Dos vidas ejemplares: Plácido y el húngaro feroz

Este artículo va de virtudes públicas, de vicios privados y del abismo que impide la comunidad de esos dos polos que son el norte y el sur de todos los individuos humanos

Foto: Plácido Domingo, en una actuación en Moscú. (EFE)
Plácido Domingo, en una actuación en Moscú. (EFE)

Este artículo va de virtudes públicas (ciertas), de vicios privados (pendientes de acreditación) y del abismo que afortunadamente impide la comunidad de esos dos polos, que son el norte y el sur de todos los individuos humanos.

El pretexto de este artículo —ya lo habrán adivinado— es el tenor español Plácido Domingo, denunciado por acoso sexual por varias compañeras (subordinadas) de trabajo. Las acusaciones, si manejamos el factor espacial, tenían más probabilidades de fructificar al otro lado del Atlántico que en el continente europeo (donde las reglas del juego democrático aguantan algo mejor la ira de los obsesos que se dedican a oler compulsivamente la verdad): las mujeres del MeToo, lo quieran o no, son hermanas del presidente del país de las barras y las estrellas, del mar donde está la peana de la Estatua de la Libertad, el mismo país en que se encendían las hogueras que abrasaban a las brujas y también la calle en la que un individuo devora una hamburguesa mientras camina con un fusil de asalto al hombro. 'America First!'. Sí, 'America First', el refugio hasta hace poco de los parias del mundo y también el emporio de la sociedad del espectáculo, que hoy constituye para muchos la sociedad del conocimiento.

A demasiados hombres y mujeres les gustan más las salpicaduras de la trituradora de la dignidad personal que reflexionar sobre la necesidad de que los ciudadanos estemos protegidos por garantías jurídicas. No son pocos los que opinan que esas garantías son nada más que una bagatela que sirve de coartada a quienes tienen algo que ocultar. La emoción a 40 grados que inflama la mente de los numerosos fanáticos que pululan por la aldea global les conduce a mezclar dos planos de la realidad que siempre deberían permanecer separados.

La vida pública de las personas es diáfana por su misma naturaleza. La vida privada, por el contrario, pertenece a la intimidad de cada sujeto, salvo si su titular agrede los derechos de los demás, en cuyo caso será legítimo que esa esfera privada se someta a las pesquisas policiales o judiciales establecidas por las leyes. En cualquier caso, los defectos de la vida privada no menoscaban las verdades públicas. La fórmula E=MC2 no ha sido derogada ni por el desprecio que Albert Einstein sentía hacia su esposa ni por la indiferencia moral y falta de cuidados con los que el genial físico del Ulm dejó expósitos a sus hijos.

Creo que el supuesto 'affaire Domingo' ha de enfocarse desde una perspectiva muy distinta de la que ofrece la 'atalaya moral' en la que dicta sus condenas inapelables el tribunal del MeToo. Cualquier espectador neutral (y aquí neutralidad no significa tibieza o indiferencia sino compromiso con los derechos fundamentales de todos) sabe que Plácido Domingo ha caído de su pedestal empujado por su propio éxito. Otro (no famoso), en idéntica situación, habría pasado inadvertido por su anonimato social.

Plácido Domingo, en una actuación en Moscú. (Reuters)
Plácido Domingo, en una actuación en Moscú. (Reuters)

El caso de Plácido es muy distinto. Su prestigio internacional le ha dejado a los pies de los caballos. No solo es más vulnerable que la gente del común al descrédito social. Con independencia de la eventualidad de la imposición de un castigo jurídico (como todos los mortales), a Plácido se le ha sometido al 'trágala' de la expiación de su culpa (extrajurídica y moral) y al pago del precio (asimismo extrajurídico y moral) asociado a unas 'intimidaciones' sexuales no juzgadas por los tribunales. Plácido es reo de la pena infamante de exhibición, como un monigote de feria, en la plaza de la verbena mediática en horario 'prime time'.

