La izquierda en la encrucijada. ¿Construir o no construir?
El bloqueo municipal y la falta de apuesta por el crecimiento agravan la escasez de vivienda asequible, mientras el modelo europeo de construcción masiva sigue sin aplicarse en España
En su momento se dijo que la virtud de Aznar para llegar al gobierno fue avanzar más allá de las lindes del votante del PSOE encontrando el hueco de la centralidad y haciéndolo propio. Justo lo contrario ocurre tres décadas más tarde. Ahora, una de las frases más manoseadas, desde hace ya demasiado tiempo, es esa de que, si la derecha tradicional asume la retórica y las propuestas de la extrema derecha, al final el votante preferirá votar al original y no a la copia. Esta es la tónica general en el panorama político europeo. Las propuestas se radicalizan, y esto qué le ocurre a la derecha, también lo vemos en la izquierda.
Aparte de lo que sucede a nivel nacional, cuando hablamos de ciudades y bajamos al ámbito regional y municipal para hablar de vivienda, de construcción o de urbanismo, se hace evidente que la hegemonía del discurso de izquierdas desde hace tiempo no ha partido de la socialdemocracia sino en la izquierda radical. La moderación ha cedido terreno a un "no tan nuevo" discurso hegemónico que, fuera de algunos departamentos universitarios, fue residual desde 1989 hasta que llegaron aquellos "ayuntamientos del cambio" la década pasada. Su modelo de ciudad, a favor del decrecimiento, parecía una buena forma de racionalizar la carestía generalizada por la crisis del 2008, y sacar al mercado de la mayor parte de ámbitos que configuran la vida en la ciudad, un objetivo que por fin estaba al alcance de la mano.
Pues bien, este discurso fue asumido por la inmensa mayoría de los partidos "progresistas", empezando por un PSOE, que hasta entonces veía en el desarrollo material la forma de que los de abajo alcanzasen una vida plena en la clase media. Sólo en el último año comienza a aparecer un discurso a favor de la construcción. "Construir, construir y construir" declaró hace pocos días Salvador Illa. Construir sí… pero con muchas regulaciones.
"Construir, construir y construir" declaró hace pocos días Salvador Illa. Construir sí…
pero con muchas regulaciones
No solo eso. Por mucho que la retórica a favor de la construcción esté cambiando a nivel del Gobierno Central y de la Generalitat catalana, muchos ayuntamientos del PSOE, que son a quienes corresponde la decisión final sobre lo que se hace en su municipio, siguen en manos de los escépticos del crecimiento. Por mucho que Pedro Sánchez,la ministra Isabel Rodríguez, o Salvador Illa den discursos, hagan anuncios, aprueben un Plan Estatal a bombo y platillo o pongan primeras piedras de cara a la galería, sus subordinados están bloqueando activamente ¿Por orden de arriba? la construcción de vivienda.
De forma que por un lado comienzan a decir que hay que construir mientras que por el otro retienen férreamente el suelo necesario para edificar los nuevos barrios que los ciudadanos necesitan. Con ello, el precio del poco suelo disponible se dispara mientras que el precio de las viviendas debe permanecer asequible comiéndose el margen de quienes quieren construir. Así que, por ahora, los números no le salen al sector privado para que construya las viviendas asequibles que el sector público necesita imperativamente pero no puede pagar. El inversor tranquilo, el que busca beneficios contenidos pero sostenibles a largo plazo requiere alguna zanahorias y menos palos… en las ruedas. El resultado son pocas viviendas asequibles, un aumento de los precios y un mercado en manos de inversores agresivos -grandes y pequeños con capital suficiente para especular con esa subida.
Sigue pesando la ausencia de discurso e ideas que diferencien en muchos municipios las propuestas de los gestores y candidatos del PSOE de las de sus rivales - y a veces socios - de izquierdas. ¿Qué diferencia a Rita Maestre de Reyes Maroto? Si Más Madrid defiende los topes del alquiler, el PSOE dos tazas. Si el menú de Sumar defiende intervenir seriamente la educación concertada -herencia socialista-, construir solamente un parque público de viviendas y eliminar la desprotección de la VPO (otra herencia socialista), o recuperar y aumentar impuestos del patrimonio y de sucesiones, el PSOE, en un "donde dije digo, digo Diego" grita "y dos huevos duros". Puro marxismo…de Groucho y Harpo.
El resultado es que, en el caso de Madrid y otras muchas regiones y ciudades, amenazan con legislar contra esos sectores de la clase media que sociológicamente deberían ser -y fueron- sus votantes. Éstos llevan ya varias legislaturas votando cómodamente a un PP que aplica el desarrollismo material que se le presuponía a la socialdemocracia y que conecta con los intereses de ese 70% de pequeños propietarios urbanos que consideran que la gentrificación o los colegios concertados les benefician. No es población acomodada, pero es la que debe decidir si rascarse o no el bolsillo para que sus hijos formen parte del experimento social de compartir pupitre con los niños de origen más humilde o inmigrantes. Duro, pero cierto. Y esto se acentuará cuando se vea a esos inmigrantes como una competencia en el acceso a las pocas viviendas disponibles.
