Por qué Pablo Casado no entiende que la contracultura es su amiga

Confusión en el aniversario de Mayo del 68 sobre el legado de la contracultura. ¿Y si el nuevo líder del PP está más en sintonía con los antiguos hippies de lo que imagina?

Foto: Pablo Casado el día de su discurso contra el 68 (Facebook de Pablo Casado)
Pablo Casado el día de su discurso contra el 68 (Facebook de Pablo Casado)

El cincuenta cumpleaños de los levantamientos de Mayo del 68 ha dejado un triste balance en nuestro país. Me refiero a la impresión de que casi nadie comprende el legado de la contracultura. Por supuesto, hay excepciones, pero resultan insignificantes ante los numerosos malentendidos, que abarcan desde los discursos del líder derechista Pablo Casado hasta los arrebatos públicos del trapero Yung Beef.

Este embrollo se ve más claro cuanto más se atiende a los ejemplos. La reciente elección de Casado como líder del Partido Popular ha traído a la actualidad un vídeo de 2009 donde rechaza el legado sesentayochista, que describe en los siguientes términos: “Esa época donde los jóvenes de París destrozaban las calles porque se aburrían y porque querían implantar la sociedad socialista. Yo os quiero decir una cosa, a estas alturas del partido, desde el Partido Popular queremos cambiar este 68 por un 89 porque en el 1989 los jóvenes nos pusimos delante de un tanque en Tianamen parando al comunismo y con nuestras manos tiramos el Muro de Berlín”, sentenció. Mucho que analizar aquí.

¿Dónde está el problema en su razonamiento? Mayo del 68 fue tan profundamente anticomunista como el Partido Popular. Una de sus manifestaciones principales fue la Primavera de Praga, donde los jóvenes checos se rebelaron contra el dominio de los jerarcas de Moscú. Cierto que muchos insurrectos de París sentían una profunda admiración por el maoísmo, pero no tenía que ver con su ingrediente comunista, sino con la confianza del Gran Timonel en que las mutaciones sociales pasaban por dar el máximo poder a los elementos más radicales.

Mayo del 68 fue tan profundamente anticomunista como el Partido Popular

Lo que seducía a los sesentayochistas era la idea de una “joven guardia roja” legitimada para juzgar las desviaciones pequeñoburguesas de sus mayores, así como a cualquier figura de autoridad social. El resultado fue la traumática Revolución Cultural, uno de los episodios más turbulentos del siglo XX. El culto a las medidas extremas y purificadoras es lo que conecta aquella etapa de Mao con el actual fundamentalismo neoliberal. Piensen en los jovencísimos billonarios de Silicon Valley tratando de dinosaurios a premios Nobel que defienden la regulación bancaria, el seguro de desempleo o la sanidad gratuita universal.

Los Stones como fetiche anticomunista

La contracultura, en general, siempre fue anticomunista. Valga como ejemplo el cabreo de Mick Jagger, líder de los Rolling Stones, cuando veía banderas con la hoz y el martillo en las manifestaciones por la liberación de Angela Davis. De hecho, los conciertos de los Stones han servido en varios países para señalar el abandono definitivo del comunismo y la apertura a la inversión extranjera. Actuaron en Praga en 1990, en Moscú en 1998 , en Pekín en 2006 y en Cuba en 2016, por poner los ejemplos más emblemáticos. Se puede decir tranquilamente que las decenas de miles de rockeros españoles que piensan que los Stones son antisistema tampoco entienden la contracultura.

“Soy un suicida, follo y fumo hierba”

En las antípodas de Pablo Casado, el trapero granadino Yung Beef demostró su completo desconocimiento de lo que significa la contracultura en una charla reciente con dos compañeros de profesión, C. Tangana y Bad Gyal. “Soy un suicida, follo y fumo hierba”, exclamó sobreexcitado en el minuto cinco veintisiete del vídeo enlazado más abajo. La conversación versaba sobre si el capitalismo utiliza a los artistas de trap o son ellos los que se aprovechan del sistema (la última tesis era ingenuamente defendida por Yung Beef). Antes de valorar el intercambio, hay que decir que la escena parece un debate entre los modelos fashion pasados de rosca de la comedia ‘Zoolander’ (2001). El error de Yung Beef -como bien le recuerda C. Tangana- consiste en pensar que se puede ser antisistema cuando hablas en un sala patrocinada por Seat, vistiendo ropa que te ha regalado Lacoste y creyendo que distribuyes tu música sin intermediarios en la época de Google, Youtube y Spotify.