Eso constituye solo el primer plato del menú. El segundo es el arbitrario efecto 'rebote' que despliegan sus desórdenes privados —según afirman las denunciantes— sobre su actividad profesional. El daño emergente por la pérdida de contratos y su expulsión de algunas instituciones musicales de relieve. Y el lucro cesante al decaer sus hasta ahora altas e indefinidas expectativas en el reducido círculo de los héroes del 'bel canto'.

Sin embargo, la confusión de planos no es un fenómeno reciente. Ni para Plácido ni para nadie. La historia nunca la han contado ni los vencedores ni los vencidos, sino un indiscreto ayuda de cámara. El mayordomo actual es un ente colectivo y su voz —la difusión de la intimidad de los protagonistas de la sociedad del espectáculo— no tiene límites.

En tiempos más o menos remotos —y dejando aparte la vida de la bohemia—, la expulsión del artista de la sociedad respetable (y la simultánea censura de su obra) era la pena que imponía la comunidad a las ideas políticas del desterrado (y, en su caso, a su actividad militante). No se consideraban aceptables los agravios inferidos a los individuos y grupos marginales (los negros, los judíos…). Por supuesto que los ataques a la libertad, la igualdad y la dignidad de cualquier humano son inaceptables 'per se'. A lo que me refiero es a su 'efecto contagioso' sobre las manifestaciones culturales del malhechor. También era un estigma para apreciar su talento público la colaboración del artista con los invasores de la patria (el paradigma ideal fue la Francia ocupada por los ejércitos de la esvástica). La relación de apestados sociales sería interminable: Martin Heidegger, Luis-Ferdinand Celine, Ezra Pound, Knut Hamsun

En la actualidad, los artistas que enferman de lepra social son los varones descalificados como monstruos que abusan sexualmente de criaturas indefensas, como las mujeres o los jovencitos gais. En dicho ecosistema, el recién llegado Plácido comparte celda mediática con Woody Allen (al parecer, las 'Balas sobre Brodway' no eran de fogueo), Morgan Freeman, Kevin Spacey y Jian Ghomeshi (acompañado por su 'cómplice' Ian Buruma). Ninguno de ellos ha sido condenado por la Justicia, pero todos, sin excepción, han perdido su empleo o, al menos, gran parte de sus ingresos y, por supuesto, el honor y la estima social.

Los 'empapelados' que acabo de citar han sido malos alumnos de un precursor ilustre. Comparados con ese Barrabás, Plácido y sus socios de desgracia son personajes de un anuncio de Norit. El maestro se llamaba Arthur Kostler (1905-1983). Fue un escritor y activista político nacido en Budapest, comunista primero y antiestalinista después y, en privado y en la cama, un macho alfa que no respetaba, ni mucho ni poco, a las mujeres. Koestler, al que Tony Judt (1948-2010) denominó “el intelectual ejemplar”, fue un ensayista y novelista prolífico y versátil. Fue el primero en desenmascarar el sistema soviético en 'El cero y el infinito', una de las obras señeras del siglo XX. Koestler, en una fecha tan temprana como 1940, demostró en su gran novela que era dueño del coraje que no tuvo ningún otro intelectual de izquierdas para acusar al zar rojo de Rusia y, desde 1945, emperador de Europa central y oriental, de perpetrar con total impunidad unos crímenes horrendos: los juicios de Moscú, el Gulag, las deportaciones masivas de poblaciones enteras dentro de la Unión Soviética…

El historiador británico Tony Judt. (EFE)
El historiador británico Tony Judt. (EFE)

En 1998 apareció 'The Homeless Mind', una biografía de Arthur Koestler escrita por el historiador inglés David Cesarani. La coyuntura en la que encaja esta biografía de Koestler era muy propicia para 'historiar' al estilo de Cesarani. No hay que escandalizarse de que Cesarani guardara en el desván de los muebles viejos la contribución de Koestler al pensamiento contemporáneo y volcara todos sus anhelos como científico social en husmear y exponer a la luz del mediodía —exagerándolas— las miserias humanas del autor de 'Un testamento español' (1937), una de las cumbres de la historiografía sobre nuestra Guerra Civil. También destaca entre los escritos de Koestler el libro titulado 'The God That Failed' (1949), de “lectura obligada para todos los historiadores de nuestra época” (nuevamente Tony Judt). Digo que no hay que escandalizarse porque el signo de los tiempos demandaba y demanda el consumo de escándalos de 'los famosos', y yo no quiero ser cómplice de esa 'moda cultural'.

