El único colectivo que no respetan las guías de lenguaje respetuoso: los hablantes

Análisis de la guía de "neolengua" inclusiva publicada por el Ayuntamiento de Barcelona

Foto: Ilustración de la guía inclusiva del Ayuntamiento de Barcelona
Ilustración de la guía inclusiva del Ayuntamiento de Barcelona

Las guías de lenguaje respetuoso florecen en medio de la ola de calor, que es, por cierto, un fenómeno muy poco inclusivo: aparentemente nos tuesta a todos por igual pero sólo conseguirán descansar quienes puedan costearse un aire acondicionado. La última guía de neolengua la ha publicado el Ayuntamiento de Barcelona y la he leído con tesón. Es divertida como sólo el BOE puede llegar a serlo. Un compendio neurótico de palabras supuestamente ofensivas donde lo único que se veta es la naturalidad. Se propone a cambio una colección de meandros lingüísticos que nadie que no sea un político o un investigador de los epígonos de Foucault osaría repetir.

Hay una paradoja en todas estas guías: queriendo infundir respeto para “todxs” se convierten en una ofensa contra el común de los hablantes. Vienen siempre redactadas con esa actitud pasivo-agresiva tan arraigada en los movimientos de estudiantes de Harvard en defensa del niño pobre, y “animan” a todo el mundo a cambiar su forma de hablar mientras deslizan que, de seguir hablando como antes, se participará en el sorteo de unas cuantas etiquetas odiosas. Me llama la atención que la misma gente que tanto critica la condescendencia le suelte al hablante que, aunque igual no se ha percatado, habla como un puto troglodita.

La sintaxis

El lenguaje y la sintaxis con la que está redactada hace saltar la primera señal de alarma: “Una comunicación libre de estereotipos y prejuicios y que sea respetuosa con los colectivos oprimidos y/o vulnerabilizados es esencial para una buena convivencia. Es importante tener presente la manera como las personas queremos ser nombradas y escucharnos”. Sic. Yo, que me gano la vida comunicando, había creído siempre que la mejor forma de respetar al lector es emplear una comunicación bella y directa, pero bueno.

Un compendio neurótico de palabras supuestamente ofensivas donde lo único que se veta es la naturalidad

Ellos lo ven de otra forma: “Reflejar esta diversidad también en el lenguaje nos ayudará a construir un mundo más justo e igualitario. ¡Te ayudamos a hacerlo!” Ignoran que la diversidad se refleja siempre en el lenguaje, porque el lenguaje sirve para describir lo visible y lo invisible. Referirse a los inmigrantes con epítetos insultantes, como panchito, es una forma de expresar que uno tiene pavor a la diversidad, y por tanto está expresando la diversidad: los xenófobos existen y sería mejor que no se ocultaran, para evitar sorpresas. Pero lo más apasionante es la colección de contradicciones.

Por ejemplo: no consideran correcto decir que vamos a comprar al “paki” o al “chino”, sino a “la tienda”. Nos decían que querían mostrar la diversidad pero, en lo que se refiere al comercio minorista, nos animan a eliminar la cultura del vendedor de la ecuación. Ni “paquistaní” ni “chino” son expresiones peyorativas, y además muestran la diversidad, pero en este caso no se deben emplear. ¿Por qué? Sencillamente: porque son las que usamos. Por eso nos animan también a dejar de usar frases hechas como “trabajar como un negro”, que eliminaría del lenguaje coloquial el hecho de que los negros fueron esclavizados.

La unión de la lingüística y las teorías interseccionales provocan en unos líos fenomenales. Nos explican por ejemplo que, dado que la migración es un fenómeno que termina, a la persona que vive fuera del país en que nació hay que llamarla “migrante”. Ajá. ¿Pero no acaba el proceso? ¿Por qué sigue siendo “migrante” si el proceso ha terminado? ¿Por qué no “inmigrante”, expresión que denota que nació en otra parte? En la misma página vuelven a poner dinamita en su propia coherencia: en un fragmento nos dicen que usamos expresiones racistas sin saberlo, y en el siguiente que no hay que generalizar. Así todo.

Los xenófobos existen y sería mejor que no se ocultaran, para evitar sorpresas

En el apartado típico de la corrección política, que consiste en negar que existen los problemas, no se conforman con negarles a los minusválidos su dificultad para subir rampas o distinguir los colores. Van más allá y vetan un concepto peyorativo que describe, concretamente, una lacra de la humanidad: el terrorismo islamista. Dicen que no es correcto emplear esta expresión ni “terrorismo yihadista”, sino que hay que nombrar a los grupos terroristas concretos: Daesh, Boko Haram, etc. Es decir: consideran que no hay que hablar del fenómeno sino de los casos. Como si para hablar de la corrupción del PP siguiéramos las recomendaciones de Esperanza Aguirre, vaya.

Pero no sólo las palabras hieren, según estos genios: también los gestos. En el apartado de comunicación no verbal nos animan a no hablar a los discapacitados intelectuales con un tono de voz distinto al que emplearíamos para hablar con un directivo de Endesa. Es decir: nos animan a que no hablemos a los síndromes de Down con el tono de voz musical e infantil que emplean para referirse a nosotros en la guía.

En fin. George Carlin se mofaba de la catarata de eufemismos que azotaban los Estados Unidos en los años 80 y 90. Nos recordaba que Jesucristo, que no pasó a la historia por ser un nazi, se refería a los tullidos como tullidos, y que la palabra describía con precisión y rotundidad a quienes eran incapaces de subir escaleras o agarrar un cuenco lleno de vino. Carlin reflexionaba sobre la duración de las palabras y nos alertaba de que, quien quiere mentir, siempre las alarga innecesariamente. En la guía de Colau encontramos algunos ejemplos como este: no hay que decir “esquizofrénico”, por ejemplo, sino “persona que tiene un diagnóstico de esquizofrenia”.

Las sílabas extra las paga el contribuyente. O la persona que contribuye con sus impuestos a las arcas públicas, perdón.

Tribuna
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