Simeone escoge a todos antes que a Villa y Diego, que arden en el banquillo
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Antonio Sanz

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Simeone escoge a todos antes que a Villa y Diego, que arden en el banquillo

El Cholo sabe que maneja dos ‘bombas’ que pueden explotar en cualquier momento. El grupo, eso sí, vive muy compacto: “no pasa nada si somos dos menos”

Foto: David Villa celebra un gol marcado a la Real Sociedad (Reuters)
David Villa celebra un gol marcado a la Real Sociedad (Reuters)

Tanta pelea, tantos minutos de conversación, tantas horas para encontrar las frases más coherentes que sirvieran para convencer con Fútbol a la dirigencia para cerrar aquellas apuestas. Hoy, todo se vuelve en contra de quien no merece equivocarse. El Atlético se encargó de cautivar durante varias semanas a dos estrellas, con uno el gasto se hizo durante el verano y con el otro, en la aún no finiquitada estación invernal. Los dos optaron por animarse a arrimar su figura a una entidad que ahora acoge a los importantes con puro poder de selección. Se recuerda una época, no tan lejana, en la que firmar por el Atleti ni seducía, ni se estimaba, era más bien un marrón posicionarse en el Manzanares. La renuncia, admitida como desprecio, hería el orgullo de unos colores que atravesaban el peor momento de su legendaria historia (hablo de la estancia en Segunda división).

Simeone nunca renunció a volver en una segunda etapa como futbolista, aunque no conjugó ni su mejor momento ni el que presumía la entidad. Lo mismo le sucedió cuando recibió en Buenos Aires la llamada de Miguel Ángel Gil, en la Navidad de 2011. Tocaba en crisis debutar como entrenador. Sin pudor armó las maletas, alineó sus pensamientos y aterrizó con el orgullo tan intacto como suficiente. Esa vanidad tan característica en su personalidad consiguió contagiar al grupo con un feroz entusiasmo. Ésta es la verdad de este Atlético de Madrid. Las ganas de ganar que desde siempre ha empeñado su entrenador. Las mismas que tras tres derrotas consecutivas, por primera vez en su estancia, afloraron para recuperar viejos fantasmas que se aproximaban a la misma velocidad que con adversa latitud antes se alejaron.

El Atleti coge aire tras sufrir y ganar en San Siro. La bocanada de ánimo propone un nuevo aroma de éxito. No queda tan lejos el atronador estallido de las alarmas que se dispararon cuando el equipo no compitió ante el eterno rival. Con esa misma facilidad con que se encienden, se apagan, ¡milagro de hoy! Pero el cuerpo técnico comprendió que la pieza deseada para el buscado casi perfecto engranaje había fallado. La estructura se resintió porque la aportación del reclamo anhelado sólo había perjudicado. Los técnicos mascullaban. El viento a favor, la tarde frente a la Real Sociedad, sirvió para equivocar al entrenador. Esa jornada permitió al talentoso futbolista subirse a una ola que premiaba el esfuerzo colectivo. Todo a favor de corriente. La compañía era real y el atractivo del recién llegado, otra vez, rubricó el cartel, pero otorgó un extraño jugo al cóctel. Tras esa reaparición se encadenaron tres derrotas.

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Antes, ya se analizaba el rendimiento de la primera estrella firmada. Nada anormal, lo vivido era consecuente con las expectativas creadas por el club. La cuestión física siempre se debatió internamente, si bien, la conclusión alcanzada se cernió en que era mejor mantenerlo a tope para disputar noventa minutos por semana. Y así lo ha embarcado Simeone en el proyecto. Sin sentirse acomplejado por una afición que lo lanzó al Olimpo de sus ídolos destacándole como el mejor recibido. Nadie recuerda una acometida tal en una presentación en el Vicente Calderón. El delantero, de los quince partidos de Copas (Champions y del Rey) celebrados, sólo ha participado en cinco, y sólo en uno de los quince ha completado los noventa minutos. En los mismos, un único gol para la cosecha. El entrenador argentino decidió desde el principio que la aportación del rutilante goleador se exprimiría durante el torneo liguero. Esa era la exigencia y esa era la decisión.

Pero ahora llega lo bueno. Siempre han dicho los sabios que cuando el calendario señala febrero las ansiedades percuten en los protagonistas. Y más cuando el Mundial de Brasil se espabila. Los dos protagonistas renunciaron a grandes cantidades económicas prevaleciendo las deportivas. Por eso Villa dejó el Barcelona y por eso Diego dejó el Wolfsburgo. Milán era la primera estación estelar en el camino del Atlético de Madrid. Y Simeone estimó que los dos no ocuparían lugar destacado en los créditos. Por diferentes razones, con igual dimensión común: el ardor del banquillo.

David Villa sonreía en San Siro. El Atleti había ganado. Por dentro, en el interior de su parecer, no entendía la determinación del entrenador de eliminarle de una alineación tan importante. El prefirió, tras una reunión en su tierra con los dirigentes rojiblancos, emprender la aventura atlética por el entusiasmo que le reclamaba el Cholo. Sin embargo, los últimos metros de esa carrera han decepcionado a quien consintió el fichaje. Hoy Simeone sólo lo ve para una competición, la Liga. Lo ayudará para jugar el Mundial, pero nunca perjudicando la esencia del comando. Un grupo que es consciente que el ‘Guaje’ tira, pero una vez por semana.

Diego Ribas sonreía en San Siro. El Atleti había ganado. Por dentro, tras calentar y calentar aproximándose a la banda y no ser elegido para el cambio, se desmoronó. Él había fichado para estos partidos. Él ha jugado en Italia y estas noches son las que deseaba vivir cuando maldecía su suerte en Alemania. Sin embargo, tras tres oportunidades en las quese convirtió más en alero que en base, basta el símil del Baloncesto para explicar que actuó más como un solucionador de problemas individuales que como el creador de juego requerido, se apagó su estrella. La misma que no se encendió en Milán.

Antes todos que el ‘Guaje’. Antes todos que Diego. Simeone sabe que maneja dos ‘bombas’ que pueden explotar en cualquier momento. El grupo vive compacto: “no pasa nada si somos dos menos”.

David Villa Diego Simeone
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