Paranoia calvinista: el terrible error de Keira Drake

Iba a estrenarse en el mundillo literario norteamericano con una novela adolescente, 'The Continent', y un contrato editorial muy lucrativo. Hasta que la censura la golpeó

Foto: Keira Drake, autora de 'The continent'
Keira Drake, autora de 'The continent'

El episodio que voy a contar podría parecer banal y menor si no fuera por el contexto y las ramificaciones. La escritora Keira Drake iba a estrenarse en el mundillo literario norteamericano con una novela adolescente que venía a lomos de un contrato editorial muy lucrativo. Lo poco que sé del contenido de su libro, 'The Continent', es que cuenta una historia fantasiosa sobre dos civilizaciones en guerra, y por lo visto una de ellas es identificable como negra.

La verdad es que no me importa lo más mínimo. El primer elemento clave de la historia es que la editorial es comercial, es decir, piensa más en las ventas que en una apuesta literaria por su contenido. Encargó lecturas para tantear las posibilidades de venta del libro y sondear al público. Es una práctica común entre editores que quieren asegurar la rentabilidad. En este circuito, el gusto mediocre del mercado de masas es el principal censor para cualquier escritor. Pero Keira Drake iba a enfrentarse a otra clase de censura previa.

Los primeros lectores del panel dieron el OK a la novela. Les entretenía. Pero entonces empezó la bola: algún lector alertó del intolerable racismo que habían encontrado en el planteamiento. Uno de ellos llegó a catalogar el libro de “basura racista”, así, tan finamente. Conocedora del grosor cuasi atómico de la piel del mercado norteamericano, que anda sumergido en la corrección política más profunda de la historia desde que Donald Trump ganó las elecciones, la editorial entregó el texto a los 'sensitivity readers'.

Es esta una profesión relativamente reciente y lucrativa, de la que ya hablé aquí, que ha alumbrado el auge de empresas dedicadas a parasitar la corrección política. Estas empresas se dedican a anticiparse a cualquier posible reacción histérica de la moral demócrata y sugieren cambios (de palabras, de personajes, de trama) para sortearlos. Resulta curioso que estas empresas cumplan la misma función que llevaban a cabo los funcionarios en España a partir de la Ley de Prensa de Manuel Fraga de 1966.

Censura previa

Como los 'sensitivity readers' de pago, los censores franquistas posteriores a esta ley de prensa 'aconsejaban' o 'desaconsejaban' publicar según qué libros, colocando la lente sobre según qué fragmentos. La censura previa servía, según la ley, para evitar a los artistas episodios desagradables. Templaba las obras de acuerdo con la moral políticamente correcta del franquismo y 'desaconsejaba' paternalmente pasajes que pudieran malinterpretarse y provocar malestar social. De manera que en Estados Unidos las editoriales han empezado a pagar por un servicio que cualquier Estado autoritario garantiza.

¿Qué ocurrió a continuación? Por supuesto, estos lectores especializados en suspicacia, estos censores previos de pago, encontraron muchas trazas reprobables y peligrosas en el texto de Drake. Paternal y condescendientemente recomendaron a la autora que cambiase algunas cosas y le advirtieron sobre el pecado que ella, en su ingenuidad, no había sabido encontrar en sí misma. Hay que decir que a estos 'sensitivity readers' les va la ganancia en encontrar pecados, así que es muy difícil salir del trance sin advertencias o amonestaciones. Si los 'sensitivity readers' dieran el visto bueno a muchos textos, perderían su lucrativo negocio.

La autora, ante las críticas, se asustó. Se miró al espejo 'sensitivity' que le habían puesto delante y, naturalmente, se vio fea y racista. Ha hecho declaraciones públicas y ha decidido cambiar su libro. Está convencida de que tiene que limpiarlo. Dócil, quiere obedecer al censor, no como táctica de supervivencia ante una opresión de su libertad creativa, sino porque se ha convencido a sí misma de que ese lector suspicaz y moralista tiene toda la razón.

¿Verdad o debate?

Debo aclarar algo. Los enfoques de género o raciales sobre obras literarias me parecen interesantes. Aportan lecturas que actualizan la forma de entender los clásicos, arrojan luz sobre determinados aspectos de la moral del autor y su época y, sobre todo, son material para la discusión, no verdades absolutas.

Por ejemplo, cuando Laura Freixas analiza cómo ha sido la recepción de 'Lolita' a lo largo de la historia, aporta elementos de juicio sobre una obra que está, ella misma lo admite, por encima de la posibilidad de ser prohibida. El problema viene cuando esta clase de análisis se arroga la potestad de analizar las obras antes de ser publicadas, cuando se convierte en una empresa que 'desaconseja' publicar ciertos pasajes que podrían herir la sensibilidad moral. Entonces estamos ante un nefasto caso de censura previa. Y esto es, exactamente, lo que está pasando en el circuito comercial de Estados Unidos. Para comprender el poder que ha adquirido esta moralina, solo hay que decir que J.K. Rowling, autora de 'Harry Potter', paga a la empresa Writing in the Margins para que 'limpie' sus textos de referencias potencialmente consideras racistas o sexistas.

J.K. Rowling, autora de 'Harry Potter', paga a una empresa para que 'limpie' sus textos de referencias potencialmente racistas o sexistas

Para terminar, aquí va mi apuesta final sobre el caso de Keira Drake. La novela políticamente corregida salió el 27 de marzo. La autora no va a poder evitar herir sensibilidades. Escriba lo que escriba, publique lo que publique, obedezca a quien obedezca, desde ahora está marcada. Nada queda libre de pecado en una solución química de susceptibilidad cultural.

¿Pruebas? Aquí van un par. A Leticia Dolera la bajaron un rato a pedradas de la efusión feminista por utilizar la expresión 'campo de nabos' en los Goya porque, según dijeron los suspicaces, aquello atentaba contra la dignidad de los transexuales. La película políticamente correcta 'Black Panther', protagonizada por superhéroes negros que viven en una república africana próspera e hipertecnológica, fue acusada de homofobia en una revista influyente porque entre sus personajes no había ningún gay.

¿Qué significan estas anécdotas? Algo que cualquiera que haya leído a 'Castellio contra Calvino' sabe: es imposible sortear la paranoia calvinista. Y Keira Drake lo descubrirá más pronto que tarde.

Tribuna

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