Razón y tragedia: la superioridad moral de la izquierda

La izquierda, encerrada en su superioridad moral, ha producido históricamente una cascada interminable de divisiones, según afirma Ignacio Sánchez-Cuenca en su último libro

Foto: Pablo Iglesias, José Luis Rodríguez Zapatero y Alberto Garzón en un reciente acto de apoyo a Evo Morales en Madrid. (EFE)
Pablo Iglesias, José Luis Rodríguez Zapatero y Alberto Garzón en un reciente acto de apoyo a Evo Morales en Madrid. (EFE)

Un título así te puede hacer levantar del asiento o, si ya moras en el estado de abulia política, levantar la ceja. Ignacio Sánchez-Cuenca se ha atrevido a intitular así su último libro, 'La superioridad moral de la izquierda' (Lengua de Trapo/CTXT, 2018) que corresponde exactamente a la tesis que defiende: la izquierda tiene una superioridad moral sobre la derecha porque defiende ideales humanos mucho mejores que su adversario político. Sus valores tienen mayor sensibilidad hacia la injusticia y el sufrimiento humanos y por ello tiende a producir cambios en las sociedades que promuevan esos valores. La derecha, por el contrario, desconfía de los cambios y tiende a resistirse a cualquier transformación del estatus quo.

Ignacio Sánchez-Cuenca es, antes que nada, un reputado y profundo sociólogo de la política y, en segundo lugar, un polemista político que no suele tener recelo para embarcarse en polémicas públicas. Su libro 'La desfachatez intelectual' (2016) provocó un alud de airadas respuestas por parte de la Alta Iglesia intelectual de la Transición que predica en los medios de PRISA. Poca gente es capaz de pisar esos charcos. Ahora, entra en los territorios pantanosos de la creciente discusión sobre las políticas de izquierda en el contexto inmediato, que en buena parte han suscitado diversas intervenciones de El Confidencial. A nadie se le escapa que el debate político después del Brexit, Trump, Macron/Marine Le Pen y Ciudadanos/Podemos, está solo comenzando a desarrollarse. Y no solo por razones electorales sino, sobre todo, por razones históricas. Siglo XXI.

Expuesta la idea central del libro como enunciaba el primer párrafo, parece una superficialidad a la que cabría responder con un sí o un no cansinos dependiendo de los gustos del oyente o lector. El caso es que Sánchez-Cuenca extrae ricos minerales teóricos de esta veta aparentemente agotada. Porque es una hipótesis mucho más audaz de lo que parece. En primer lugar, porque implica una teoría de las ideologías bastante diferente a las más extendidas. Las ideologías, sostiene, son complejos de valores que permiten juzgar de forma emocionalmente sesgada las experiencias y hechos sociales. En segundo lugar, porque, una vez establecido, este primer punto plantea dos consecuencias que a primera vista uno diría que son contradictorias, pero que a segunda vista se explanan en una lectura audaz de los claroscuros de la historia de la izquierda: 1) si no somos relativistas, es correcto afirmar que la ideología de izquierdas es superior moralmente a la ideología de derechas; 2) la superioridad moral de la izquierda explica los grandes desastres y crímenes de la izquierda y su posible (o segura) inferioridad intelectual frente a la ideología de la derecha. Ahora ya es menos superficial la tesis, ¿verdad? Incluso el abúlico levanta las dos cejas.

'La superioridad moral de la izquierda'
'La superioridad moral de la izquierda'

Nada como una contradicción para estimular el apetito: ¿cómo se pueden afirmar estas dos tesis a la vez y no estar loco? El bolero que escribió Richard Dannenberg e hizo imprescindible Antonio Machín, da en el clavo de la estrategia del libro. División del trabajo político: entre el amor prohibido por la utopía y la compañía sagrada de la seguridad y estabilidad. Los problemas nacen cuando se desequilibran los amores. La izquierda, encerrada en la superioridad moral que tiene y de la que es consciente, históricamente ha producido una cascada interminable de divisiones (recuerda el viejo chiste: “¿Qué es un troskista? Un partido. ¿Qué son dos troskistas? Un partido y una corriente. ¿Qué son tres troskistas? Un partido, una corriente y una escisión”). La superioridad moral produce intolerancia. También produce, sostiene Sánchez-Cuenca, insensibilidad a todo lo que no sea el camino de la utopía. O sea, indiferencia a los medios con respecto al fin. Todo lo que la crítica moral ha denunciado como el gran pecado de la insolencia moral o intelectual: subordinación instrumental de los medios, que, de acuerdo con la mejor tradición crítica, está en la base de los grandes crímenes de la humanidad independientemente de que sean producto del fascismo o del comunismo.

