Tribuna
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Reflexiones en torno al nuevo año
Convendría hablar menos y dar más, valorar lo pequeño para ser más grande, mirar hacia abajo para luego subir, contemplar al débil para vernos en su espejo
Para el nuevo año todo son deseos y propósitos. De manera ritualizada, nos deseamos lo mejor y nos empeñamos en nuevas metas. De manera oficial, vamos a ser buenos e incluso mejores. La felicidad a alcanzar se convierte, por arte de la palabra, en un objetivo compartido.
Más allá de la retórica, tal vez sería una ocasión para hacer un descanso y, sin aspavientos, reconocer que somos seres que caemos una y otra vez, que lo bueno habita en unos afectos excesivamente callados. Vendría bien menos poesía barata y más tranquilidad y silencio. Incluso una cierta y elegante melancolía. No se trata de caer en la tristeza o de ver todo oscuro. Se trata, más bien, de conformarse con la levedad de nuestro ser y de no engañarse con hazañas en las que no se cree. Y de mirar, bajo tanto despilfarro ridículo, y con sano escepticismo, el paso de unos días que nos llevan de un año a otro.
En este juego de la oca aparece la casilla de la fiesta de los magos evangélicos, hoy vestidos del muy publicitado Papa Noel. El regalo sustituye al turrón. Y acabadas las fiestas navideñas, vestidas esta vez con pedantería de saturnalias, comienza la cuesta de enero. Una cuesta que recordamos los más mayores como muy empinada y dolorosamente pobre.
El grito es uno de los males de nuestros días, ocupa todo el espacio sonoro y anula el pensamiento. Necesitamos calma.
Sería preferible hoy algo llano en donde se avanza sin bandazos, codo a codo y sin gritos. El grito es uno de los males de nuestros días, ocupa todo el espacio sonoro y anula el pensamiento. Necesitamos calma. Necesitamos un cariño que, al ritmo que vamos, se nos va de las manos. Convendría hablar menos y dar más, valorar lo pequeño para ser más grande, mirar hacia abajo para luego subir, contemplar al débil para vernos en su espejo. Y huir de discursos llenos de farsa o promesas tan huecas que son puro aire.
Después de las campanadas de Fin de Año se acostumbra a dar un beso. Recuperemos el beso. El beso une, acerca, es silencioso. Habría, sin embargo, que escucharle Porque el beso sí que es una promesa de felicidad.
Para el nuevo año todo son deseos y propósitos. De manera ritualizada, nos deseamos lo mejor y nos empeñamos en nuevas metas. De manera oficial, vamos a ser buenos e incluso mejores. La felicidad a alcanzar se convierte, por arte de la palabra, en un objetivo compartido.