Primavera Sound 2018: Amaia y lo de siempre, en la gran burbuja del 'indie'

Nueva edición del festival más hipster de Europa

Foto: El público del Primavera Sound 2017. (EFE)
El público del Primavera Sound 2017. (EFE)
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Las hojas del calendario van cayendo, pero el Primavera Sound apenas cambia. Sigue nutriendo su cartel de viejas glorias del pop-rock anglosajón de los noventa —Spiritualized, The Breeders, Nick Cave—, divas de revistas de tendencias —Jane Birkin, Charlotte Gainsbourg, Likke Ly— y algún rapero malote para dar picante al guiso —A$AP Rocky, Madlib, Tyler, The Creator—. En la cabeza de cartel, encontramos a los rockeros Arctic Monkeys, presentando un disco que no ha convencido a casi nadie, ni siquiera a su propios fans (estamos ante la típica ida de olla de rockero millonario que se obsesiona con los ovnis y con demostrar su versatilidad musical cambiando las guitarras por el piano). Primavera Sound también apuesta por The National, posiblemente el grupo más blandito y bajonero de la historia del 'indie'.

La mayor estrella de este 2018 es Björk, que hace años se pasea por el mundo convertida en su propia caricatura (ocupando el mismo lugar como fetiche de 'buen gusto' que tenían las esculturas de Lladró para nuestras abuelas). Probablemente estemos ante el menú más insípido de la historia del festival barcelonés. Ninguna de las propuestas que acoge vive su mejor momento: más bien seguimos presa de la retromanía, esa inercia de convertir la música pop en un eterno ‘corta y pega’ del pasado, similar a los diseñadores de moda que utilizan estéticas retro para renovar sus colecciones y poder hacer caja cada temporada. El colmo seguramente sea Ariel Pink, artista estadounidense empeñado en repescar la música más tediosa y soporífera de la radiofórmula de los setenta y ochenta.

Ritual de lo habitual

Lo más apetecible, como siempre, es aquello que más se aleja de la línea oficial del festival, desde la curiosidad de poder ver a los clásicos Art Ensemble Of Chicago hasta la fuerza expresiva de Oumou Sangaré, pasando por lo que pueda dar de sí en directo el tributo de Delorean a Mikel Laboa (hay que señalar que el festival nunca llamó para actuar al legendario cantautor cuando vivía, seguramente por no ser suficientemente 'cool'). Edición tras edición, Primavera Sound rebaja su nivel artístico por la creciente pereza de los programadores o la menguante cultura musical que manejan. Alguna vez fue un festival que podía pasar por vivo y arriesgado, ahora más bien parece la versión hípster de ‘Qué tiempo tan feliz’, el espacio nostálgico de María Teresa Campos. Mejor dejar abierto el debate sobre si el interés se desplomó definitivamente hace siete, 10 o 13 años. En cualquier caso, demasiado tiempo.

El cartel, una vez más, se repite más que el ajo. No hablamos solo de la costumbre de incluir todos los años al grupo 'hardcore' Shellac y cerrar con DJ Coco, un 'pincha' del montón que remata el Primavera con sesiones ultraprevisibles, el equivalente hípster del Caribe Mix (sobre el papel, lo hace en plan broma, pero no vean la bajona de cerrar así un fin de semana de música).

Probablemente estemos ante el menú más insípido de la historia del festival barcelonés

Lo realmente triste es la presencia constante de los mismos 'discjockeys' (Koze, Four Tet, John Talabot), las mismas bandas 'indies' melancólicas y/o pseudoexperimentales (Panda Bear, Grizzly Bear, Deerhunter) y los mismos artistas que van cuesta abajo desde hace ocho temporadas, como mínimo (hablamos de Mogwai, Beach House, Mount Kimbie). La decisión más alegre y arriesgada de este año ha sido la inclusión a última hora de Amaia, un cebo pop para que los grandes medios tengan algo chispeante que comentar ante semejante día de la marmota 'indie'. En otras ediciones, este papel de rareza 'para dar que hablar' lo han cumplido Lluís Llach, Los Chichos y Buffy Sainte-Marie. Las supuestas gracietas irónicas siempre tienen más nivel que los grupos chic traídos a precio de caviar iraní de Londres, Nueva York y Los Ángeles.

