Catástrofe en el aula: ¿qué están haciendo las nuevas tecnologías a nuestros hijos?

El profesor Andreu Navarra, autor del demoledor 'Devaluación continua" (Tusquets) prosigue en este artículo su disección de la crisis del sistema educativo español

Foto: Alumnos de un colegio de Teruel dando clases con ordenadores (EFE)
Alumnos de un colegio de Teruel dando clases con ordenadores (EFE)

Ocurrió hace cierto tiempo. Eran las ocho de la mañana. Explicaba a mi alumnado de segundo de ESO los mecanismos de formación de palabras. Pedí a un compañero que me encendiera la pantalla digital. Pero, por más que lo intentamos, no conseguimos activar la aplicación 'Whiteboard'. Al final tomé una tradicional tiza y escribí con ella, en la tradicional pizarra verde, nuestros ejemplos de lexemas y morfemas. En la siguiente clase, que debía versar sobre los elementos de la comunicación, el ordenador-pantalla tampoco nos sirvió de mucho, ya que empezó a bajar actualizaciones y así se pasó varias horas, con la pantalla azul e indicando un lento porcentaje, sin poder servirnos para nada, más que aconsejarnos que no apagáramos el aparato.

Luego me tocaba una guardia, vigilar un pasillo desde una silla. Escuché una sesión de historia: los alumnos debían conectarse a una web y escuchar y ver, cada uno en su portátil, unos vídeos sobre la Europa napoleónica. Sin embargo, por alguna extraña razón, los videos no se abrían, y la cosa terminó convertida en una clase “magistral” improvisada. Durante la segunda media hora de la guardia, me tocaba sustituir a una compañera en una clase de ciencias, porque el profe se había resfriado. La tarea consistía en ir resumiendo el primer tema de un libro de texto. En realidad, las chicas y los chicos iban copiando la teoría. No había modo de convencerles de que un resumen no era una copia, aun así deseaban trabajar y siguieron copiando como hormiguitas. En el ala derecha de la clase, unas chicas se desesperan: sus archivos son “de sólo lectura” y no pueden avanzar. Hacia el centro, un compañero se pone a llorar: no ha traído su portátil y no sabe qué hacer. Se calma un poco cuando le indico que puede empezar su resumen en una tradicional libreta.

["Muchos alumnos no pueden entender un texto de cuatro líneas"]

A continuación, otro percance: la señal wi-fi viene y se va: y, como es intermitente, hay que reiniciar la sesión cada treinta segundos y las alumnas más aplicadas se mosquean porque no pueden avanzar. Hacia el fondo, hay unos chicos muy nerviosos: a sus portátiles no les queda mucha batería, y a continuación les toca Visual y Plástica, en un aula que carece de enchufes, y la profesora les pone mala nota si traen los ordenadores descargados. En cambio, el chico que lloraba se ha colgado un cartabón del flequillo, ya está más contento.

Acaba la hora y me doy cuenta de que nadie ha aprendido gran cosa sobre la polinización, como tampoco los adolescentes anteriores han aprendido gran cosa sobre Napoleón, porque, en el fondo, tanto los alumnos como los profesores, en realidad, en lugar de acceder inmediatamente a los contenidos para integrarlos y debatirlos, sin intermediarios, directamente bebiendo de la materia, hemos tenido que ejercer como de enfermeros de trastitos que no funcionaban.

Los malvados profesores

Esta mañana que acabo de describir coincidió con una conversación que mantuve con un profesor de física y robótica, que había conseguido sacar adelante un aula de innovación tecnológica en un centro público de Madrid. Me explicaba este venerable profesor, veterano de mil luchas, cómo había tenido que pagar de su propio bolsillo los primeros ordenadores de su unidad tecnológica. Yo no podía creérmelo, pero me aseguraba que los inicios habían sido tal y como me los había descrito. La conversación versaba sobre un odioso artículo de prensa, en el que se acusaba al profesorado español de no tener suficiente “formación” y de no “orientar” suficientemente al alumnado para que tomara caminos profesionales relacionados con la ingeniería y la ciencia.

Total, que éramos todos unos perfectos zotes, y que practicábamos unas pedagogías sádicas y antihumanas, arcaicas como nosotros mismos, con las que torturábamos a los jóvenes compatriotas.

Llegó un día donde fue el ministro mismo de educación quien lanzó una acusación idéntica. Y tuve que darle la razón: porque yo, Excelencia, me saqué el Doctorado en una tómbola, y me consta que el Máster de todas mis compañeras fue obtenido mediante una partida de dardos, en cualquier bar. Pero no: todo el mundo sabe perfectamente por qué faltan tantos matemáticos e ingenieros en nuestro país: porque son muy pocos los que se enfrentan a la corriente facilista de la época, para emprender un camino de autodisciplina y estudio, y sobre todo porque nuestro desastroso sistema educativo no proporciona suficientes conocimientos a nuestros jóvenes para que superen el primer año de una carrera.

