Tribuna
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Sobre la impuntualidad y cómo enfrentarse a quienes la practican
El impuntual afirma que no sabe calcular el tiempo. Imposible creerle. Porque si no supiera calcular, algunas veces llegaría antes y, sin embargo, siempre llega tarde
La puntualidad es estar a la hora acordada con una persona o un conjunto de personas. No es ningún tipo de virtud. Se trata simplemente de ser correcto, de cumplir con una promesa. Se ha analizado tanto la impuntualidad, ciertamente es un defecto, que da pereza volver a hablar de este típico desajuste social. Por otro lado, el impuntual, un ejemplo claro de un país que incluso presume de improvisación, suele afilar las uñas contra los puntuales. Unos vulgares a sus ojos, unos neuróticos, unos insoportables impacientes.
La argumentación pro puntualidad ha repetido una y mil veces que la impuntualidad es una falta de respeto, que nadie tiene derecho a jugar con el tiempo de nadie. Porque como bien dijo Borges, estamos tejidos de tiempo Pero creo que existen dos modos más expeditivos para dejar en ridículo al impuntual. Uno es reírse de la muy utilizada seudorazon del impuntualista. El impuntual se defiende afirmando que no sabe calcular el tiempo. Imposible creerle. Porque si no supiera calcular, algunas veces llegaría antes y, sin embargo, siempre llega tarde.
Nadie tiene derecho a jugar con el tiempo de nadie. Porque como bien dijo Borges, estamos tejidos de tiempo
El otro modo es negarse en redondo a escuchar las justificaciones del impuntual. Porque en todo momento tiene una a mano. Y, sobre todo, no hacerte partícipe de su carencia de compromiso. Te quiere hacer su cómplice. La complicidad acostumbra a ser la multiplicación de un mal por dos. Al impuntual, por tanto, ni agua. Ser un desastre no puede dar buenos frutos. Habría que tomar nota de ello desde muy jóvenes.
En un paso más, se podría decir que con este tipo de dejaciones, se destroza el lenguaje, se pervierte la conducta humana. Porque afirmar se opone a negar y prometer es incompatible con no cumplir. La corrupción del lenguaje es el retrato de una sociedad sin comunicación fiable. Desgraciadamente, es el pan nuestro de cada día. Por eso, un breve repaso a la impuntualidad debería servirnos para huir de la mentira, del autoengaño y de la ansiedad.
La puntualidad es estar a la hora acordada con una persona o un conjunto de personas. No es ningún tipo de virtud. Se trata simplemente de ser correcto, de cumplir con una promesa. Se ha analizado tanto la impuntualidad, ciertamente es un defecto, que da pereza volver a hablar de este típico desajuste social. Por otro lado, el impuntual, un ejemplo claro de un país que incluso presume de improvisación, suele afilar las uñas contra los puntuales. Unos vulgares a sus ojos, unos neuróticos, unos insoportables impacientes.