Está claro que el certamen punk Viña Rock (Villarrobledo, Albacete) es el que más repite los artistas de su cartel año tras año. Hasta cierto punto, es lógico, ya que vive de propuestas nacionales. Seguramente, el criterio de festivales musicales modernos tipo Sónar, Benicàssim y Primavera Sound es igual de estrecho y mecánico, si tenemos en cuenta que ellos disponen de todo el planeta para escoger a sus artistas. ¿Cómo es posible, entonces, que se llene año tras año? Primero, porque siempre tienen más tirón los eventos culturales previsibles que los arriesgados. Segundo, porque el circuito de salas musicales está destruido —en parte, por culpa de estos festivales— y mucho público 'de provincias' solo dispone de esta opción para disfrutar de sus grupos preferidos. Y tercero, porque una gran parte del público es extranjero y el festival es un remate lúdico para su visita a la Ciudad Condal.

Primavera Sound 2018: Amaia y lo de siempre, en la gran burbuja del 'indie'

El columnista Alberto Olmos, firma de esta casa que destaca por su capacidad para hablar claro, lo explicaba crudamente hace unas semanas. “Yo he ido a unos cuantos festivales y siempre había el mismo cabeza de cartel: las drogas”. A diferencia de los primeros 10 años de Sónar, Primavera Sound y Benicàssim, lo que se espera ya de estas citas no es que te sorprendan, sino que cumplan el guion fijado de hacerte pasar los mismos 'buenos ratos' que el año anterior.

Sobredosis de publicidad

Como cada edición, el recinto estará saturado de acciones publicitarias, logotipos corporativos y escenarios patrocinados. Hace tiempo que las marcas 'cool' comprendieron que la experiencia cuenta tanto como la audiencia. En muchos sentidos, tener a 10.000 treintañeros extasiados ante tu logo, acompañados de su pareja y amigos, es la situación ideal para asociar tu marca a sensaciones placenteras. Pero, a fuerza de abusar, incluso esto ha entrado en decadencia.

Antes eran sitios donde había que estar, porque daban prestigio a tu marca. Ahora ya no son garantía de nada

Así lo explica un ejecutivo publicitario, habitual en los festivales desde finales de los noventa, que prefiere mantener el anonimato: “Antes eran sitios donde había que estar, porque daban prestigio a tu marca. Conectabas con lo que se llama ‘early adopters’, consumidores ávidos que tiran de los demás. Ahora ya no son garantía de nada. Como asistente, muchas veces pienso que tienen lo más cutre de la sensación de exclusividad y lo peor del aborregamiento. Estás constantemente metido en una masa de gente, viendo espacios vip exclusivos donde solo puedes entrar si pagas un pastón o eres sobrino de un ejecutivo de H&M, Heineken o Bacardi. Las acciones dentro del recinto cada vez son más chillonas, ya sea la cuadrilla de modernos que reparte chupitos Jägermeister o los chicos que te ofrecen transporte de la empresa Viaways en mitad de un pase acústico de 'neocountry'. Son interrupciones que deshacen la magia de la música y del momento”, lamenta. El año pasado, deambulaban por el Primavera Sound guaperas disfrazados de vigilantes de la playa para promocionar —en inglés— una película veraniega en las antípodas de la estética del festival.

Letizia, reina hípster

Los dos escenarios del fondo del Primavera Sound están tan alejados de la entrada que muchos de los asistentes españoles los han bautizado como Mordor, la tierra ignota y volcánica de la saga ‘El señor de los anillos’. Allí suelen desterrarse las propuestas más comerciales, en vastos espacios donde el sonido se diluye seriamente a partir del tercio más cercano al escenario. El recinto del festival, de 192.000 metros cuadrados, obliga a desplazamientos de hasta 15 minutos, que pueden terminar con tus ganas de disfrutar de la música antes de lo que sería deseable. También penaliza la irregular calidad de sonido, menos fiable cuanto mayor es el aforo del espacio. La falta de rigor puede llegar a amargarte el concierto que más ganas tenías de ver, como ocurrió con My Bloody Valentine en el escenario grande en 2013. Por decirlo en una frase: los festivales de música 'moderna' han dejado de ser sorprendentes para transformarse en autocomplacientes.

