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Hemingway ya no va a Venecia y al existencialismo se le atraganta el café
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Borja Negrete

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Hemingway ya no va a Venecia y al existencialismo se le atraganta el café

Aspiramos a emular nuestros mitos en Venecia, París o Londres, pero solo queda reconocer que uno podrá seguir viajando para encontrarse a uno mismo, nunca para volver a aquel pasado teñido de tinta, humo de tabaco y ficción

Foto: Puente de los Suspiros, Venecia (EFE/Zoltan Balogh).
Puente de los Suspiros, Venecia (EFE/Zoltan Balogh).

Hubo un tiempo en que viajar te daba la categoría de ser mitológico. En el pueblo, cuando decías que habías estado en Nueva York se te ponía cara de Hernán Cortés, y te admiraban como tal. Aquel tiempo pasó, y hoy todo el mundo viaja a todas partes. Los turistas se multiplican como los panes y los peces y por muy genuino que uno busque ser es inevitable mezclarse con esa masa uniforme de guiris.

Algunos nostálgicos y mitómanos nos embarcamos en el viaje porque deseamos huir de la cotidianeidad de la urbe para encontrarnos a nosotros mismos en un lejano paraje, quizá cerca del bosque, la montaña, el río o el siempre envolvente mar. En esta odisea de Hacendado aspiramos a emular a algunos de nuestros propios mitos, y desembarcamos en Venecia, París o Londres siguiendo los pasos de Hemingway, Albert Camus o Charles Dickens.

Pero lo cierto es que aquel mundo desapareció para siempre, y aquellas calles que caminaron escritores o actores de cine clásico cayeron en el olvido eterno. El turismo se las tragó y puso en su lugar infinitud de tiendas de souvenirs y restaurantes con la misma oferta de comida.

Por las calles de Venecia sigue siendo una delicia pasear, cruzando la laguna entre sus puentes, sus casas viejas, sus esculturas góticas que parecen salidas de una película de Tim Burton. Pero si uno acude al Harry’s Bar intentando ver un atisbo de la parroquia etílica a la que acudían Hemingway u Orson Welles en sus estancias en la ciudad, que pierda toda esperanza.

placeholder Fotografía del archivo de Castillo Puche y fechada el 9/10/1956 del escritor Ernest Hemingway (i) durante la visita que realizó a Pio Baroja (d), enfermo de arterioesclerosis, en su domicilio madrileño (EFE).
Fotografía del archivo de Castillo Puche y fechada el 9/10/1956 del escritor Ernest Hemingway (i) durante la visita que realizó a Pio Baroja (d), enfermo de arterioesclerosis, en su domicilio madrileño (EFE).

Apenas me hice una foto en la puerta, pues se ha convertido en un sitio tan caro y exclusivo que es imposible no tomarse algo allí sin sentirse estafado. Se sitúa al lado del Gritti Palace, el hotel donde, precisamente, solía alojarse Hemingway cuando se enamoró de Adriana Ivancich y alumbró ‘Al otro lado del río y entre los árboles’. Atravesé sus puertas para intentar visitar la suite donde se alojaba el escritor, pero el recepcionista me dijo que estaba ocupada por alguien. Quizá otro mitómano como yo.

En París hay un hotel donde el pobre Oscar Wilde se alojó tras estar encarcelado en Reino Unido por su condición homosexual. Se llama L'Hôtel Paris, y es el mismo que frecuentó también Jorge Luis Borges. Uno puede dormir en la habitación donde Wilde exhaló su último suspiro a cambio de 1.000 euros al día, como me contó el escritor Manuel Vilas.

Cuando vas al Café de Flore, en el barrio parisino de Saint German des Prés, me pregunto si el existencialismo se le ocurrió a Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus después de que les cobraran 22 euros por un sándwich o 10 euros por una cerveza (precios actuales).

Y tras la enésima clavada no queda más remedio que rendirse a la realidad. Y es que uno podrá seguir viajando para encontrarse a uno mismo, pero nunca para encontrar aquel pasado teñido de tinta, humo de tabaco y ficción. Que aquel lugar solo persiste en nuestra imaginación o cuando repasamos las líneas de una biografía que nos fascina.

placeholder La calle Gran Vía, Madrid (Europa Press/Ricardo Rubio).
La calle Gran Vía, Madrid (Europa Press/Ricardo Rubio).

En los tiempos en que a TVE iban a debatir escritores y no activistas mediáticos, el programa ‘Su turno’ de Jesús Hermida dedicó una edición a debatir entre ‘Sedentarios y aventureros’. El periodista Manu Leguineche expuso en esa conversación que cuando viajamos anhelamos encontrar el paraíso perdido: “La aventura no existe, es algo que cuando uno va a alcanzar se convierte en espejismo. El animal urbano tiene la necesidad de dar un puntapié al hormiguero, de vivir una vida distinta y original. Uno trata de buscar la aventura más por aquello de lo que quiere huir que de lo que busca. Se sabe bien de lo que se quiere escapar, pero no está claro lo que se quiere encontrar”.

En su momento me fascinó esta alocución, pero con el paso del tiempo no puedo evitar sentir una notable cercanía a lo que responde el periodista sedentario Luis Ángel de la Viuda cuando dice que lo que a él le gusta es pasear por la Gran Vía y mirar escaparates, y que no hay nada más maravilloso que leer el periódico y tomar un café en la principal arteria de la capital española.

No es cuestión de volverse el “hombre caracol replegado sobre sí mismo”, como lo definió Leguineche, pero quizá sí que es el momento de que unos cuantos mitómanos entre los que me incluyo reconozcamos que ni somos de Nueva York, ni vestimos gabardina, ni cazamos elefantes en África. Quizá sea hora de asumir la realidad; me apellido Negrete, nací en Palencia y nuestra gran aventura al terminar bachillerato fue ir a Salou de fiesta. Y que, como mucho, podemos aspirar a enamorarnos en Venecia, o en la Gran Vía, mientras asomamos la mirada por encima del periódico y contemplamos la vida pasar. La de ahora, la única que existe.

Hubo un tiempo en que viajar te daba la categoría de ser mitológico. En el pueblo, cuando decías que habías estado en Nueva York se te ponía cara de Hernán Cortés, y te admiraban como tal. Aquel tiempo pasó, y hoy todo el mundo viaja a todas partes. Los turistas se multiplican como los panes y los peces y por muy genuino que uno busque ser es inevitable mezclarse con esa masa uniforme de guiris.

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