A pesar de las calumnias que vierten cada día sobre los profesores los políticos y algunos periódicos, hay profesoras y profesores heroicos

La anécdota del profesor que pagó los ordenadores para sus alumnos de su propio bolsillo me conduce a dos conclusiones claras: en primer lugar, demuestra que en nuestro país, a pesar de las calumnias que vierten cada día sobre los profesores los políticos y algunos periódicos, contamos con profesoras y profesores heroicos. El gesto de ese viejo profesor audaz de Física y Matemáticas me recordó a aquel otro de Gregorio Marañón, quien, ya harto de practicar la cirugía con perros muertos sobre sillas, pagó un hospital para la ciudad de Madrid de su propio bolsillo. Ante la atonía y la negligencia garrafal de nuestros políticos, tienen que ser los profes los que aporten algún rayo de luz.

Y en segundo lugar, ¿no es como triste que un profesor empeñado en traer la Robótica a un barrio humilde tenga que pagarse el equipo de su propio bolsillo? ¿No es esta historia una muestra más de la precariedad y la falta de recursos con que ha de lidiar nuestra enseñanza secundaria?

Al inicio de este artículo mío he narrado un caso real de una mañana real, pero también es verdad que hubiera podido escoger mil y un casos de éxito tecnológico, decenas y cientos de momentos felices en los que las nuevas tecnologías han servido para que nuestro alumnado aprendiera algo. Ahora bien, ¿hemos reflexionado a fondo sobre el uso de las tecnologías en el aula? ¿Qué opinamos, por ejemplo, sobre el hecho de que datos sobre evaluación de nuestros jóvenes queden en manos de grandes corporaciones norteamericanas? ¿Estamos realmente aplicando herramientas digitales para que nuestras alumnas y alumnos aprendan más, o nos obligamos a utilizar estas herramientas sin tener garantías de que generen un avance real?

¿Por qué siempre relacionamos la tecnología con los videojuegos y los aspectos más anodinos de la cultura del ocio? ¿Acaso no puede ser profunda y digna una cultura tecnológica que nos predisponga a salir de la atonía mental y nos permita comportarnos como un país avanzado, capaz de exportar empresas y pensamiento, creatividad y deseo de superación? La tecnología no es sólo gamificación y banalización de la enseñanza: lo que ocurre es que no nos atrevemos a imaginar un futuro viable para nuestra comunidad, y preferimos que continúe hundida en los monocultivos del turismo y del ladrillo, exactamente igual que en 1960.

La ambición y las migajas

Y no me hablen del signo de los tiempos. En este país falta ambición, y nos autoinoculamos las migajas del mundo tecnológico. Mientras en el mundo anglosajón están de vuelta ya sobre un gran número de paparruchas pseudopedagógicas, cuando allí ya se han dado cuenta de la increíble equivocación que supone reproducir los nuevos hábitos de consumo en el aula, y tratan de arreglar el entuerto, poniendo al conocimiento otra vez en el centro de la discusión académica, y no la eterna y hueca discusión trufada de tópicos sobre las competencias y las gamificaciones, cuando en muchos países avanzados desandan lo andado y se enfrentan con honradez a problemas análogos a los nuestros, nosotros abrazamos las equivocaciones y nos lanzamos a educar a través de móviles, videojuegos, aparatitos y banalización.

No, Excelencias: el signo de los tiempos no consiste en hacer ver que somos muy modernos intentando sacar partido a ordenadores que parecen la Máquina Enigma. Nuestro país debería empezar a reflexionar sobre cómo estimula, sostiene y retiene las vocaciones científicas, cómo reintroduce la cultura del esfuerzo en nuestro entorno, cómo funda centros de investigación avanzada y dedica una división de cada una de esas nuevas instituciones a la recepción de visitantes adolescentes. ¿Por qué este país ha de permanecer anclado para siempre en la rutina? ¿Por qué nos da miedo formar ingenieros, astrofísicos, médicos? ¿Por qué pensamos que el conocimiento es elitista, cuando el único clasismo verdadero consiste en impedir que se despliegue una auténtica modernidad entre nosotros, de la que todos podamos disfrutar.

Excelencias: es un insulto que ustedes digan que los profesores no orientan al alumnado

Excelencias: es un insulto que ustedes digan que los profesores no orientan al alumnado. ¿Acaso no saben que en todos los centros públicos hay departamentos de orientación, y que existen profesoras, como algunas que conozco, que desde el primer minuto de la primera clase de primero de ESO tratan de averiguar cuáles son los talentos y las vocaciones de cada joven? ¿De verdad se creen que nuestro profesorado se pasa seis años de escolarización sin interesarse por el destino de sus alumnos? ¿Qué clase de gentuza se creen ustedes que somos los profesores?

Menos insultos, menos cinismo, menos privatizaciones y trivialidad y más recursos para avanzar en todos los frentes. La tecnología puede ser una cultura de la ilusión y la construcción de nuevas sociedades. La que estamos dejando a nuestra juventud deja mucho que desear. Solo es garantía de miseria y cortedad. Dejemos, por lo tanto, por lo menos, que ellos puedan desarrollarse sin estar hacinados en clases repletas, sin el equipo adecuado, sin insultarlos a diario con pedagogías degradantes, que les niegan el derecho a ser autónomos e inteligentes.

Tribuna
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