Lo has conseguido, Alberto

Un día dijiste que tu deseo era retirarte y que te recordáramos como un ciclista que siempre lo intentaba, un corredor valiente. Y yo me guardaré para mí esa percepción en la memoria

Foto: Alberto Contador celebra el podio su victoria de este sábado en el Angliru. (EFE)
Alberto Contador celebra el podio su victoria de este sábado en el Angliru. (EFE)

Lo has conseguido, Alberto.

Cuando los veranos se hacían largos, ahí estabas tú para animarlos. Cuando empezaba a engancharme al ciclismo veraniego, intentaba buscar entre las coloridas y apretadas camisetas del pelotón a ese del que tanto me habían hablado hasta mis padres, que les daba bastante lo mismo el ciclismo. Me habían contado que Indurain hacía lo mismo que esos, pero mejor, mucho mejor. Que competía como los demás, pero les ganaba siempre a todos. A mí me enseñaron que España era una potencia sobre la bicicleta y me lo tenía que creer, pues era un niño que escuchaba atentamente lo que le anunciaban sus mayores y la experiencia aún no le había enseñado a dudar de su palabra, pues a veces una mentira con vaselina duele menos que una verdad a secas.

Y claro, yo me sentaba ahí, delante de la televisión mientras los demás dormían plácidamente una siesta sudorosa, y buscaba al español que iba a quedar primero en todas las carreras. Un día tras otro, lo esperaba y no aparecía. El par de comentaristas, vigente aún, hablaban de otros de los nuestros. Se llamaban Fernando Escartín, Joseba Beloki y Abraham Olano. Los animaba desde la comodidad del sillón y en mi inocencia concebía como posible ganarle al americano ese que todo el mundo sabía que hacía trampas pero nadie lo decía.

Un día el bribón dijo que no quería seguir y se abrió el camino a los demás, a los mortales. Nos alegramos mucho por la victoria en diferido de Óscar Pereiro, pues confirmaba en cierta manera, una muy vaga, que aquello de que los españoles eran buenos montando en bici no era un cuento infantil que había oído repetidamente. Pero se intuía que era efímero. No había un ciclista de clase mundial en el buen gallego, sí un currante que se encontró de repente con el mayor de los premios. Te tocó a ti hacernos creer que cada verano se podía ganar el Tour de Francia. Incluso se lo ganaste al trilero texano cuando decidió que se aburría en su rancho y que quería más, pese a que anunciaba a bombo y platillo que no, que todo era para su lucha contra el cáncer y todo eso que acabó tan manchado como su reputación y el deporte que tanto le dio y al que tanto le quitó.

Me hiciste odiar a Andy Schleck. Qué culpa tendría él, oye. Ninguna. Era buen ciclista. Otro de los héroes pasajeros que pueden contarle a sus nietos que ganaron el Tour. Este chico luxemburgués, que era mejor que su hermano pero que duró sobre el sillín mucho menos que él, celebró ese éxito también al tiempo. Porque nos engañaste, Alberto. Era poquísimo, sí, pero había ahí clembuterol. Muchos dejaron de creer en ti, les avergonzaste. Otro más de esa generación milagrosa surgida de la era Armstrong que se ensuciaba las manos. Solo nos quedaron limpios, que sepamos, Purito y Freire. Una ínfima mácula puede estropear el mejor de los trajes. Y no había traje más elegante que el tuyo.

Ha sido una Vuelta dura, pero la ha disfrutado. (EFE)
Ha sido una Vuelta dura, pero la ha disfrutado. (EFE)

A mí me quedaban dos salidas posibles. Solo dos: la primera era odiarte, despreciarte como hacían los demás, pues habías faltado al pacto no firmado de confianza entre el deportista de élite y el aficionado, y más en mi caso, que a mi versión como seguidor le añado la teórica rigurosidad de mi profesión; la segunda era perdonarte. Opté por la segunda. Al final, no me quedaba salida. ¿Qué hago, os desestimo a todos los ciclistas por los errores que habéis cometido en el pasado o que seguís cometiendo en el presente y que cometeréis en el futuro? Quizás debería, pero me quedaría sin deporte que adorar.

Tiendo a creer que una vez aplicado el castigo, el reo se siente culpable del mismo y promete no volver a cometerlo. Sé que no siempre es así y confío en que vosotros, los de tu generación y todos los de las anteriores, aprendisteis la lección y que ahora corréis limpios. Mientras un análisis no diga lo contrario, estoy en lo correcto. Y a mí, después de caer, me pareció verte alzarte sobre los demás. Todos te exigían, yo incluido, que ganases otro Tour. No era posible, habías perdido tu 'mojo', no hay mejor palabra para definir esta sensación. Me explico: se te veía sin la frescura de antes, esa que te permitía arrancar a muchos kilómetros de meta sin necesidad de mirar atrás y que te mostraba superior a cualquiera que se atreviese a retarte. Lo probabas una y otra vez, pero nada, te atrancabas, esperabas un acompañamiento, necesitabas un apoyo que antes resultaba innecesario.

Y aun así, lo conseguiste, Alberto. Un día dijiste que tu deseo era retirarte y que te recordáramos como un ciclista que siempre lo intentaba, un corredor valiente. Y yo me guardaré para mí esa percepción en la memoria. No ibas a ganar tu última Vuelta, lo sabíamos todos tan bien como tú. ¿Y qué más daba? Viniste a casa a disfrutar, a hacer lo que te diera la gana cada día, a ganar una etapa (¡y qué mejor que en el Angliru!) y es lo que has hecho, que para eso has ganado siete grandes. Me divertiste con tus ataques, con esos que servían para algo y los que te hacían perder un mundo con respecto a tus rivales. Te lo has pasado bien y has hecho que nos lo pasemos bien.

No sé los demás, pero yo sí te voy a echar de menos, Alberto.

A rueda

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