La cultura es segura... y necesaria

¿Por qué las actividades culturales se han convertido en el chivo expiatorio ante la dificultad de gestionar la situación actual generada por la pandemia?

Foto: Teatro Lara de Madrid, ya reabierto con medidas de seguridad contra el covid. (EFE)
Teatro Lara de Madrid, ya reabierto con medidas de seguridad contra el covid. (EFE)

La cultura ha demostrado ser una de las actividades más seguras para estar en el espacio público. Los espectáculos y establecimientos culturales, desde que han podido abrir sus puertas -con la dificultad añadida, en términos de rentabilidad, que conlleva la reducción de aforos-, han sido ejemplares tomando las medidas necesarias para garantizar la seguridad de público y profesionales. Los festivales de teatro de Mérida y Almagro, el Eufònic de Terres de l’Ebre, el Nits del Fòrum en Barcelona, el Phe Festival en Tenerife, el Arte en la calle de Gijón, el Nocturama en Sevilla, los festivales internacionales de Granada, Santander o la Quincena Musical Donostiarra, y también los cines, los teatros, las salas de conciertos, los museos y los espacios de arte, han llevado a cabo medidas ejemplares de seguridad, mayores aún, si cabe, que en otros ámbitos, debido a la especial vigilancia que se ha tenido con la cultura. Si bien hay muchos ejemplos de actividades culturales que se realizan con completa seguridad, la cultura está funcionando como chivo expiatorio ante la dificultad de gestionar la situación actual generada por la pandemia.

Hace unos días, el Ayuntamiento de Murcia, que paradójicamente fue uno de los primeros en reaccionar a la crisis con medidas de apoyo a la cultura, sorprendía con una campaña en la que se relacionaba de modo directo ir a un festival de música con acabar ingresado en un hospital por Covid-19. No es el único organismo que ha puesto en la diana a los espectáculos públicos: el pasado lunes, apenas tres días antes de su comienzo, se anunció la cancelación del Festival Tomavistas en la ciudad de Madrid; sucedió lo mismo previamente con el Candle Night y, durante el mes de julio, el Festival Grec de Barcelona logró salvarse de la cancelación en el último minuto gracias, entre otras razones, a las movilizaciones de profesionales y espectadores en las redes con el hashtag #culturasegura.

No se acaba de entender por qué en un trayecto en los medios de transporte no hay riesgo de contagio y en un espacio cultural sí

Mientras, la Plaza de Toros de la Merced de Huelva o la Real Plaza del Puerto de Santa María se llenaron a rebosar sin cumplir la restricción de aforos; las playas, los chiringuitos, las terrazas han estado atestadas de gente este verano; quienes tienen que ir a trabajar cada día en metro deben viajar con apenas centímetros de distancia del resto de personas, y hemos podido ver imágenes que mostraban el agravio comparativo en las políticas de reducción de aforos en teatros y cines con las inexistentes en aviones. Y es que —como ya han denunciado reiteradamente muchos expertos— no se acaba de entender bien por qué en un trayecto en cualquiera de estos medios de transporte no hay riesgo de contagio y en un espacio cultural sí, o qué argumentos no arbitrarios tienen alguna base científica para permitir aglomeraciones en distintos ámbitos mientras con la cultura se es especialmente restrictivo.

Apuntar a las actividades culturales está funcionando como medida ejemplarizante, como si esta decisión, visible por todos, fuera prueba y demostración de lo implacable que se está siendo en la gestión de la crisis. Sin embargo, lo que revela este señalamiento es el desconocimiento, ajenidad, prejuicios y, probablemente en algunos casos, el desprecio por la cultura de buena parte de los responsables políticos. Pocos son los cargos que dan valor social a las prácticas y experiencias artísticas o que conocen el sector profesional y la gestión cultural. Esto no resulta muy sorprendente, dado que la responsabilidad de cultura, tenida como menor pero que da mucho brillo, suele asignarse a cuadros de partido para dar continuidad a su carrera política o a perfiles estelares que tienen poco conocimiento de la gestión. A esto se une que quienes toman decisiones en torno a la cultura, sean responsables directos o no, suelen entenderla como una cuestión de orden público a resolver, especialmente en lo relacionado con la música y el baile, priorizando el enfoque securitario al cultural, educativo o social.

Precisamente ahora se presentaba una oportunidad excepcional para abordar la cultura como una alternativa de ocio completamente seguro

En condiciones habituales, estas inercias explicarían el bloqueo y limitación al desarrollo cultural de nuestro país -un problema que no es en absoluto menor- pero en las actuales las consecuencias son devastadoras. A los daños inevitables experimentados por el sector cultural, uno de los más castigados por la crisis, se unen los provocados por la inseguridad jurídica, la incapacidad de previsión y el desconocimiento de quienes deciden sobre la realización de los espectáculos públicos. Y es que precisamente ahora se presentaba una oportunidad excepcional para abordar la cultura como una alternativa de ocio completamente seguro, como una manera de restablecer los vínculos con los demás que tanto se han visto trastocados durante los meses de confinamiento y como una vía de desarrollo económico de alto valor añadido.

La cultura es segura, hay que recordarlo una y otra vez, y no deja de resultar paradójico que tengamos que defender bajo ese adjetivo a una experiencia como la artística que, precisamente, tiene la facultad de deshacer certezas, transitar lo inestable, y abrazar lo arriesgado. La cultura debería ser -en términos poéticos- de todo menos segura, pero probablemente cuando no existe mucho espacio para la metáfora o para lo no inmediato, haya que ser explícitos y literales: la cultura es totalmente segura y, más que nunca, necesaria.

Tribuna
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