La lección distópica del coronavirus: somos mortales, no hay alternativa

La debilidad de las promesas de inmortalidad difundidas por los utopistas de Silicon Valley ha quedado al desnudo

Foto: Maniquíes con mascarillas en una tienda de Berlín. (EFE)
Maniquíes con mascarillas en una tienda de Berlín. (EFE)

Incertidumbre, inseguridad, miedo, desconfianza. Estos son quizá los sentimientos más comunes estos días, mientras dura el confinamiento por el coronavirus. No sabemos vivir con la incertidumbre –esta solo puede soportarse durante poco tiempo y si es de poca intensidad–, por eso estamos ávidos de respuestas. Alguien tiene que saber de verdad lo que pasa, y sobre todo, alguien tiene que saber de verdad lo que va a pasar. Nos perturba estar tan desasistidos como los fieles de esa iglesia evangelista que puso a su entrada el aviso de que las clases sobre profecías quedaban canceladas debido a acontecimientos imprevistos. Es esta necesidad probablemente la que estuvo tras la precipitación de algunos intelectuales por decir algo bien sonoro, algo que pusiera en cuestión los cimientos del status quo, o al menos que pusiera en solfa a los enemigos políticos.

Resultó inquietante, al menos para mí, que en esas intervenciones primeras hubiera tan escasas palabras positivas sobre el papel de la investigación científica y tecnológica en la lucha contra la pandemia. Pese a ello, muchas miradas se han dirigido estos días a ella en busca de socorro, si bien en casos así, ante situaciones nuevas en las que se carece de suficiente información, la ciencia y la tecnología también han de manejarse en la incertidumbre, lo que a su vez lleva a la discrepancia entre los expertos. Esta ausencia de unanimidad no ha dejado de sorprender a algunos, pero solo a los que no conocen bien cómo funciona la investigación.

Hemos caído en la cuenta de que la simple electricidad es una bendición y el papel higiénico ha ascendido a icono civilizatorio

El caso es que de pronto hemos constatado, a veces con sorpresa, que existen respiradores en los hospitales para mantener con vida a los enfermos graves de neumonía, o que los antivirales no son solo para los achacosos cuando cogen la gripe en otoño, o que las vacunas son uno de los grandes avances de la humanidad (por mucho que un número creciente de indocumentados se resista a reconocerlo). Pero la tecnología ha venido en nuestra ayuda de formas menos perentorias. Baste mencionar lo que ha hecho internet por mantener puestos de trabajo y por facilitar el contacto con familiares y amigos, o por permitir la creación de grupos de cooperación y asistencia en las redes sociales. Por no hablar del papel de la radio en hacer compañía y proporcionar información rápida, el de la televisión en la oferta de entretenimiento, el de los móviles en conseguir que la vida social no se pare. Hasta la inteligencia artificial y la supercomputación están aportando su granito de arena buscando vacunas contra el virus. Algo que se ha agradecer en lo que vale cuando hemos caído en la cuenta de que la simple electricidad es una bendición y el papel higiénico ha ascendido a icono civilizatorio.

Claro que también la tecnología ha potenciado algunos de los aspectos más preocupantes de la pandemia. El virus no solo ha sido un virus biológico, sino también un virus informativo, un virus mental (un meme) que ha acarreado una ingente cantidad de noticias falsas, de miedo y de desorientación. Ha permitido en algunos países que, con fines médicos, se efectúe un control de la población mediante apps y otros recursos electrónicos, una medida que encierra peligros evidentes para las libertades y para la privacidad, si es que se mantiene o se favorece a menudo por motivos menos dignos. Ha facilitado la propagación del virus por todo el mundo. Y supongo que a pocos se les habrá escapado la posibilidad de que en una ocasión futura un virus así o más letal pueda ser diseñado por un grupo terrorista o por un gobierno desalmado. Sin embargo, pese a todo, parece claro que la visión popular de la ciencia y la tecnología saldrá reforzada de este lance. Esta vez, por ejemplo, con las contadas excepciones de algunos populistas, los políticos han prestado atención a los expertos científicos y se han dejado asesorar.

Hemos llegado a sentir miedo. Nuestra propia muerte, siempre distante e inimaginable, apareció como una posibilidad con la que contar en tiempo real, pese a que se nos decía que más del 80% de los infectados cursaban la enfermedad de forma leve. Y con ello hemos terminado de convencernos, por si hubiera habido dudas antes, de que acabar por completo con la vulnerabilidad del ser humano, como pretende el transhumanismo, es un mero deseo piadoso.

Vértigo transhumanista

Sé bien que el miedo que se ha despertado a esta vulnerabilidad tan extrema, tan inesperada, servirá, pese a todo, de aliciente para el afianzamiento del discurso transhumanista entre sus partidarios más convencidos. Algunos hablan ya de la pandemia como el inicio de La Gran Transformación, del momento en el que el futuro cambia de dirección, de la hora del triunfo final de la tecnología, porque solo ella puede ofrecer soluciones efectivas. Esta crisis, según dicen, será el detonante del cambio de época, el momento que hay que aprovechar, ahora que finalmente hemos comprendido con una fuerza que había estado retenida, amortiguada durante generaciones, que nuestro cuerpo está sometido a la tiranía de las enfermedades, el envejecimiento y la muerte.