Revoluciones y resistencias

Sánchez-Cuenca, con la distancia y equilibrio de gran sociólogo, indica las condiciones tan duras en las que la izquierda comunista tuvo que desarrollar sus políticas en tantas revoluciones y contra tan crueles resistencias y de ahí el callo en la sensibilidad al sufrimiento de los enemigos que desarrollaron los partidos comunistas. Ahora, ¿qué pasa en un mundo en el que esta experiencia histórica de crueldad común de fascismos y comunismos ya es parte de la experiencia común? Pues lo que ha pasado: la dificultad para convencer de la posibilidad de un futuro mejor y el triunfo del neoliberalismo, ante el que la izquierda se ha visto impotente para responder a sus sarcasmos. A cada reclamo moral se responde con una experiencia de las muchas de fracaso histórico de los experimentos socialistas.

La peor de todas las derrotas de la izquierda -sostiene Sánchez-Cuenca- ha sido la de la socialdemocracia

La peor de todas las derrotas de la izquierda -sostiene Sánchez-Cuenca- ha sido la de la socialdemocracia, que había supuesto el gran compromiso entre la superioridad moral y la conciencia intelectual del mundo real. La tesis del libro es que el gran tiempo de la socialdemocracia combinó la superioridad moral con una conciencia realista de qué puede ser transformado sin provocar peores daños. La socialdemocracia habría sido un histórico (y desgraciadamente fracasado) experimento de hacer compatible la sensibilidad a las injusticias y la sensibilidad a las estructuras reales de las sociedades. La avenida del neoliberalismo y la economía de la financiarización y globalización de la economía, reconoce, ha producido un nuevo contexto en el que la vieja socialdemocracia sustituyó su componente moral y comunitarista por una creciente sumisión a economistas y tecnócratas que eran absolutamente insensibles a los componentes morales de la izquierda y que terminaron comprando en su totalidad el lote del liberalismo. Amén. Me hubiera gustado escribir un libro como éste. Acuerdo casi total, que matizaré con unas breves observaciones.

La melancolía del límite

La primera nace del contexto en el que Sánchez-Cuenca sitúa con claridad sus tesis abstractas y filosóficas: la realidad española presente, sobre la que se lamenta del declive quizás irreversible de la socialdemocracia y se pregunta su hay esperanza en los nuevos movimientos que reinvindican las políticas socialdemócratas bajo nuevos formatos de acción política. Sostiene que esa esperanza será posible siempre que reconozcan que la insolencia moral de la superioridad moral de la izquierda produce ceguera hacia los hechos y estructuras de lo real, y que hay límites a la voluntad de transformación de los que deben ser conscientes. Bienvenidos, eso sí, porque han propuesto nuevos modos de conectar con las generaciones que habían perdido la confianza en el lenguaje mismo de la política. Sánchez-Cuenca observa, con perspicacia, que los nuevos movimientos están prometiendo en un gran ejercicio de melancolía, las viejas políticas socialdemócratas de establecer límites al capitalismo.
Que los nuevos movimientos han oído el mensaje lo prueba el que Íñigo Errejón prologue el libro y compre el paquete de diagnóstico moral y político, quizás con matices que no expresa en su texto. Dada la representatividad de Errejón de la nueva política, el punto es, entonces, si la tesis de Sánchez-Cuenca de la superioridad moral de la izquierda contrastada con la mayor sensibilidad intelectual de la derecha permitiría, bajo estas nuevas políticas de presentación (hegemonía, participación, transformación… ) una alternativa al fracaso de la socialdemocracia bajo el marco del neoliberalismo y la nueva economía globalizada. No puedo estar más de acuerdo en lo sustantivo.

Depende de cómo analicemos el tipo de sociedad en el que entramos, diagnosticaremos por qué la izquierda no ciega se equivocó

El debate que se está desarrollando, tanto en el ámbito de la izquierda española como en de la otra, la terráquea, tiene que ver con los adjetivos. Depende de cómo analicemos el tipo de sociedad y capitalismo en el que estamos entrando, así podremos desarrollar diagnósticos acerca de por qué la izquierda no ciega a los hechos ha podido equivocarse. La nueva izquierda, que nace de la revolución nunca terminada de mayo del 68, se fijó en otros elementos que la pura economía y abrió el espectro de desigualdades de género, raza, cultura, clase, .., al tiempo que estableció nuevos horizontes de lo que debe ser la política. ¿Cómo reunir a los subyugados bajo una única indignación moral contra la injusticia, cuando a veces las injusticias que son reconocidas por algunos grupos son ciegas a las injusticias que estos mismos grupos cometen respecto a otros subordinados? En filosofía política se denomina “post-fundacionalismo” al reconocimiento de que las democracias no pueden ya asentarse sobre suelos firmes de construcción de un sujeto político fuerte puesto que las tensiones que atraviesan la sociedad también lo hacen cuando un movimiento popular trata de transformar el estatus quo. La nueva izquierda, originada en la idea gramsciana de hegemonía, ha desarrollado un nuevo vocablo: “articulación” de las demandas de los plebeyos, a veces enfrentados entre sí, en una nueva forma de demanda social, superior moralmente: feminismos del 99%; dañados por la desigualdad del 99%; excluidos por los supremacismos culturales y raciales del 99%, …, un anillo para unirlos a todos.

