Los ofendiditos amenazan la libertad del Carnaval de Cádiz. Blogs de Tribuna

Los ofendiditos amenazan la libertad del Carnaval de Cádiz

A vueltas con la censura de lo políticamente correcto

Foto: Un Puigdemont guillotinado en una chirigota. (EFE)
Un Puigdemont guillotinado en una chirigota. (EFE)

El Carnaval de Cádiz es un ecosistema cultural, de la misma forma que el Parque de Doñana es un ecosistema natural. Así como los cultivos de regadío intensivo junto al parque están desecando el humedal y amenazando la existencia de la marisma, la libertad creativa de las comparsas y chirigotas de Cádiz se encuentra amenaza por el ambiente de reacciones virulentas, ofensa inmediata y exigencias de rectificación que se multiplican a través de las redes sociales y los medios de comunicación. La poscensura, es decir, la censura horizontal activada por el coro permanente de pajilleros de la indignación armados de tiempo libre, piel fina y cuenta de Twitter, es la victoria permanente de doña Cuaresma sobre don Carnal.

En Cádiz todo el mundo entiende la idiosincrasia de las chirigotas. Saben que las agrupaciones se ríen hasta de su propia madre y que nada de lo que se diga o se haga durante el carnaval debe ser juzgado con severidad ni seriedad. De hecho, en esto se basa el carnaval. Incluso en el franquismo, tan gris y casullero, se entendía que este desahogo era una válvula de escape para el pueblo. Pero en la sociedad en red y en la España de la ley mordaza y los delitos de odio, las cosas han cambiado mucho. Todo se sabe de inmediato en todas partes y todo se descontextualiza. Todo hace prender la mecha.


Así es como llegamos a 2018 y a un carnaval gaditano acuciado por polémicas mojigatas. Es otra etapa en el camino por el valle de lágrimas que han abierto los llorones profesionales. ¿Primeros síntomas? En 2013 ocurrió que Alicia Ann Lynch, una chica de 22 años, se disfrazó de víctima del atentado del maratón de Boston. Su intención era divertirse en Halloween y no tenía intención de ofender a nadie. Confiada, subió la foto a Twitter. De inmediato fue linchada, insultada, tratada a patadas. Ese mismo día la despidieron del trabajo. ¿Un episodio extremo? No. En España, cinco años después, un chaval de 24 años usa el Photoshop para poner su cara en un Cristo y es multado con 480 euros tras la denuncia de la Hermandad de la Amargura. Bienvenidos al siglo XXI, el hermano tecnológico del siglo XV.

Es la victoria permanente de doña Cuaresma sobre don Carnal

Pero volvamos al Carnaval de Cádiz. Las protestas de los pajilleros de la indignación se han hecho tan pesadas este año que varias comparsas han lanzado pasodobles sobre el tema. Me impresionó la de Ángel Subiela, Los Prisioneros, donde los hombres iban disfrazados de pajaritos encerrados en una jaula: “Vaya por Dios, cachis en la mar, qué de alguaciles tiene ahora la moral”, se lamentaban. Vale la pena escuchar el pasodoble completo.

El carnaval enjaulado

Varios medios de comunicación han anunciado que este año el Carnaval de Cádiz está siendo más polémico que nunca. Hay que decir que esto es absolutamente falso, una torpe interpretación de la realidad. El Carnaval de Cádiz es como ha sido siempre, una fiesta para cantar en libertad, para denunciar, para ridiculizar, para caricaturizarlo todo. Que estallen polémicas no significa que algo sea polémico, sino que la gente tiene mucho tiempo libre. La diferencia este año es que, a través de las redes, distintos ejércitos de personas aquejadas de ofendiditis aguda han puesto el grito en el cielo por distintas cuestiones.

Las polémicas empezaron cuando la chirigota chiclanera La familia del verdugo hizo un número en el que se decapitaba a Carles Puigdemont, provocando un alud de protestas entre los fans del 'president' y amenazas de denuncias judiciales. Siguieron las protestas de los taurinos por el contenido crítico de otra chirigota, el requerimiento de la hija de Belén Esteban contra una agrupación que se mofó de ella, y mi favorita, la más absurda de todas: una comparsa que denunciaba la situación de los inmigrantes que cruzan el Estrecho y que fue acusada de racismo porque se pintaban la cara de negro (!!!!). En fin.


El veterano Ángel Subiela me dice por teléfono que esta nueva censura es “peor que la de Franco”, porque ahora “salen censores hasta de debajo de las piedras”. Y tiene toda la razón. La censura clásica, en comparación con la poscensura, es relativamente fácil de combatir. Se trata de deponer un régimen o de cambiar una legislación, pero cuando todos nosotros funcionamos como vigilantes, jueces y verdugos, esto no hay quien lo pare. Al contrario, parece que la presión popular facilitaría a cualquier legislador que vayan imponiéndose nuevas mordazas a distintos ámbitos de la expresión.

Subiela dice que la presión de los ofendiditos se siente a la hora de escribir, que es un asunto muy comentado en las agrupaciones. Dice que más de un compañero ha tenido que tirar a la basura un pasodoble por miedo a ofender a toda clase de colectivos, desde las feministas hasta los católicos, pasando por la policía o las autoridades políticas. En este sentido, la metáfora de los pajaritos enjaulados de su comparsa resulta perfecta. Porque el Carnaval de Cádiz es el canario que se lleva a las minas. Y nos está avisando con sus toses y sus protestas del escape de gas venenoso que ahoga la libertad de expresión.

Tribuna

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