Es evidente que el transhumanismo se presenta ya como una de las nuevas religiones disponibles

La visión tan directa de estos hechos generará en algunos la necesidad de aferrarse a cualquier esperanza redentora, y es evidente que el transhumanismo se presenta ya como una de las nuevas religiones disponibles. Pero inevitablemente, dependiendo de la dureza con la que golpee la pandemia en diversos países, la percepción de esta vulnerabilidad enfriará también el entusiasmo que despertaba en muchos, especialmente en los medios de comunicación, el mensaje utópico con el que se exhibía. La debilidad de las promesas de inmortalidad ha quedado al desnudo. Se pensaba que las ciencias estrellas iban a ser la genética, la IA y la gerontología, y probablemente lo serán, pero habrá que introducir entre ellas a la virología, la microbiología y la epidemiología. Se discutía si la medicina del futuro iba a ser la medicina regenerativa y la medicina personalizada basada en los big data, y ahora lo que urge es reclamar más investigación básica en el viejo problema de cómo defendernos de virus y bacterias. Imaginábamos el fin del ser humano sublimado por la tecnología, y nos ha tocado a la puerta la imagen de un fin del mundo desasistidos por la tecnología.

Nos preocupábamos por los dilemas éticos que podría presentar el coche autónomo, y nos hemos encontrado con los dilemas éticos que tienen que afrontar los médicos en los hospitales a la hora de seleccionar a quiénes pueden atender correctamente. Discutíamos sobre la importancia de defender la privacidad de nuestros datos ante las compañías tecnológicas, y descubrimos que hay muchos que creen que debe entregarse la que sea necesaria a los gobiernos, y renunciar incluso a la democracia, si la eficiencia para preservar vidas va en ello. Mientras, en definitiva, algunos soñaban con colonizar Marte y después toda la galaxia, un virus, una molécula de ARN rodeada de proteínas y lípidos, ni siquiera algo vivo, coloniza nuestras células y mata a decenas de miles. Nuestro cuerpo biológico, lejos de mostrarse como algo prescindible, ha manifestado toda su realidad. Sin él no somos, con él somos mortales. No hay alternativa.

Extraterrestres

No se puede decir, sin embargo, que algo así les haya cogido por completo desprevenidos. El Future of Humanity Institute, que dirige el bien conocido defensor del transhumanismo Nick Bostrom, lleva tiempo analizando los “riesgos existenciales”, es decir, los riesgos que podrían poner en peligro la existencia de la humanidad. Sus informes siempre señalan a las pandemias como una de las causas posibles de nuestra extinción. Pero, también señalan la posibilidad de ser destruidos por extraterrestres, o, más probablemente (al menos lo que más parece preocuparle a Bostrom), por una superinteligencia artificial. Bostrom publicaba a finales de 2019 un artículo titulado 'La hipótesis de un mundo vulnerable'. Por tal entiende un mundo en el que el nivel de desarrollo tecnológico alcanza un punto que hace extremadamente probable la devastación de la civilización, a no ser que la sociedad haya desarrollado antes las políticas adecuadas para salir de la “semi-anárquica condición predeterminada”.

La distopía que se nos avecinaba no era ni el dataísmo ni la rebelión de las máquinas superinteligentes

En otras palabras, Bostrom plantea como hipótesis a considerar que todo desarrollo tecnológico lleva a una situación en la que la autodestrucción se convierte en inevitable si no se han tomado fuertes medidas preventivas. El artículo es una discusión sobre la situación en la que estamos y sobre las medidas a tomar para evitar la autodestrucción. En él se considera el calentamiento global, pero no se menciona ninguna amenaza procedente de la propia naturaleza (aunque sea potenciada en sus efectos por la tecnología), como ha sido el caso de la actual pandemia. Los virus solo son mencionados de pasada en una nota a pie de página. Está claro que el foco de sus preocupaciones es otro, como sucede con muchos otros defensores relevantes del transhumanismo. Lo que les preocupa es que la tecnología escape a nuestro control, o produzca graves daños no intencionales, o que sea coartada en su desarrollo por prejuicios culturales. Y sin embargo la distopía que se nos avecinaba no era ni el dataísmo ni la rebelión de las máquinas superinteligentes, sino los efectos de un simple virus.

Necesitamos una tecnología que no sea sólo para las élites. Hay que incrementar la investigación para protegernos de las enfermedades que más seres humanos matan y que se dan sobre todo en los países más pobres, como es el caso de la malaria. Fomentar el desarrollo tecnológico, por otra parte, no implica dejar de resistirse a otorgar mayor poder y control a las empresas y a los gobiernos a través de la tecnología, ni dejar de defender la privacidad. Será necesario pensar con detenimiento las medidas a tomar para paliar los efectos físicos, mentales, económicos, sociales, etc. de la próxima pandemia, porque es obvio que vendrá. Quizás haya que crear un fondo europeo específico para esto, o un fondo mundial. Esa tarea tendrá que ser asumida sobre todo por especialistas, pero el debate público puede ser de gran ayuda. Es claro también que debemos mejorar los sistemas sanitarios públicos, así como los mecanismos de protección social y de ayuda a los más golpeados económicamente por la crisis. La salud pública, por si alguien no se había dado cuenta, tiene ya carácter global. Y, last but not the least, es imprescindible mejorar las residencias de ancianos y buscar alternativas cuando las haya. Hay que repensar el envejecimiento y la ancianidad. No todo es negativo en esa fase de la vida. El envejecimiento no es una enfermedad, e incluso si llegara el día en que pudiera ser ralentizado, no es un estado anormal y deleznable. Es parte de la vida humana y puede ofrecer también cosas valiosas.

La ideología difundida desde Silicon Valley no parece ser la respuesta a estos desafíos que tenemos por delante y a otros aún mayores que no me considero competente para enumerar. Algo ha cambiado, en efecto, y no parece que haya sido a su favor. Ha perdido credibilidad. Le costará levantar el vuelo de nuevo al discurso que pretendía hacernos creer que ya éramos cíborgs capaces de tocar con la mano la inmortalidad mientras no olvidemos lo cerca que hemos estado de un ciudadano medieval.

Tribuna
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