Tribuna
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Todos empezamos a leer poesía por Robe Iniesta
Las letras de Extremoduro eran un despliegue de recursos literarios que te echaba a coces a los libros de los poetas. Con ellas descubrías que se podía usar un lenguaje sucio y chabacano para llegar a lo sublime
Se ha muerto Robe Iniesta, el profesor de poesía de una generación entera (la mía). Cuántos adolescentes llegamos a Miguel Hernández por Extremoduro cuando en la escuela esos mismos versos no nos decían nada, es algo que no puedo calcular. Cuántos vimos en movimiento la metáfora, la anáfora y la aliteración en esa voz ronca que cantaba. Cuántos caímos en la cuenta de que la flor que se escapa volando entre los dedos y ella sola va marcando el camino, es la heroína pasando por la jeringuilla, y nos pareció que el mundo entero se hacía comprensible.
Había mucha música guitarrera con mensaje, pero las letras de Extremoduro eran un despliegue de recursos literarios que te echaba a coces a los libros de los poetas. Descubrías que se podía usar un lenguaje sucio y chabacano para llegar a lo sublime y que algo de cursilería estaba permitido si a continuación metías un zarpazo descomunal.
Se ha muerto Robe Iniesta, el que a los trece o catorce años te presentaba a tus mejores amigos. Cuántos chavales solitarios habremos descubierto, como quien encuentra un tesoro, a otro chaval solitario del instituto que escucha Extremoduro. En el páramo de la música pachanguera que gustaba a la gente de tu edad, te cruzabas con otro que sabía decir Deltoya y parecíais almas gemelas desde el primer minuto. Si le gustaba Extremoduro ya no hacían falta más pruebas de que era tu mejor amigo. Así conocí a José Ignacio López Hernández, que hoy es también poeta y además profesor, y que en aquella época fue mi mejor amigo, porque los dos creíamos ser las únicas personas de este mundo, que era un pueblo de Murcia, que realmente entendían a Robe.
En su cuarto poníamos una vez y otra los discos buenos, Agila, Somos unos animales, Pedrá, ¿Dónde están mis amigos?, Deltoya, y aquellas cosas que decía Robe nos hablaban de tú a tú y nos convencían de que había en otros mundos (otros pueblos de Murcia y más allá) más gente rara como nosotros. Se ha muerto Robe Iniesta, el que de pronto te enseñaba lo que es la libertad y a defender tu criterio contra todos.
Recuerdo cuando empezó la batalla entre la SGAE y la piratería y Robe, al que tenían por tonto, salió a gritar que los que se descargaban sus discos eran unos hijos de puta y que el trabajo de los artistas había que pagarlo. En aquellos días, otros músicos de la órbita perrofláutica debían pensar lo mismo, pero no se atrevían a decirlo por miedo a enfadar a sus fans. Pero Robe siempre decía lo que pensaba, y eso no encajaba con ninguna consigna, ni soltaba lo que tú querías oír. Por eso tuvo durante su vida muchas polémicas como esta. Lo acusaban de rojo o de facha, de vendido y de comercial, de traidor a sus propias esencias y de sinvergüenza, pero el club de fans no hacía otra cosa que crecer y nuevas remesas de adolescentes empujaban a los fans de la vieja guardia hacia las esquinas del concierto.
La evolución de Extremoduro y luego de Robe en solitario me alejó de esta música. Los últimos discos los encontraba pretenciosos, pero la causa es que a mí me había entrado aquello con su sonido roto y su producción cutre en vena en los años más intensos, cuando los discos no suenan fuera, sino que retumban dentro. Y esa es otra cosa que nos enseñó Robe. Nos enseñó a los primeros fans, a los puristas del primer Extremoduro, que nos hacíamos viejos. Nos habían crecido las barrigas, se nos habían caído los pelos, alguno tenía que dejar de beber, pero la constatación de mi viejunez la recibí la última vez que fui a un concierto de Extremo y miré a mi alrededor y me cagué en la hostia de tanto puto crío. Creí ser el padre de varios, me molestaban esos recién llegados, esos nenes y nenas, pero luego me fijé mejor, los oí cantar, les vi las caras, y comprendí que no había cambiado nada, sino que estábamos ahí los mismos: yo, el José Ignacio, su novia aquella tetona e intensita, solo que estábamos allí transfigurados, 20 años antes, 20 años después, con las caras llenas de granos ante el artista que nos había enseñado la poesía.
Ya no fui a más conciertos de Robe porque ahora iban a los conciertos de Robe los que tenían pleno derecho a sentir lo que yo sentí.
Se ha muerto Robe Iniesta, el profesor de poesía de una generación entera (la mía). Cuántos adolescentes llegamos a Miguel Hernández por Extremoduro cuando en la escuela esos mismos versos no nos decían nada, es algo que no puedo calcular. Cuántos vimos en movimiento la metáfora, la anáfora y la aliteración en esa voz ronca que cantaba. Cuántos caímos en la cuenta de que la flor que se escapa volando entre los dedos y ella sola va marcando el camino, es la heroína pasando por la jeringuilla, y nos pareció que el mundo entero se hacía comprensible.