El error de Young Beef -como bien le recuerda C. Tangana- consiste en pensar que se puede ser antisistema cuando hablas en un sala patrocinada por Seat, vistiendo ropa que te ha regalado Lacoste

Hace tiempo que follar, fumar hierba y trabajar “a lo loco” no es incompatible con el capitalismo. El legado de la contracultura se traduce en brokers tatuados como Josef Ajram, altos ejecutivos de Teléfonica con aspecto de ‘sin techo’ y raves en las Vegas diseñadas para lubricar negocios de gigantes tecnológicos. El exhippie Jerry Rubin, reconvertido en ejecutivo de Wall Street, se lo explicaba con una frase rotunda a Daniel Cohn-Bendit, Dani “el rojo”, líder francés del movimiento estudiantil del 68. “Lo que tú no entiendes, Dani, es que en el 68 ganamos nosotros”. Se refería a quienes querían disolver todos los vínculo sociales (familia, sindicatos, religión…) para que reinase el individualismo narcisista.

Los que sí lo comprenden

Quienes mejor encarnan el espíritu contracultural en España son intelectuales prosistema como Antonio Escohotado, Sánchez Dragó, Gabriel Albiac y Luis Racionero

El mejor libro para asimilar la herencia de de la contracultura es ‘La conquista de lo cool’ (Alpha Decay, 2011), del periodista estadounidense Thomas Frank. Allí explica cómo el impulso iconoclasta de destruir las estructuras sociales era compartido tanto por la juventud occidental como por las grandes agencias de publicidad. Ambos sectores rechazaban cualquier límite en sus proyectos, en las relaciones cotidianas y en el placer. “Lo queremos todo y lo queremos ahora”, gritaba el grupo de rock The Doors, igual que podría haberlo dicho un niño mimado en unos grandes almacenes. Ya sabemos que cuando se suprimen los límites, ganan siempre los más fuertes. Más o menos esa es la historia de Occidente desde los años ochenta y su revolución turbocapitalista.

Por supuesto, los sesenta tuvieron un fuerte componente antimilitar, anticonsumista y antiautoritario. Los tres factores se fueron diluyendo, gracias a la flexibilidad del sistema. Los jóvenes universitarios estadounidenses, por ejemplo, rebajaron su furor antiibélico cuando el servicio militar dejó de ser obligatorio. El hippismo pasó de postura política a estilo de vida. El anticonsumismo se convirtió en consumo consciente o consumo premium, solo al alcance de los pijos, como explica David Brooks en su libro superventas ‘Bobos en el Paraíso. Ni hippies, ni yuppies: un retrato de la nueva clase triunfadora’ (Grijalbo, 2001). Los sesenta y setenta, sin duda, fueron un momento de brutal efervescencia cultural, tan potente que logro enmascarar la llegada de los primeros grandes reveses para las clases populares desde 1945.

En una estimulante encuesta del suplemento cultural Babelia, el artista y comisario Pedro G. Romero hacía la siguiente observación: “Lo interesante es observar la paradoja, anunciada por Gonzalo García Pelayo o Antonio Escohotado, de que la contracultura, o sea, los enemigos del comercio descarriados, no era más que la vanguardia del capitalismo, su renuevo, la forma que tenía lo financiero de colonizar nuevos territorios físicos y mentales”. Quienes mejor encarnan el espíritu contracultural en España son intelectuales prosistema como Antonio Escohotado, Sánchez Dragó, Gabriel Albiac y Luis Racionero. A pesar de algunas luces, Mayo del 68 y sus alrededores fueron el tráiler del sistema político dominante en nuestros días. Si necesitan un nombre, pueden probar con ‘anarcocapitalismo’.

Tribuna
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