedad han ayudado a desconectar políticamente la cultura de las clases populares, pero también de muchas felices conexiones entre críticas culturales y críticas sociales que parecen olvidarse. ¿Qué hacer? Estando de acuerdo en la necesidad de la autocrítica y de aprender del enemigo, ¿cómo hacerlo? Que la cultura es, antes que nada, promesa de igualdad nos lo mostró Gramsci al acercarse como un jorobado, que además era un subalterno sardo, a la vanguardia burguesa de Benedetto Croce. Lejos de quedarse en la crítica al "pijo", entendía que una genuina política cultural que aprende del enemigo pasa por no recordar a los "simples" que lo son, sino en permitirles también la opción de heredar la complejidad. En los padres que dieron la posibilidad a sus hijos de salir del barrio y tener una vida más digna y culta late una y otra vez esa promesa. Y esto pasa por aceptar el riesgo de desnaturalizarse y explorar posibilidades de traducción entre clases y públicos.

Sin embargo, si el giro culturalista creó un espantajo para consolidar su posición -el materialista grosero-, el riesgo hoy es doblar la vara hacia el otro lado y crear otra falsa proyección: la izquierda cultural blandita. Ya E. P. Thompson advertía del filisteísmo de izquierda que soportaba en una mano la bandera de la clase obrera y su orgullo mientras que con la otra depuraba discrepancias internas. Cierto, las aproximaciones a la cultura de masas de cierta izquierda cultural se politizaron solo al calor de un populismo kitsch y un individualismo cínico -la CT española es un buen ejemplo-, pero no podemos permitirnos el lujo de abandonar por el desagüe de la bañera al niño de la crítica cultural y sus energías utópicas con el agua sucia del esnobismo de los ochenta y noventa. Tampoco es justo, aparte de ponérselo uno muy fácil, inflar la importancia de la izquierda cultural, como si fuera la gran culpable de las derrotas. Una conclusión, por otro lado, nada materialista: si las ideas no tienen tanta fuerza, ¿qué sentido tiene cargar tanto las tintas en la traición de la crítica cultural? ¿Por qué ver esta, además, en un contexto históricamente tan antiintelectualista como el español, como un gigante cuando no es sino un irrelevante molino de viento? El narcisismo intelectual es una obviedad. La fijación en su critica, y con esa exagerada acritud sin ánimo constructivo, un síntoma. Y no olvidemos aquí cómo en EE.UU la batalla contra la corrección política fue impulsada por los sectores más reaccionarios.

Esta estrategia frente al fascista de turno es como la de esas pelis de Godzilla en la que los humanos inmunizan al monstruo al dispararle

La lucha electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump nos puso hace un año ante el espejo de la gigantomaquia gallinácea de nuestra época: un neoliberalismo progresista que construyó su bloque histórico coaptando desde la financiarización de la economía la crítica cultural de los sesenta, y un populismo reaccionario cuya indignación frente a los "progres" debe ser atentamente escuchada. Pero con matices importantes. Dos son los errores políticos que aquí pueden cometerse. Por una parte, crear un cordón inmunitario frente al enemigo populista. Si algo hemos comprobado es que esta estrategia frente al fascista de turno es parecida a la de esas pelis de Godzilla en la que los humanos inmunizan al monstruo mientras le disparan.

Por otra, creer que aprender de la derecha triunfante solo es mimetizarse con su poder de oposición, aceptando que sus fuerzas de reacción son intrínsecamente emancipadoras y no, por ejemplo, xenófobas y machistas; no ver, por tanto, en esta situación la oportunidad pedagógica, sí pedagógica, de una nueva alianza entre la crítica cultural y la crítica social, entre los y las 'progres' que no desprecian a los 'chavs' y los 'chavs' que no están tan lejos de los y las 'progres'. Por importante que sea el momento de antagonismo, la autocrítica no puede limitarse a depurar los posibles gérmenes desnaturalizadores y dejar de intentar construir alianzas más amplias. Cierto, esto requiere de tiempo y paciencia. Y exige superar cierta fascinación autocrítica de la izquierda por el populismo reaccionario en la que rezuma algo de alegría por el mal ajeno: "lo veis, culturetas, ¡hay que hablarles más claro y más duro!". Es imperativo que un populismo progresista haga algo más que colaborar con este resentimiento.

Al aprender de la derecha triunfante se acepta que sus fuerzas de reacción son emancipadoras y no, por ejemplo, xenófobas y machistas

En una entrevista de 2003 cuyos ecos hoy nos interpelan, Vázquez Montalbán, sensible a los efectos de la cultura de masas, señalaba a Julio Anguita que el límite de IU radicaba en que, en sectores socioculturales más críticos, fundamentalmente entre los profesionales, aparecía "como el ogro gramático que siempre está pegando broncas". Montalbán, que padeció en sus carnes el giro posmoderno y la crisis comunista, fue, sin pontificar, una figura cultural que se desnaturalizó por distintos mundos sin perder fuelle como cronista sentimental de su actualidad. Quizá su ejemplo nos sirva hoy para hablar y construir desde esos puentes que tanto nos hacen falta.

Este bloque histórico antineoliberal potencial es el que está perdiendo de vista a Podemos. Para ello no basta solo con apelar a situaciones límite, hablar más enérgicamente o erigirse en mero portavoz de las trincheras del malestar, sino también trabajar con las expectativas utópicas y los deseos individuales que fueron señalados hace cuarenta años. La victoria de la Santa Alianza reaccionaria no debe conducir a dar toda la razón a los que se les puso ronca la voz y prescindieron de la amabilidad, porque hoy son los reaccionarios los que siempre gritan más.

Tribuna

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
7 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios