No, el populismo no es mortal y Obama no lo hubiera hecho mejor que Trump
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No, el populismo no es mortal y Obama no lo hubiera hecho mejor que Trump

A propósito de la publicación de su nuevo libro, 'Desastre' (Debate), el prestigioso historiador Niall Ferguson pone en duda en este artículo los estereotipos políticos vigentes

Foto: Donald Trump y Barack Obama. (Reuters)
Donald Trump y Barack Obama. (Reuters)

"Trump fue una comorbilidad", le dice uno de los héroes de la salud pública a Michael Lewis en su libro 'The Premonition' (Allen Lane). Es una frase memorable, y audazmente crítica. Al profundizar en la historia de la pandemia del covid-19 en Estados Unidos, escribe Lewis, "quedó claro que el enfoque de Trump obre la gestión gubernamental fue solo una parte de la historia, y quizá ni siquiera la parte más importante".

Esta no es la opinión mayoritaria, cuando menos, que a su vez es que la pandemia fue especialmente desastrosa en Estados Unidos, precisamente porque el presidente era un populista incompetente. El mismo discurso fue fundamental en la forma en que los medios de comunicación británicos cubrieron la pandemia, al menos hasta que las vacunas salvaron la situación y con ello al primer ministro. Aun así, es destacable que las partes de la comparecencia de Dominic Cummings, asesor de Boris Johnson, que más llamaron la atención fueron sus críticas a este, al calificarlo como "no apto para el trabajo" de primer ministro, "yendo de un lado a otro del pasillo", como un carrito de la compra. El resumen del New York Times fue que Cummings había "acusado al primer ministro británico de una incompetencia que causó decenas de miles de muertes innecesarias por covid".

placeholder Portada de 'Desastre', a la venta a partir del 23 de septiembre. (Debate)
Portada de 'Desastre', a la venta a partir del 23 de septiembre. (Debate)

Para los periodistas y editores liberales, que ya sentían aversión por los líderes populistas, ha sido irresistible la tentación de culparlos por el exceso de muertes del pasado año. El mismo discurso late en Brasil, donde Jair Bolsonaro se conoce como el populista con las manos manchadas de sangre, y en la India, donde Narendra Modi recibe el mismo trato de sus oponentes políticos.

Un ejemplo de hasta dónde puede llevar la asunción de la culpa de los populismos, incluso por parte del escritor más experimentado, fue el artículo de James Fallows "Las tres semanas que lo cambiaron todo", publicado en 'The Atlantic' el pasado mes de junio. Según Fallows, la mala actuación de Estados Unidos ante la propagación del coronavirus tenía una y solo una explicación: la incompetencia de la "persona [que estaba] en la cima del sistema". Citó a un anónimo "veterano del mundo de la inteligencia", uno de los "30 científicos, expertos en salud y funcionarios gubernamentales pasados y actuales" con los que habló, que resumió su argumento de forma clara: "Nuestro sistema tiene un único punto de fallo: un presidente irracional".

Fallows no se preguntó en ningún momento por qué tantos científicos, expertos y funcionarios del gobierno podrían estar tan dispuestos a culpar a Trump. Y le encantó la analogía entre Trump y un piloto de avión. Cientos de miles de estadounidenses murieron prematuramente, concluyó, porque el piloto estaba tuiteando cuando debería haber estado respondiendo ante la tormenta que se acercaba.

placeholder Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

Muchas otras son las versiones del mismo discurso que se pueden encontrar en torno a la mayoría de los líderes populistas, si no todos. "Al parecer, Jair Bolsonaro tenía la intención de llevar al país a la inmunidad de rebaño mediante la infección natural, sin importar las consecuencias", lo que significa que "planeó al menos 1,4 millones de muertes en Brasil", según dijo Vanessa Barbara en el 'New York Times'. "En una serie de decisiones asombrosamente imprudentes", escribió Sumit Ganguly en el 'Washington Post', Narendra Modi "ha invitado a una segunda ola que ahora está aplastando al país". Este "colosal fracaso en el desarrollo político" reflejó la "insensibilidad general, las burdas consideraciones electorales y la pura ineptitud" de Modi.

La generalización es fácil: el populismo mata. "Sorprendentemente", señaló el Christian Science Monitor en abril, "los cinco primeros puestos en el ranking de mortalidad pertenecen todos a países gobernados por populistas al inicio de la pandemia: Estados Unidos, Brasil, México, India y Gran Bretaña". En palabras de Yascha Mounk, del Consejo de Relaciones Exteriores, "si se mira alrededor del mundo hoy día, queda dolorosamente claro que aquellos países gobernados por populistas han pagado un peaje especialmente fuerte en lo que respecta a daños económicos, número de casos y mortalidad". No solo el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), encaja en este discurso; también lo hacen los líderes de Bolivia, Ecuador y Filipinas.

Foto: John Gray

La réplica necesaria no es que los líderes populistas hayan hecho un buen trabajo y deban ser defendidos. Todos ellos lo hicieron de manera terrible, con Bolsonaro superando por poco a Trump en el número de cosas increíblemente estúpidas y salvajemente irresponsables que hizo. (El punto redentor de la respuesta inicial de Trump fue la operación Warp Speed, que de manera incuestionable sentó la base para la exitosa campaña de vacunación de este año. Por su parte, el Gobierno de Bolsonaro también se las arregló para la adquisición de vacunas).

No está claro que los países populistas hayan salido peor parados que los demás

Sin embargo, concluir a partir de los innumerables pecados de los populistas que a los países en cuestión les habría ido mucho mejor bajo el mando de otros líderes es hacer una inferencia peligrosamente errónea. Llevaría a pensar que, al sustituir a Trump por Joe Biden, los votantes estadounidenses han resuelto el problema que causó tanta enfermedad y muertes el año pasado; y que los votantes brasileños, indios y mexicanos pueden resolver sus problemas de la misma manera cuando sus populistas se presenten a la reelección.

Este razonamiento tiene tres defectos, dejando de lado el punto (realizado por Brett Meyer en un inteligente documento para el Tony Blair Institute) de que no todos los líderes populistas restaron importancia a la amenaza que suponía la pandemia, mientras que un significativo número de ellos se mostró partidario de la rigurosidad en lugar de la laxitud. La primera es que no está claro que los países gobernados por los populistas hayan salido peor parados que los demás, al menos en lo que respecta al exceso de mortalidad, que es el mejor baremo para saber cómo le ha ido a un país en el año de la Peste. El segundo fallo es que, si se examinan detenidamente, los errores que causaron la mayor parte de muertes prematuras durante la pandemia no pueden atribuirse fácilmente a decisiones presidenciales o de un primer ministro. En la mayoría de los casos, los errores se cometieron en un puesto inferior de la cadena de mando, por funcionarios de salud pública y los asesores científicos, que juzgaron profundamente mal el problema al que se enfrentaban. En tercer lugar, y, por último, los contrafactuales de mejores resultados con diferentes líderes no resisten ante un examen minucioso.

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Jair Bolsonaro. (Reuters)

Empecemos con los datos sobre el exceso de mortalidad. Un estudio de 32 países en 2020, que calculó el exceso de mortalidad agestada, arrojó los diez peores resultados entre los dichos 32 países (en términos de mortalidad por 100.000): Bulgaria quedó en primer lugar, seguida de Polonia, Chile, Estados Unidos, Eslovenia, Bélgica, Chequia, España, Inglaterra y Gales y Escocia. Se podría argumentar que los gobiernos de Bulgaria, Chequia, Polonia y Eslovenia estaban dirigidos por populistas, junto con los de Estados Unidos e Inglaterra; ¿pero Chile, Bélgica, España y Escocia?

O consideremos las últimas cifras de exceso de mortalidad del 'Financial Times', que llegan hasta el 5 de mayo. El Reino Unido y los Estados Unidos están en la zona de la mitad de la tabla con un exceso de mortalidad de, respectivamente, el 17% y el 18% por encima de la media. El Brasil de Bolsonaro es peor (34%) y el México de AMLO peor aún (55%). Pero el exceso de mortalidad ha sido incluso mayor en Perú (123%), Ecuador (67%), Bolivia (56%), Armenia (43%) y Azerbaiyán (42%). El problema en cada uno de estos países no era un líder populista poderoso.

Los presidentes no son a las pandemias lo que los pilotos a las turbulencias

En Perú, por poner un ejemplo, es el Congreso el que ejerce el poder, hasta el punto de que ha hecho caer tres de los últimos cuatro presidentes del país, incluido Martín Vizcarra, que fue destituido dos veces el año pasado y finalmente, fue obligado a dimitir, a pesar de tener un índice de aprobación superior al 60%. También en el caso de Ecuador, Lenín Moreno no se ajustó al estereotipo populista el año pasado. En Bolivia, la pandemia llegó después de que el populista Evo Morales fuera destituido del poder.

En manos de expertos

En cualquier caso, la idea de que los presidentes son a las pandemias lo que los pilotos a las turbulencias severas o a los fallos de motor es, a los ojos de un historiador, profundamente engañosa. La realidad es que el hombre o la mujer en la cima de la administración se esfuerza por gestionar múltiples agendas gubernamentales con "intereses" en la salud pública, por no hablar de los gobiernos estatales o provinciales.

Foto: El asesor Dominic Cummings, cuando tuvo que abandonar el Número 10 de Downing Street. (Reuters) Opinión

En la práctica, como sabe cualquier estudiante serio de Administración Pública, las decisiones críticas en una crisis de salud pública no se toman en la cúpula: son los asesores científicos y los directores de los organismos correspondientes los que deben decidir sobre la gravedad de la amenaza y la respuesta política a recomendar. Un presidente o un primer ministro se involucra solo si hay un desacuerdo fundamental dentro del grupo de expertos y funcionarios pertinentes, o entre los directores del gabinete. Si existe un consenso a favor de una estrategia de "inmunidad de rebaño", como parece haber sido el caso en Londres en los primeros dos meses y medio de 2020, es muy poco probable que un primer ministro anule ese consenso, independientemente de que se distraiga con la fecha de entrega de un libro, una novia descontenta o una cuantiosa factura de interiorismo.

Cualquiera que escuche atentamente la comparecencia de Cummings del mes pasado, o que lea el largo hilo de Twitter que la precedió, entenderá que, de hecho, no estaba echando la culpa de la debacle del año pasado a Boris Johnson. "Por muy crítico del primer ministro que sea en todo tipo de aspectos", escribió Cummings, "es vital entender que el desastre no fue solo culpa suya". Por el contrario, no solo los políticos elegidos, sino también los funcionarios y los expertos en salud pública: todos estuvieron "de forma desastrosa por debajo de los estándares que el pueblo tiene derecho a esperar".

En otras palabras, Boris fue una comorbilidad. Hasta cierto punto, lo mismo puede ocurrir con Bolsonaro, Modi y AMLO.

placeholder Boris Johnson. (EFE)
Boris Johnson. (EFE)

Quizás la mejor manera de mostrar la debilidad de la hipótesis de la pandemia populista es contemplar los contrafactuales. Si, gracias a algún pliegue en el continuo espacio-tiempo, Joe Biden hubiera sido investido en enero de 2020, ¿el exceso de mortalidad en Estados Unidos habría sido significativamente menor? Es fácil afirmar, como me dijo un eminente presentador de televisión, que lo habría sido, porque Biden y su administración habrían "seguido la ciencia".

Sin embargo, Ron Klain, el jefe de gabinete de Joe Biden, reconoció en 2019 que, si la gripe porcina que afectó a Estados Unidos en 2009 hubiera sido tan mortal como el covid-19, la Administración del presidente Barack Obama no lo habría hecho mucho mejor: "Hicimos todas las cosas posibles mal. Y (...) 60 millones de estadounidenses se contagiaron del H1N1 en ese periodo de tiempo. Es solo pura casualidad que este no sea uno de los grandes casos de víctimas masivas en la historia de los Estados Unidos. No tiene nada que ver con que hayamos hecho algo bien. Solo tuvo que ver con la suerte".

Crisis de opioides

¿Y cómo le fue a la Administración Obama cuando se enfrentó a una epidemia de opioides? Más de 365.000 estadounidenses murieron por sobredosis de drogas entre 2009 y 2016. Cada año hubo más muertes que el anterior. Los grupos de edad más afectados fueron los de entre 25 y 54 años, para los que las cotas de sobredosis en 2016 fueron de entre 34 y 35 por cada 100.000 [personas]. Por esa razón, el total de años de vida perdidos bien puede haber superado a los perdidos por covid, aunque durante un periodo de tiempo más dilatado. Sin embargo, nunca he leído un artículo que culpe de la epidemia de opioides a un 'error del piloto'.

Lo que ocurrió en la mayoría de países fue un fracaso sistémico de la burocracia sanitaria

Repito, no estoy aquí para defender a Boris, Trump u otros. Simplemente opino que es fácil (y engañoso) echar toda la culpa del exceso de mortalidad de 2020-2021 a los líderes populistas, aunque su errático liderazgo añadió sin duda un porcentaje al recuento de cadáveres. Lo que ocurrió en la mayoría de los países occidentales, independientemente de si fueron dirigidos por un populista, un liberal o un tecnócrata, fue un fracaso sistémico de la burocracia sanitaria. Había planes de preparación para la pandemia; simplemente no funcionaron. La capacidad de análisis no se construyó con la suficiente rapidez; apenas se intentó el rastreo de contactos; no se aplicaron las cuarentenas; los vulnerables (especialmente en las residencias de ancianos) no estaban protegidos, sino expuestos.

Estos fueron los errores más costosos en términos de pérdida de vidas, y no es plausible que los presidentes o primeros ministros fueran personalmente culpables de cualquiera de ellos. La interpretación más verosímil es que los sistemas de salud pública en Taiwán y Corea del Sur aprendieron de la experiencia del SARS y el MERS, mientras que el británico no lo hizo.

Foto: Sanitarios intentan reanimar a una víctima de sobredosis en Everett, un suburbio de Boston, Massachusetts. (Reuters)

Llegar a la conclusión de que deshacerse de los populistas en el poder garantizará que lo hagamos mejor cuando ocurra el próximo desastre no es solo una ilusión. Garantiza que, a ambos lados del Atlántico, erraremos a la hora de identificar cuáles han sido los verdaderos puntos de fracaso y a la hora de hacer algo al respecto, tan pronto como sea posible, en todos los ámbitos de nuestros disfuncionales sistemas de gobierno.

Eso, creo, era lo que Dominic Cummings intentaba decirnos. "El plan oficial estaba desastrosamente mal concebido", escribió, "DHSC/Caboff no entendieron esto o por qué, y el Plan B fracasó en medio de un caos total y absoluto".

Ello se debió a que el Plan A, que buscaba la inmunidad de grupo en lugar de suprimir el virus, "se suponía que iba a ser "de clase mundial", pero resultó ser en parte un desastre y en parte inexistente. (...) Si hubiéramos tenido los preparativos adecuados y personas competentes a cargo, probablemente habríamos evitado el primer confinamiento, sin necesidad de un segundo o un tercero. Dado que el plan era AWOL/desastre + decisiones horribles que retrasaron todo, el primer confinamiento fue necesario".

placeholder Dominic Cummings. (Reuters)
Dominic Cummings. (Reuters)

Según una encuesta, el 75% de los británicos no confía en lo que Cummings dijo sobre la gestión de la crisis por parte del Gobierno. Esto es desafortunado, porque lo que se nos presentó el mes pasado fue un raro vistazo sin ningún filtro de la realidad en la vida de los pasillos del poder cuando se produce una emergencia nacional en toda regla. Si cree que todo habría ido mucho mejor con David Cameron, Theresa May o (imagínese) Jeremy Corbyn en el número 10 de Downing Street, entonces tengo un plan de preparación frente una pandemia que venderle.

En cualquier caso, la crítica de Cummings al Estado británico nunca ha girado en torno a la personalidad del primer ministro. Su pregunta durante años ha sido: "¿Cómo programa el cableado institucional de los partidos/servicio civil un comportamiento destructivo poniendo a las personas equivocadas en puestos incorrectos con incentivos destructivos?". ¿Por qué "Los incentivos del SW1 (...) ~todo sobre la recompensa de *proceso + señales falsas*"? Estas son las preguntas correctas que hay que plantearse, y un conjunto similar podría y debería hacerse sobre Capital Beltway.

La ironía es que, allá por 2016 y 2017, la gente votó a líderes populistas en gran medida porque se sentían frustrados por la inercia disfuncional del "Estado profundo", ya sea en Whitehall, Washington, Brasilia o (para el caso) Bruselas. Los acontecimientos de los últimos dieciséis meses han demostrado que, como era obvio al principio, los populistas no eran una solución real a ese problema. Pero la pandemia también nos ha mostrado las consecuencias mortales de dejar el problema sin resolver, que es precisamente lo que haremos si concluimos que las muertes prematuras fueron todo culpa de los populistas.

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