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Cuando fuimos Fernando Fernán-Gómez en casa de Ninette
Todos hemos sido alguna vez Fernando Fernán-Gómez en Ninette: hemos estado en el lugar adecuado en el momento justo. Así le pasó a mi abuelo en el Sáhara, donde fue cocinero sin saber freir un huevo
Todos hemos sido alguna vez “un señor de Murcia”. O sea, todos hemos tenido la potra del personaje de aquella obra teatral de Miguel Mihura ('Ninette y un señor de Murcia'); un hombre de provincias que llega a París, conoce a una preciosa francesa llamada Ninette en el apartamento en el que se hospeda y se enrolla con ella. Una suerte que aunque la cuentes en el pueblo nadie te va a creer.
Fernando Fernán-Gómez llevó la fábula de Mihura a la gran pantalla en los años 60. Después lo haría José Luis Garci, pasados los 2000. La suya tiene menos gracia que la de Fernán-Gómez. Y es menos creíble (lo siento, Carlos Hipólito). Pero sin duda su Ninette es más arrebatadora. Si hay alguien capaz de enamorar al espectador esa es Elsa Pataky en esta película de Garci. Ni siquiera su forzado acento francés te hace dejar de suspirar por ella -y de odiar a Carlos Hipólito a partes iguales-.
Decía que todos hemos hecho el papel de Fernando Fernán-Gómez en algún momento de nuestra vida. Llegas a un sitio con escaso bagaje y la fortuna te sonríe. Le pasó a mi abuelo Boni cuando lo mandaron al Aaiún, en el Sáhara Occidental, a hacer la mili. Mi abuelo no era “un señor de Murcia”, pero sí era un señor de Ávila. Bastante pobre, como la mayoría de los españoles en la posguerra.
Nunca había traspasado las fronteras de Velayos (Ávila) cuando en 1954, con 21 años, le llegó una carta del Ejército: “Destinado al Aaiún”. Boni tuvo que ir al cuartel de reclutas en Ávila capital para preguntar dónde quedaba eso. Ni allí lo sabían. El Ejército consiguió contactar con él y darle las instrucciones pertinentes.
Ahora imaginen una línea como la de las películas de Indiana Jones. De Velayos a Madrid. De allí en tren a Cádiz, y a continuación en barco hasta el Sáhara con parada previa en Sidi Ifni (Marruecos). La travesía en buque duró once días y a mi abuelo le resultó interminable. Apenas salió de la bodega de lo mareado que estaba. Aquella cáscara de nuez albergaba a 700 tripulantes. El primer destacamento de peninsulares que era enviado al Sáhara. Apenas asomó el hocico por cubierta una ola le empapó (“¡adiós corazón!”). Y vuelta a la bodega. Perdió cinco kilos.
Al desembarcar en el Aaiún, más sorpresas: “¡Moros!”. Mi abuelo nunca había visto unos. “Aquí nos comen estos cabrones”, fue lo que dijo a un compañero cuando les escuchó hablar árabe. Ya instalado en el campamento en el Aaiún, pasados unos días, mi abuelo se convirtió en Fernando Fernán-Gómez.
Su gusto por la lectura le brindó una oportunidad de oro. Un día, leyendo una novela en el camastro -no muchos leían en aquella época- un compañero le preguntó qué hacía. “¿Qué pasa, tengo el libro al revés?”. Era un cocinero que trabajaba para los oficiales. Por fin se licenciaba y necesitaba un sustituto. Le preguntó si quería aceptar el puesto, pero mi abuelo no había hecho un huevo frito nunca. “No te preocupes, yo te enseño, es muy fácil”.
Gracias a ese golpe de suerte, Boni acabó en la casa de los oficiales, durmiendo en una cómoda cama. Se limitaba a ir a por huevos, carne de camello o cabra y el oficial para el que trabajaba le decía cómo cocinarlo. Un día el teniente Mesa (“que era más malo que la madre que lo parió”) le pilló por banda. Un cabo a su servicio le dijo que quería panceta frita. Como mi abuelo no lo había cocinado nunca, terminó preparando el plato el propio cabo. Boni se lo llevó al teniente. “El cocinero de los oficiales de brigada sabe de esto”, fue su sentencia.
La fama de chef de mi abuelo se extendió en el campamento, donde se lo rifaban como si fuera Berasategui. El capitán jefe se acercó un día y le fichó como ayudante personal. Desde entonces, mi abuelo vivió todavía mejor. “Estuve como Dios, como un teniente coronel”, decía. Vivió en casa del capitán y hasta le acompañó a cazar antílopes y gacelas.
Pasó 14 meses en el Aaiún hasta volver a Velayos. Fue feliz y fue afortunado. Es una época que le gustaba rememorar hasta que su memoria se marchitó para siempre en una demencia cruel y fulminante que se lo llevó por delante en un año. Hubo un día que el abuelo calló para siempre, y gracias a una entrevista que le hice en la radio de la universidad he podido rescatar varios detalles para este relato.
Siempre he pensado que tuvo mala suerte en la vida, pero rescatando este recuerdo me doy cuenta de que todos somos, aunque sea una vez, “un señor de Murcia”. Vale, quizá no acabemos con Elsa Pataky ni nos toque la lotería. Pero algunos, al contrario que el personaje de Fernando Fernán-Gómez, sí hemos visto París y hemos sabido que era una fiesta. Todos podemos tararear alguna vez aquello de ‘Somebody up there likes me’, que llegó a cantar Paul Newman. O al menos comer camello en una apacible casa y ser felices a cientos de kilómetros de casa porque el destino nos sonríe.
Todos hemos sido alguna vez “un señor de Murcia”. O sea, todos hemos tenido la potra del personaje de aquella obra teatral de Miguel Mihura ('Ninette y un señor de Murcia'); un hombre de provincias que llega a París, conoce a una preciosa francesa llamada Ninette en el apartamento en el que se hospeda y se enrolla con ella. Una suerte que aunque la cuentes en el pueblo nadie te va a creer.