Si quieren entender a esos votantes a los que en algún momento llegaron a llamar borrachos por "preferir las cañas a la vida", deberían tener en cuenta la importancia de levantar la persiana de un local, o de pagar nóminas y cuotas de autónomo. Esas cosas a las que muchos aspiran en las grandes ciudades. Crecer y ser más prósperos.
Esas aspiraciones son importantes, y hay una diferencia sustancial entre el "aspiracionismo" y la pretenciosidad que la izquierda radical siempre despreció y nunca supo distinguir. Una diferencia que hoy también le cuesta distinguir a la socialdemocracia española, conforme deja de ser el partido de las clases medias para convertirse en el partido de la dependencia.
La apuesta por la abundancia
La escasez ya está provocando una lucha entre clases precarias por una plaza en bote salvavidas y viendo lo que sucede tanto aquí como en el conjunto de Occidente, resulta difícil pensar que sea la izquierda quien vaya a capitalizar el voto en esa lucha. Por eso la socialdemocracia española debería apostar por el crecimiento -y por resolver los problemas que genere el crecimiento-si aspira a ofrecer a esos votantes algo más que precariedad; a tener un discurso propio, acercarse a la centralidad y, en definitiva, a no aceptar que la versión 2.0 de la "Nueva Política Económica" de Lenin, que nos proponen a la izquierda del PSOE, es la única forma de ser de izquierdas en el siglo XXI.
El tema de la vivienda, por su urgencia, es el primer punto en el que la socialdemocracia debería replantearse ciertas posiciones a nivel municipal y regional. El debate sobre si construir o no está secuestrado por la extrema izquierda, que ha colonizado el sentido común del centroizquierda con ideas de un crecimiento si acaso pequeño y excesivamente regulado. Hablan de protección frente a procesos especulativos y a los capitales de grandes inversores. Suena bien porque cualquier discurso que apele al sentido común, aunque sea falaz, debe parecer evidente por sí mismo. Sin embargo, los números crecientes de necesidad de vivienda no sostienen el desequilibrio -a la baja- que supone ese discurso, y los significantes vacíos como el de la especulación no ayudan a entender que, en un país donde nadie regala las hipotecas, los precios y la especulación se disparan precisamente porque hay carestía. La inacción deliberada por el boicot en los ayuntamientos metropolitanos de izquierda está induciendo una burbuja de precios precisamente por no construir lo que necesitamos. Quien puede, compra casas porque en la fila de la escasez aumenta y la puja por vivir en alguna de las pocas que hay disponibles infla los precios más que una subasta en Sotheby's, hasta el punto de que ya es más rentable invertir en viviendas que en la bolsa.
La Europa de izquierdas que no deja de construir
Ser de izquierdas entonces, es ir con el freno de mano echado. Regular mucho y construir poco, como hacen al norte de los Pirineos las ciudades progresistas, con Viena y París a la cabeza…
¡ Ah, amigo! pero es que Viena, París, Copenhague, Amsterdam, Rotterdam, Berlín, Frankfurt, Hamburgo…todas ellas gobernadas por la izquierda y todas ellas espejo envidiado en el que se miran nuestros gestores públicos progresistas, llevan décadas construyendo y construyendo como si no hubiera un mañana. Ampliando los límites de la ciudad y construyendo y enormes barrios y distritos en los que impera la colaboración -que no la extorsión- con el sector privado. Construyendo mix de viviendas públicas -mixtas-libres. Y apostando por edificios con altas densidades. "Construcción y ladrillo", esas palabras tabú -que hoy podrían sustituirse por "prefabricación y paneles de hormigón o madera"- son la otra columna de la política de vivienda socialdemócrata que aquí no termina de aceptarse.
"Construcción y ladrillo", esas palabras tabú son la otra columna de la política de vivienda socialdemócrata que aquí no se acepta
En España, allí donde están en vigor las regulaciones, las subidas de precio no se producen con la renovación del contrato, sino con la firma. Esto beneficia al inquilino, pero deja fuera a mucha gente joven que busca alquilar. A esto se añaden las complicaciones que, en toda España sufren muchos propietarios para rescindir los contratos a las personas vulnerables que no pagan su alquiler hace que hoy nadie en su sano juicio le alquile una vivienda, por ejemplo, a una mujer soltera con hijos a su cargo. La pregunta es: ¿Estamos ayudando a esa mujer o la estamos sacando completamente del mercado?