Sánchez-Cuenca admite que la vieja idea de la socialdemocracia está en lo correcto en lo que respecta al viejo programa de transformaciones cuidadosas y reformistas, pero está equivocada en no haber entendido que el mundo moral, ideológico y vital de las nuevas generaciones bajo el neoliberalismo ha cambiado. Íñigo Errejón propone que la idea de hegemonía puede producir la articulación de demandas y critica que los críticos que plantean que hay que preservar viejos lemas y términos de la izquierda al final son una suerte de nuevos idealistas nominalistas que se agarran a términos consagrados, llenos de carga simbólica (“clase obrera”, “izquierda”,…) creyendo que las palabras cambian el mundo. Es bastante cierto este diagnóstico, aunque aún está por ver si los nuevos conceptos dan nombre a nuevas políticas o simplemente re-bautizan las viejas.

¿Es tan superior la izquierda?

La tesis central del libro, pues, sería que una nueva división del trabajo basada en la superioridad de la propuesta moral de la izquierda, sumada a la lucidez frente a los hechos de la derecha, presentada en nuevas modalidades de construcción de la democracia podría resolver los dos fracasos históricos del comunismo y la socialdemocracia. Yo plantearía dos matices a esta propuesta, desde un acuerdo general. En mi modesta opinión, me parece que la izquierda no es tan superior moralmente a la derecha. Aunque sus valores sean superiores, se le escapan otros componentes esenciales de la cultura, entre los que están los rituales, por ejemplo, en los que la izquierda es claramente inferior, cuando tantos antropólogos y sociólogos culturales han mostrado su importancia en la producción y reproducción social. Se le escapan también los elementos simbólicos. La izquierda ha tenido un problema permanente con los símbolos donde la gente deposita lo común. A veces canciones, a veces trapos que llamamos banderas, a veces gente que no son sino representaciones de los deseos colectivos. La izquierda ha sido muchas veces ciega a las formas indirectas, estéticas, en las que la gente deposita en ciertos símbolos y rituales sus deseos de otra forma de vivir. Y esa ceguera produce también sordera a las demandas que no siempre se hacen directamente. Como el llanto de los niños, a veces ciertas formas de expresión dicen algo distinto a lo que enuncian.

Es lamentable que un movimiento histórico que lleva tantos años de resistencia caiga en las prisas de las oportunidades inmediatas

En segundo lugar, no estoy tan seguro de que la izquierda sea tan inferior intelectualmente. Gracias a la izquierda, en sus múltiples acepciones, hemos descubierto, en una larga, dolorosa, experiencia histórica, los límites de la sociedad construida sobre las “manos ocultas” de la evolución y el mercado. Los bienes públicos y los bienes comunes, como fracasos de mercado, pero bienes en los que se juega la historia de la humanidad como especie, son el gran descubrimiento de la izquierda. De otras izquierdas que no son solamente la comunista o la socialdemócrata. Por supuesto la feminista y su reivindicación del cuidado. La ecologista y su reivindicación de la fraternidad con las generaciones futuras. La anarquista, en sus mejores acepciones no estigmatizadas, de la reivindicación de que la democracia radical y el apoyo mutuo caen o se sostienen juntos. El problema, de nuevo, es que tal vez las prisas en la toma del poder hayan dejado a un lado el trabajo serio, a medio y largo plazo, de hacer convincentes las propuestas de cambios y transformaciones realmente posibles, que exigen mucho detalle y cuidadoso planeamiento. Es lamentable que un movimiento histórico que lleva tantos años de resistencia caiga en las prisas de las oportunidades inmediatas, olvidando el enorme caudal de conocimientos y experiencias que han ido formando un patrimonio histórico de la humanidad acerca de sus propias miserias. La izquierda no tiene inferioridad intelectual respecto a la derecha. Tal vez, sea más vaga para ejercer sus aptitudes.

Tribuna
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