La directiva del Primavera Sound piensa en sí misma como rompedora y vanguardista, pero se ajusta tanto a su cliché cultural que Fundéu ha puesto una foto del director del certamen debajo de la voz 'hípster'. Por su parte, la web humorística ‘El Mundo Today’ se mofa de la pretensión transgresora del festival, incompatible con su carácter pijo. Destaca una reciente gracieta cuyo titular explica que “La reina Letizia lamenta que Valtònyc no vaya a estar este año en el Primavera Sound”. Lo clavan en uno de los párrafos interiores: “Doña Letizia considera que en un festival como el Primavera Sound ‘deben tener cabida propuestas distintas, provocadoras y antisistema, porque tiene que haber de todo y a veces los más rompedores son también los más interesantes’. Lamenta por lo tanto que las injurias a la Corona aparten al rapero del foco de la música actual”. Es un buen retrato del espíritu del festival, que ofrece más transgresión estética y anecdótica que sustancial.

“Demasiado caro para mis fans”

Llamar 'pijo' al festival no es una opinión, ni tampoco un insulto. Por ejemplo, este año forma parte del cartel Fermín Muguruza, que presenta un enérgico álbum en colaboración con The Suicide of Western Culture. Curiosamente, no ha sido programado dentro del recinto del festival, sino como parte de las actividades paralelas. Así lo explica el artista: “Al ofrecer un único concierto en Barcelona (aunque al final también hicimos un ensayo abierto en la Salamandra de L'Hospitalet), no podía hacerlo en un lugar donde muchos de mis seguidores o no tenían el dinero para pagar una entrada de ese precio (hasta 215 euros) o no querrían pagarla. Entonces, me ofrecieron tocar en el Raval de manera gratuita para el público, algo que me pareció excepcional”.

Si no llegamos al público joven, nos convertiremos en el festival de la OTI

La petición honra al artista y aceptarla es un acierto por parte del festival. Esto no puede mitigar la realidad de que Primavera Sound articula un contexto cultural donde grupos 'hardcore', metal o punk se convierten en inaccesibles para su propio público. Seguramente el mayor reproche que se puede hacer al festival no es su lamentable anglofilia, ni su esnobismo estético, ni su carácter de escaparate del capitalismo 'cool', sino haber colocado a muchos artistas íntegros y desafiantes (Shellac, Jesus Lizard, Swans, Scorn, Melvins, Lisabö…) en un contexto donde se les aparta de su público y se les convierte en guarnición del pop-rock hípster más mediocre del cambio de siglo.

Posdata

En una entrevista con el diario 'Ara', Gabi Ruiz —codirector del festival— explica así el momento que atraviesa Primavera Sound: “Si no llegamos al público joven, nos convertiremos en el festival de la OTI. No queremos ser un festival para gente mayor, sino para público joven. Creo que nuestros carteles son jóvenes, pero lo tenemos que saber comunicar. Por desgracia, con el público de España y Cataluña lo tendremos difícil, ya que aquí tienen un poder adquisitivo muy bajo”, lamenta. Su solución ha sido ofrecer descuentos a jóvenes y vecinos de Barcelona, pensando que eso puede atraerles. “No tiene sentido tener a un montón de viejos viendo a Bad Gyal”, explica.

El problema es que ese público joven puede disfrutar a Bad Gyal y otros artistas de 'trap' de modo mucho más barato a lo largo del año en diferentes salas de la ciudad. “El ayuntamiento nos ve como una cosa lejana. Los jóvenes, como algo de gente mayor”, reconoce. Habrá que dejar para otro artículo si la subvención de 150.000 euros que Primavera Sound recibe del Ayuntamiento de Barcelona tiene sentido, ya que se trata de un certamen cada vez más dirigido a extranjeros y maduritos solventes. “Vivimos en la burbuja de quienes tienen más de 40 años, consumimos, leemos y compramos vinilos, pero los demás no tienen un duro y les estamos dejando fuera”, afirma Ruiz. Una percepción totalmente acertada, que la mayoría de periodistas culturales no se han atrevido a formular.

Tribuna

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