El problema, es que ahora, tanto ese joven que no puede acceder al contrato de alquiler, como esa persona vulnerable, no tienen alternativa habitacional porque tanto el parque de viviendas públicas, como el de viviendas protegidas, como el de vivienda libre a precios asequibles que necesitamos para asumir a toda esa cantidad de personas, ni está ni se le espera hasta dentro de muchos años. En Europa, primero se hizo una cama de viviendas asequibles y luego se reguló. Aquí hemos empezado la casa por el tejado -extraregulando- y además consideramos que construir mucho y en altura es malo, de derechas, especulativo, neoliberal. Justo aquello que hacen todas las ciudades progresistas.
Skyline de Frankfurt. (iStock)
Si la administración quiere que el sector privado construya las viviendas asequibles que ella misma no puede sufragar, la zanahoria está en la cantidad que se construya. Porque si el margen de beneficio es muy bajo solo sale a cuenta ir a por el volumen, es decir: construir muchas viviendas. Qué suerte que sea justo eso lo que necesitamos. Solamente en Madrid, el déficit de personas sin casa a la que mudarse dentro de 15 años será de más de cuatrocientas mil. Casi medio millón que se sumarán a un número equivalente en Cataluña, según afirmó hace pocos días Oriol Estela, director del Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona y que dista mucho de ser un peligroso "neoliberalóide".
Todos se equivocan, menos nosotros
El Partido Socialista debería ser capaz de encontrar la centralidad que sí que encuentran sus pares europeos en el tema de la vivienda -y que fue su seña de identidad durante décadas-. Una vía de colaboración público-privada en la que se le pierda el miedo a la palabra "construir" y en la que se entienda que una sociedad sana requiere de mezcla de usos y mezcla de rentas en sus barrios y calles. Para ello es necesario que haya muchas viviendas, y que haya una mezcla entre públicas, mixtas y libres bien repartidas en nuevos barrios y distritos. Como hacen en Viena, en París y en otras muchas ciudades de Europa. Este es el modelo progresista que garantiza la cohesión y el ascensor social frente a otros modelos de ciudad donde la segregación por renta dificulta las oportunidades de muchos.
En la España que sufre el verdadero rostro del decrecimiento y en las ciudades donde ese discurso no ha cuajado, hablar de una agenda de progreso pasa necesariamente por una propuesta por la abundancia material y hacerlo de forma que, como dice la Constitución, las plusvalías repercutan en el conjunto de la sociedad. Apostar por el modelo europeo de crecimiento no es solo construir viviendas, sino hacer ciudad, y quien construya su modelo de ciudad estará construyendo una geografía urbana, un modelo social, es decir: un modelo de civilización. Suena grandilocuente, pero si ambas palabras, ciudad y civilización, tienen la misma raíz es precisamente por esto.
Apostar por el modelo europeo de crecimiento no es solo construir viviendas, sino hacer de la ciudad un modelo social
No valen solo las declaraciones si no van acompañadas de actos. Hace dos años y medio que Pedro Sánchez nos prometió 184.000 viviendas pero sus grúas no pueblan el cielo de nuestras ciudades y solo unos pocos miles están entregadas. Si construir mucho es de derechas, entonces ninguna ciudad importante gobernada por la socialdemocracia europea es de izquierdas…o quizá quienes no lo son sean los de aquí. Con sus medidas, su dogmatismo y su cinismo sólo consiguen aumentar los precios y la precariedad de los más vulnerables. Esa, que no es la naturaleza de un partido socialdemócrata y de orden como sí que es en grupos donde anidan las pulsiones de desorden en los extremos ideológicos.
La experiencia de la PAH y el ascenso al poder de Ada Colau y de los ayuntamientos del cambio tuvo todo que ver con el catalizador de descontento que es la vivienda. Por eso, el espacio político de la extrema izquierda, hoy en horas bajas, insiste en profundizar en la escasez a base del mantra de la especulación. Intentan provocar el malestar generalizado que nos arrastre a un estallido social. Quienes capitalicen el dolor causado tendrán su gran momento político cuando haya un gobierno de derechas al que culpabilizar. Pero, si es verdad que los votantes prefieren el original a la copia, será complicado que ese descontento lo capitalice un partido de propietarios como es el PSOE.
En su momento se dijo que la virtud de Aznar para llegar al gobierno fue avanzar más allá de las lindes del votante del PSOE encontrando el hueco de la centralidad y haciéndolo propio. Justo lo contrario ocurre tres décadas más tarde. Ahora, una de las frases más manoseadas, desde hace ya demasiado tiempo, es esa de que, si la derecha tradicional asume la retórica y las propuestas de la extrema derecha, al final el votante preferirá votar al original y no a la copia. Esta es la tónica general en el panorama político europeo. Las propuestas se radicalizan, y esto qué le ocurre a la derecha, también lo vemos en la izquierda.