La tendencia al tremendismo cuando se habla de la IA es bastante común, lo que no significa que esta no vaya a mejorar muchos aspectos de nuestra vida
Fuente: iStock.
Por
Antonio Diéguez
Hablar hoy de la tecnología, y muy en particular de la inteligencia artificial, es casi equivalente a hacer afirmaciones rotundas, ilusionadas o amenazantes, sobre un futuro que en realidad es más incierto que nunca debido precisamente al desarrollo de la propia tecnología. Se da el caso de que el mismo autor pase de un extremo al otro en poco tiempo.
Así, Nick Bostrom, que en su libroSuperinteligencia, publicado en 2014, alimentó una honda preocupación sobre la posibilidad de que estemos camino de crear una superinteligencia artificial capaz de tomar el control de todo y de destruir a la humanidad, nos sorprende diez años después con un nuevo libro, Deep Utopia, en el que el escenario que retrata es el de una sociedad utópica en la que hemos controlado la IA y esta satisface todas nuestras necesidades sin necesidad de trabajar.
Y no es el único en estas oscilaciones. Sam Altmanescribió en 2015 en su blog que “el desarrollo de la inteligencia sobrehumana de las máquinas es probablemente la mayor amenaza para la existencia continuada de la humanidad”, pero hace tan solo unos días escribía: “aunque sucederá de forma gradual, los triunfos asombrosos –arreglar el clima, establecer una colonia espacial y el descubrimiento de toda la física– acabarán convirtiéndose en algo habitual. Con una inteligencia casi ilimitada y abundante energía –la capacidad de generar grandes ideas y la capacidad de hacerlas realidad– podemos hacer muchas cosas”.
Incluso cuando abandonamos los problemas de ciencia ficción como estos que tanto entusiasman a los directivos de Silicon Valley y nos centramos en problemas reales y más inmediatos, como el del impacto de la IA en el mercado laboral, también nos encontramos con la tendencia al tremendismo. En 2013 se publicó un informe de dos profesores de la Universidad de Oxford sobre el futuro del empleo que ha sido muy citado desde entonces.
El informe generó un enorme revuelo que todavía continúa. Predecía que para el 2033 el 47% del empleo en Estados Unidos tenía un riesgo alto de estar en manos de robots. Estamos a nueve años de ese momento y yo parece que algo así vaya ocurrir. Los autores insistieron con posterioridad en que el informe había sido malinterpretado. Desde comienzos de la década de 2010 tenemos redes neuronales con aprendizaje profundo y no ha habido hasta ahora una transformación sustancial en el mercado de trabajo.
No son demasiadas las voces que intentan reflexionar sobre estas cuestiones con un poco de mesura
Un informe más reciente del banco de inversiones Goldman Sachs, asegura que en Europa y en los Estados Unidos los sistemas de IA podrían realizar hasta un 25% de los trabajos a tiempo completo. Puede seguir pareciendo una cifra enorme y preocupante, sin embargo, el informe añade que la incorporación de esta tecnología también creará nuevos trabajos (como ha ocurrido hasta ahora con el surgimiento de tecnologías disruptivas) y generará un aumento de la productividad. No debería minusvalorarse el sufrimiento que esta pérdida de puestos de trabajo causará en las personas afectadas, pero esto no es incompatible con señalar que no tiene sentido asumir siempre las peores predicciones. Cada vez se extiende más la idea entre los analistas de que la IA no acabará masivamente con los puestos de trabajo, más bien lo que hará (lo que ya está haciendo) es transformar de formas muy diversas una gran cantidad de tareas realizadas de forma habitual en los trabajos actuales.
No son demasiadas las voces que intentan reflexionar sobre estas cuestiones con un poco de mesura. En España tenemos algunos autores que lo hacen desde la filosofía de la tecnología. Entre ellos está Jesús Zamora Bonilla, que acaba de publicar un libro titulado Progreso, ma non troppo en el que cuestiona con buenos argumentos tanto las promesas desmedidas de un futuro de progresos cada vez más espectaculares como las amenazas de distopías totalitarias o postapocalípticas. Fernando Broncano, uno de nuestros más prestigiosos filósofos, tiene también muchas páginas escritas al respecto, por ejemplo, en su libro de 2023 La escala de las cosas. Y fuera de nuestro país tenemos las reflexiones de Luciano Floridi, Mark Coeckelbergh o Carissa Véliz, que son el mejor antídoto contra los discursos desnortados sobre la tecnología que proliferan en redes sociales y algunos medios de comunicación.
Ciertamente, hay problemas graves que un uso descontrolado de la IA puede causar y, de hecho, está causando ya: deterioro de la democracia mediante noticias falsas, concentración de poder en las grandes empresas tecnológicas, control de los movimientos sociales y de la disidencia política, ciberdelincuencia, amenazas terroristas, pérdida de privacidad, ciberataques, sesgos en las decisiones, violaciones de la propiedad intelectual, etc. Son esos los problemas que deberían preocuparnos y a cuya mitigación van dirigidas las normativas que se están elaborando en diversos países.
