Mezclar churros con las Meninas

Álex de la Iglesia recuerda a Sean Connery, el primer James Bond y mucho más, fallecido este 31 de octubre a los 90 años

Foto: Martine Beswick y Sean Connery en 'Operación Trueno' (1965).(20th Century)
Martine Beswick y Sean Connery en 'Operación Trueno' (1965).(20th Century)

Muere Sean Connery, uno de los actores más queridos y respetados del mundo, un icono, una leyenda y las redes se deshacen en elegías míticas y odas propias de Píndaro. Entre ellas, la mía. Propongo una idea: “El mejor de los hombres” en clara alusión a su leyenda erótica, amado por mujeres y envidiado por hombres, dotado de un carisma tal que jamás provocó sentimientos encontrados: todos, sin excepción, hemos soñado con él de alguna manera sin necesidad de ser nacionalistas escoceses. Sin embargo (como pasa siempre en Twitter), alguien me responde: ¿seguro que “el mejor de los hombres”? En referencia a un video de 'Vanity Fair' del 93, que ya en el 98 estuvo a punto de hacerle perder el título de Sir. "Las mujeres te pueden sacar de quicio”, dice. “Buscan el conflicto. Piden un buen tortazo, que es justificable cuando se agotan las palabras. Si una mujer es una histérica, hay que darle una bofetada”.

Son las palabras de un maltratador, de un auténtico bastardo. No es, por tanto, “el mejor de los hombres”: según estas declaraciones, se trata un cabronazo al que deberíamos perseguir, así de claro lo digo. Creo que en esto estamos todos de acuerdo. El problema es cuando alguien te pide que rechaces sus películas. Que odies su obra. ¿Debemos retirar nuestro apoyo a Connery por ello? La cultura de la cancelación así lo exige. Poco más tarde publiqué otro tuit en el que explicaba que el valor del trabajo actoral de Connery no es mejor ni peor por el comportamiento personal de Connery, sea el que sea. Una cosa es “Connery, el actor” al que todos conocemos, y otra “Thomas Sean Connery”, un posible bastardo jugador de golf en Marbella que poco o nada me interesa. Otro debate sería analizar la pertinencia de definir la vida de una persona a través de unas declaraciones (al parecer pidió perdón por ellas hace mucho), pero ese no es el objeto de esta cuestión.

Me preocupa la invalidez de un argumento o la deslegitimación de una obra por la conducta o la validez moral del sujeto que así se expresa, verbal o artísticamente. El que a mí me guste 'El hombre que pudo reinar' o 'Zardoz' no es un delito, no lo tengo que justificar sociológicamente, o colocarlo con rapidez en su contexto histórico para no ser apedreado. No estoy blanqueando comportamientos, estoy defendiendo las ideas de una posible manipulación moral. 'Zardoz' me gusta porque —según mi dudoso criterio—, es una buena película. La obra se encuentra separada radicalmente del autor e identificarlos conduce a una falacia. No así en el contexto del estudio crítico de la obra de Boorman, su director, pero sí de cualquier cancelación de la misma por parte de los que creen que los involucrados en su realización son mala gente.

Sean Connery en 'Zardoz', de John Boorman.
Sean Connery en 'Zardoz', de John Boorman.

No es la primera vez que ocurre con los actores porque cuesta desligarles de sus obras, que son sus interpretaciones. Es también el caso de escritores como Nabokov y su 'Lolita' u otros menos conocidos como el de Georges Hergé, un colaboracionista en la Bélgica ocupada, autor de 'Las aventuras de Tintín' (¿deberíamos odiar a Haddock por ello?), Martin Heidegger, uno de los padres del pensamiento occidental del siglo XX, miembro (durante unos meses) del partido nazi o Woody Allen, sospechoso de ser un pervertido (Edu Galán ha escrito un magnífico libro sobre el asunto). El hecho de que alguien sea una bellísima persona no hace que sus novelas, películas o comentarios en la tele sean más acertados y brillantes que los de otra persona.

Por lo mismo sospecho que los que reprueban las obras de arte o las palabras de alguien por asuntos ajenos al objeto de estudio se equivocan. Los argumentos se defienden a sí mismos, como las películas o la pintura martirológica española. Todo el mundo es libre de opinar lo que le dé la gana, faltaría más, pero hay opiniones mejor fundamentadas y confiables que otras. Mezclar churras con merinas (no churros con las Meninas, como piensan algunos cerebros creativos) nos puede llevar a discursos extremistas que nada tienen de nuevo.

Tribuna
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