Tribuna
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Irán... y volveremos
Sorprende que muchos de los que se oponen y critican a la República Islámica de Irán silencien sin embargo lo de Islámico, incluso si se trata de gente de declarado laicismo
Poco voy a decir sobre lo que está sucediendo en Irán o Persia, puesto que ya se ha lanzado la habitual legión de opinadores a explicarnos que es lo que pasó, pasa y pasará en ese país. Pero hay algo que, sobre todo, se muestra con claridad. Conviene ponerlo de manifiesto y no oscurecerlo con brumas extrañas a los hechos. Lo primero que habría que resaltar es la represión de un régimen que, queriendo gobernar a la gente desde el cielo y con la ayuda del infierno, es un califato islamista y, en consecuencia, teocrático.
Sorprende que muchos de los que se oponen y critican a esa República Islámica, que de república tiene muy poco, hablan solo de un Estado represor, ultraderechista, conservador y adjetivos semejantes. Silencian, sin embargo, lo de Islámico. Incluso si es gente de un declarado laicismo y que desea que nuestro país sea laico y no criptoconfesional, separando así con nitidez la Iglesia del Estado. Es como si les diera miedo o vergüenza.
Qué se esconde bajo dicha cautela, no lo sé. Sospecho que es cierta ignorancia sobre lo que representa un monoteísmo extremo. Desde tal absoluto poder divino se derivan, por ejemplo, la sharia y el control de todo el espacio que correspondería a una ciudadanía democrática. También puede tratarse de un raro tipo de progresismo que se opone a lo propio para ensalzar lo ajeno. Pero los hechos y las palabras deberían darse la mano, llamando a las cosas por su nombre.
Por otro lado, está el valiente papel de las mujeres en su lucha contra los todopoderosos ayatolás. No han sido ni son las únicas, pero sí son la cara visible del derecho de la mujer a hacer lo que quiera contra la imposición machista. Una mujer desprendiéndose de un impuesto velo o cortándose el pelo está siendo el símbolo de la libertad. Y no apoyarlas o silenciarlas es signo de extraña resignación.
Me gustaría hacer ahora alguna precisión a lo que he dicho. Lo expuesto no es un ataque a la religión. La religión es un fenómeno universal con muchas variantes. Y una opción personal a respetar. De internis, neque ecclesia. Incluso en la referida religión, proveniente de la predicación de Mahoma, encontramos notables diferencias. No es lo mismo, por ejemplo, Bosnia e Indonesia que Irán o Arabia Saudí. Por no hablar del poético sufismo.
Una mujer desprendiéndose de un impuesto velo o cortándose el pelo es símbolo de la libertad. Y no apoyarlas es signo de extraña resignación
He hablado de Irán hoy. En este contexto me parece que es absurdo entretenerse ahora en intenciones o especulaciones, como si se poseyera una brújula mágica. Mi simpatía por Trump es cero, pero repito que hablo de lo que sabemos ahora en Irán. Tampoco hablo de cómo se va a mover el tablero internacional o de que en otros lugares están igual o peor. Del tablero solo sé que ganarán las fichas con más poder del dinero. Y que denunciar a unos no es blanquear, palabra un tanto ridícula, a otros.
Vayamos a lo concreto y avancemos como podamos. Yo no soy bueno porque el otro sea malo, que decía el clásico. Pero no me callo ante una injusticia aunque haya, y es una desgracia, muchas más. Entretanto, ¡mujeres del mundo, uníos! Mujeres y hombres.
Poco voy a decir sobre lo que está sucediendo en Irán o Persia, puesto que ya se ha lanzado la habitual legión de opinadores a explicarnos que es lo que pasó, pasa y pasará en ese país. Pero hay algo que, sobre todo, se muestra con claridad. Conviene ponerlo de manifiesto y no oscurecerlo con brumas extrañas a los hechos. Lo primero que habría que resaltar es la represión de un régimen que, queriendo gobernar a la gente desde el cielo y con la ayuda del infierno, es un califato islamista y, en consecuencia, teocrático.