Luis Alberto de Cuenca sueña con Mantegna
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Peio H. Riaño

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Luis Alberto de Cuenca sueña con Mantegna

El poeta, ensayista y filólogo se queda con 'El tránsito de la Virgen' por su modernidad y la actitud vanguardista del pintor del Quattrocento

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Poeta, ensayista y filólogo, exdirector de la Biblioteca Nacional de España, ex secretario de Estado de Cultura y académico en la Real Academia de la Historia, Luis Alberto de Cuenca (Sevilla, 1950) reconoce que es difícil elegir un solo cuadro del Museo del Prado. Para cumplir con el pedido avisa que seguirá las lecciones del “maestro d'Ors” para “no pecar de original y porque, además, qué caramba, su cuadro favorito de nuestra primera pinacoteca me gusta muchísimo”.

“Me estoy refiriendo a ese cuadro, tan belliniano, que Eugenio d’Ors (1881-1954) salvaría de un hipotético y malhadado incendio que acabara con todos los tesoros menos uno del Museo: El tránsito de la Virgen, de Andrea Mantegna (1431-1506), pintado alrededor de 1461 y destinado en origen a la capilla del Palacio Ducal de Mantua”, explica el autor de Los caminos de la literatura (Rialp, 20015). Hay razones sentimentales de por medio: “En casa de mis padres había una bonita copia, muy bien enmarcada, de El tránsito de la Virgen, pintada por uno de esos numerosísimos copistas que uno ve, con su caballete y su paleta, pincel en ristre, plagiando maravillas en el Prado”.

El pintor del Quattrocento fue el encargado de diseñar la capilla para los Gonzaga, que destruyeron un siglo más tarde. Se conservan cuatro tablas, repartidas por diferentes museos, y se piensa que han desaparecido tres. Con ellas se completaría el ciclo iconográfico, que debería culminar con la escena del Prado. Los logros de Mantegna son reconocidos por su actitud absolutamente vanguardista de la perspectiva, alejada por completo de la concepción convencional. Rompe la visión lineal y medievalista a golpe de escorzo. Los suyos son los primeros pasos que irán acercando la pintura a una copia verídica de la naturaleza.

Es un cuadro que hace soñar y fertiliza imaginaciones.

“Es puro surrealismo avant la lettre, y a mí todo lo que sea susceptible de llevar el remoquete latino ante litteram me interesa muchísimo. Me pasa igual con la obra completa de otro de mis pintores preferidos, Piero Della Francesca, de quien, para desdicha nuestra, no poseemos ninguna obra en el Museo”, reconoce De Cuenca.

“La historia de ese cuadro de Mantegna en las colecciones reales se inicia con la compra del mismo por Felipe IV, junto a muchas otras piezas memorables, al subastarse los bienes del decapitado Carlos I de Inglaterra, a mediados del siglo XVII. Es un cuadro que hace soñar y fertiliza imaginaciones. Comprendo que al gran Xènius le fascinase y que en el juego clásico del incendio devastador optase por salvarlo en su delicioso libro Tres horas en el Museo del Prado (1922)”.

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