El nada sospechoso Judt reivindicó la actividad pública de Koestler en su reseña del libro de Cesarani ('The New Republic', 2000, incluida ocho años después en una compilación de textos titulada 'Reappraisal: Reflections on the Forgotten Twentieh Century'; existe traducción al castellano de Taurus). El autor de 'Postguerra' no esconde debajo de la alfombra las indignas 'hazañas sexuales' de Koestler. Mucho menos le da la absolución y le pone, como penitencia, un suspiro en la plaza pública y tres golpecitos en el pecho. Incluso, espoleado por Cesarani, menciona la más brutal de todas sus 'proezas físicas' (en teoría, porque tampoco en este caso existe, que yo sepa, el valor de 'cosa juzgada'): la supuesta violación en 1952 de Jill Craigie en su mismo domicilio y aprovechando la ausencia de su marido, Michael Foot, amigo y 'compañero de viaje' de Koestler que, años más tarde, sería designado secretario general del Partido Laborista británico.

La sentencia que dicta Judt sobre la biografía escrita por Cesarani se fundamenta en argumentos irrebatibles y condena a perecer en la basura intelectual a 'The Homeless Mind': “Cesarani reprende con severidad a Koestler por su actitud poco respetuosa con las mujeres, sin advertir que si Koestler no hubiera escrito los libros que escribió, no estaríamos ahora leyendo su biografía”. Sigo: “Nada de lo que escribió Koestler depende de su conducta sexual para tener credibilidad”; “lo que importa es 'El cero y el infinito' —una aportación singular e inigualada para refutar el mito soviético—, y cualquier valoración de la reputación de Koestler debe basarse en la lectura de este libro y su trascendencia”.

Regresemos a Plácido, que está dando sus últimas boqueadas como tenor y director de ópera. Le ha cerrado la boca, al menos en Norteamérica, una serie ominosa de acusaciones delictivas no probadas, de intimidaciones sobre lo que les puede suceder a quienes le contraten o se acerquen a él y un repaso anacrónico a su conducta —¿cuál?— de 20 o 30 años atrás. Si Domingo fuera juzgado y condenado por abusos sexuales, sería un delincuente común de cuyo destino penal no le redimiría su faceta pública. Pero debo trazar una frontera en un espacio de ficción. Si Plácido Domingo, pese a estar en prisión, tuviera todavía ánimos y fuerzas para participar en un festival y yo fuera aficionado a la ópera (que no lo soy), y el viaje a la ciudad de los rascacielos me resultara asequible como miembro de la tercera edad, asistiría con mucho gusto a escuchar su voz en el marco incomparable, por ejemplo, del Centro Correccional Norteamericano de Nueva York. Si Plácido tuviera que pudrirse en la cárcel merecidamente, que se pudran toda su alma y todo su cuerpo, todo lo que sea suyo menos su voz.

PS: el novelista Haruki Murakami, que en 2007 rebasaba la edad de 55 años, cuenta en su libro 'De qué hablo cuando hablo de correr' (publicado ese año) que “de joven me resultaba inconcebible que llegara al siglo XXI y que yo superara la cincuentena”. Echando la vista atrás, esa seguridad de no alcanzar la madurez le recordaba al escritor japonés la petulancia de Mick Jagger, que también en su juventud se jactaba de que preferiría morir antes que seguir cantando 'Satisfaction' a los 45. Han pasado los años y el ya casi octogenario músico británico sigue cantando 'Satisfaction'. Y continúa diciendo Murakami: “¿Puedo reírme yo de Mick Jagger? No. Lo que pasa es que, por azar, yo no era un joven y afamado cantante de rock como él. Así pues, aunque en aquella época yo dijera cosas muy estúpidas, ahora nadie las recuerda, de modo que tampoco pueden ser reproducidas. ¿No es acaso esa la única diferencia?”.

*Félix Bornstein es abogado y fiscalista.

Tribuna
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