Pero es evidente también que la inteligencia artificial tiene un gran potencial para promover cambios positivos. Nuestra salud estará mucho mejor controlada y los diagnósticos serán más rápidos y precisos gracias a ella, aunque el médico siempre debería tener la última palabra. La robótica asistencial, siempre que se implemente en cooperación con los humanos y no como sustituto, mejorará la calidad de vida de muchas personas en sus años finales de vida. Y hay esperanzas puestas en que la IA nos ayude en la preservación del medio ambiente y en la eliminación de muchos efectos nocivos causados por el ser humano sobre la naturaleza. También las hay en la ayuda que puede prestar en asuntos como la lucha contra los delitos financieros, la mejora de la economía, la eliminación de la pobreza, la prevención de pandemias, la gestión de los transportes o la investigación biomédica.
A la luz de los avances actuales cabe plantearse por la posibilidad de que la ciencia y varias formas de arte puedan hacerse cada vez más en cooperación con la IA. En la ciencia, los humanos quizá formularán las grandes preguntas que dirijan la investigación o plantearán las ideas originales, pero la IA podría hacer lo demás, de forma parecida a como trabajan hoy muchos científicos normales (en el sentido kuhniano del término) o como hacían los aprendices en los talleres de los grandes artistas del pasado. Esto dará lugar posiblemente a una ciencia menos explicativa y más predictiva, y a un arte donde importe menos el virtuosismo que la originalidad de las ideas. Y algo así cambiaría el sentido de las patentes y los derechos intelectuales en la innovación y la creación.
En el caso del arte, esa cooperación, aunque viable, parece más compleja en su realización y en sus efectos. Una novela, por ejemplo, podrá estar escrita por un ser humano junto con una máquina. El ser humano se encargaría de trazar los hilos básicos del argumento y de pulir el estilo, la máquina a su vez podría sugerir hilos argumentales alternativos o secundarios, o señalar giros y sinónimos que contribuyeran a enriquecer el texto. Las novelas que así surgieran podrían ser más atractivas para muchos lectores, aunque ya no cabría atribuir todo el mérito al autor. Por supuesto, es de suponer que habrá lectores que no acepten ninguna intervención artificial en la creación literaria, pero también los habrá que prefieran novelas escritas parcial o enteramente por máquinas.
Esto nos lleva a una pregunta recurrente: ¿podremos tener alguna vez máquinas realmente creativas? Desde luego no es imposible a priori. La naturaleza ya ha realizado el truco con nosotros mismos. La cuestión es si a su vez nosotros lo podremos repetir. De hecho, dependiendo del grado de creatividad del que estemos hablando, ya hemos fabricado máquinas algo creativas. Nuestros sistemas de IA pueden demostrar teoremas de formas nuevas y más elegantes que las que había elaborado el ser humano, pueden componer piezas musicales o cuadros al estilo de un determinado artista del pasado, y pueden realizar jugadas de ajedrez o del go muy heterodoxas y, aun así, exitosas. Es, sin embargo, más dudoso si las máquinas serán capaces de crear en un sentido mucho más profundo. Por ejemplo, si habrá alguna vez máquinas que puedan crear nuevas disciplinas intelectuales, como hizo Aristóteles; o nuevas teorías revolucionarias, como hizo Einstein; o renovar por completo un arte, como hicieron Schönberg o Picasso. La respuesta más prudente que se me ocurre es que, si bien no está demostrado que esto sea imposible, la probabilidad de que suceda en un tiempo previsible es demasiado pequeña como para preocuparse por ello. Nada hay en los desarrollos actuales de la IA que permita ser demasiado optimista al respecto.
No termino de ver, pese a lo que dicen algunos renombrados expertos, cómo las máquinas podrían tener alguna vez sentimientos o emociones
Por otra parte, no termino de ver, pese a lo que dicen algunos renombrados expertos, cómo las máquinas podrían tener alguna vez sentimientos o emociones, que en los seres vivos son el resultado de una compleja interacción entre el sistema nervioso y diversos tejidos y órganos (como la piel, el sistema endocrino, el sistema digestivo, el sistema circulatorio, etc.). Del mismo modo, aunque no cabe descartar que en el futuro pueda haber máquinas que se llamen “yo” a sí mismas entendiendo lo que dicen, ¿significaría eso que tendrán la experiencia subjetiva de ser un yo, una experiencia del mundo en primera persona? Lo dudo, y es una suerte que sea algo muy improbable.
Pero, en mi opinión, la cuestión de los sentimientos es más clara. Si alguna vez tenemos máquinas que simulen perfectamente la consciencia y respondan a nuestras preguntas como lo haría cualquier persona consciente, quizá no haya una forma segura de decir si tienen o no autoconsciencia, pero si simularan perfectamente los sentimientos, aún así podremos estar seguros de que no los experimentan realmente. Los sentimientos y las emociones son un producto biológico, como el metabolismo. John Searle cree que también lo es la consciencia. Simpatizo con esa idea, pero admito que es menos segura. Todo esto impondría inevitablemente una limitación importante en la creatividad de las máquinas, puesto que el sentimiento y la autoconsciencia parecen componentes esenciales de esa creatividad, y podría decirse que también limitaría la forma de su inteligencia. Sería una inteligencia muy diferente a la humana, puesto que, como vienen mostrando las neurociencias, esta necesita de emociones corporizadas y de autoconsciencia.
*Antonio Diéguez es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Málaga
Hablar hoy de la tecnología, y muy en particular de la inteligencia artificial, es casi equivalente a hacer afirmaciones rotundas, ilusionadas o amenazantes, sobre un futuro que en realidad es más incierto que nunca debido precisamente al desarrollo de la propia tecnología. Se da el caso de que el mismo autor pase de un extremo al otro en poco tiempo.