¿Para quién trabaja hoy Guardiola?

Ese empeño por encontrar la perfección no acabará con la salud de quien se presentará en Manchester como niño con zapatos nuevos. Pero que nadie espere que su toque de corneta se apague en Múnich

Foto: Pep Guardiola, entrenador del Bayern de Múnich. (EFE)
Pep Guardiola, entrenador del Bayern de Múnich. (EFE)

Todo se tejió en el último mes del año del tiempo que pasó. Lo primero que hay que dejar claro es que a Pep Guardiola no lo echan del Bayern, él ha sido quien ha decidido no renovar. Lo segundo es que en su condición de gran entrenador, contaba con varias propuestas para elegir faena. Y lo tercero es que vuelve a ser fundamental en la decisión a tomar el peso de su propia historia. Esa constante búsqueda del desafío, ese encontrar ánimo para el nuevo reto, ese empeño permanente en hallar el gusto por el buen fútbol. Por tanto, tras considerar que en Alemania ya se había quedado vacío, la ecuación se cerraba: no podía permitirse no subir esta vez al tren de la Premier. Hace tres años, tras elegir Múnich, entendió que la estación inglesa debía esperar. Ahora es la oportunidad de reencontrarse con viejos amigos y de dirigir a uno de los clubes con mayor potencial económico del balompié moderno. Pero no, la monetaria no es la razón del cambio. Como ya apuntó en reiteradas ocasiones, siempre ha seducido a su personalidad rebelde la manera en la que Inglaterra concibe este deporte. Si en su etapa como futbolista le quedó esta asignatura por aprobar, como técnico no pretende tenerla más tiempo pendiente.

Su abrupta salida del FC Barcelona lo condujo hasta Estados Unidos para cargar la batería que ya le había mostrado el piloto rojo. Pep optó por la cosmopolita gran manzana para analizar ofertas y elegir destino. Allí, en pleno corazón neoyorquino, se reunió con diferentes personalidades del mundo del fútbol realizando un casting de trabajo. Él no necesitaba presentar el currículum. Su etiqueta de innovador sirve más que suficiente para encandilar a los más poderosos. Sin embargo, y pese al deseo pretérito de trabajar en la Premier, sorprendió con un giro inesperado. La oportunidad que le presentaron Uli Hoeness y Kalle Rummenigge, dos históricos del Bayern como Pep lo fue del Barça, acabó de inclinar la balanza hacia territorio bávaro. La ocasión de firmar un contrato a medio plazo -tres temporadas- no acomodó a un entrenador que a su llegada recogió una herencia envenenada: el equipo lo había ganado todo. Esa fue la primera cuesta empinada que se encontró, bastante después de firmar el compromiso.  

Aparcada entonces la Premier, pese a su encanto, al ambiente que rodea la competición, al apoyo incondicional de los fans, al orden del torneo… Múnich se convirtió en el reto. El Bayern acababa de reinar en Europa, pero buscaba con Guardiola un periodo de tiranía, algo parecido a lo que el catalán había conseguido con el FC Barcelona. Repetir trofeo como campeón de Europa ha sido un desafío con empeño, más allá de los títulos que caen con el trabajo doméstico. Pero en ese camino se cruzaron Ramos y Cristiano, y después Messi. Dos noches aciagas y consecutivas que lo apartaron a cuajo de la gran cita. Sin embargo, el bienio, más allá de la doble caída, había escrito algunos episodios feroces contra Guardiola. La más dura tocó la fibra personal: la entrada en prisión de Hoeness, su valedor, el hombre que lo arropó en los tenues momentos; lo más desagradable: el enfrentamiento con el histórico médico del club -casi cuarenta años en la entidad- Müller-Wohlfahrt por los métodos empleados en la recuperación de algunos futbolistas; lo más ruidoso: las críticas despiadadas a su concepción del juego de algunos clásicos como Beckenbauer, verso suelto y presidente honorífico, Kahn, Matthaus o Effenberg; y la más verosímil: ajustar el código de conducta del vestuario cuando los protagonistas han confirmado la salida del entrenador y pueden dejarse ir. Que nadie olvide que Guardiola quiere marcharse ganando porque los cinco títulos cosechados hasta hoy no son suficientes. Pero el desgaste y el esfuerzo cotidiano en busca de la perfección acabaron con un futuro más longevo en Múnich.

Estas son algunos de los motivos, con más o menos peso, que han llevado a Pep a rendir pleitesía a la Premier. En esa fantasía de escudriñar los mercados y las culturas tocaba vivir en Inglaterra, tras hacerlo antes en Italia, Qatar o México. Pero del Reino Unido contaba con dos ofertas de cheque en blanco: la elegida y el Chelsea. Hasta los últimos días de diciembre, Abramovich trató de persuadir a quien considera el mejor técnico del planeta. Si Mourinho era la solución popular por el arraigo con el aficionado, Guardiola es la esencia del juego, el amasador del fútbol, alguien capaz de amalgamar características heterogéneas en los buenos jugadores para terminar de convertirlos en mejores. El foco estaba puesto en seducirle con un proyecto, no con dinero. Pero Guardiola ha entendido que no podía fallar nuevamente ni a Beguiristain ni a Soriano. Son los mismos que han sabido esperar tres años y que tras el primer ‘no’, entregaron la dirección deportiva de la plantilla a Manuel Pellegrini, quien ha conseguido dos títulos -una Premier- y en este curso pelea aún por los cuatro. Ese compromiso no escrito de volver a trabajar mano a mano con Txiki ha motivado a Pep que desde la lejanía ha aportado las líneas maestras del nuevo proyecto. No va a despistarse ni un momento del Bayern, pero también observa de reojo lo que acontece al norte de Inglaterra. 

Pep Guardiola, con Manuel Pellegrini al fondo, durante un City-Bayern. (EFE)
Pep Guardiola, con Manuel Pellegrini al fondo, durante un City-Bayern. (EFE)

La Prensa inglesa ha desvelado que Guardiola será el entrenador mejor pagado del mundo con unos honorarios cercanos a los 25 millones de euros por temporada, además de premios por la consecución de títulos. Sin embargo, este no es el reto de Pep. Su padre, Valentí, descubrió el germen de la idea del chico: “Entiende el fútbol como una obra de arte. No sólo busca ganar, pretende que sus equipos logren la victoria de la forma que entretenga también al aficionado. Cambiará la mentalidad del fútbol inglés”, dijo en una entrevista en la BBC que se salpica en los medios británicos. Ese afán por mejorar y por crear, ese empeño por encontrar la perfección no acabará con la salud de quien se presentará en Manchester como un niño con zapatos nuevos. Eso sí, que nadie espere que su toque de corneta se apague en el Bayern. Exigencia hasta el último día. Y ya se sabe, esto del fútbol es ganar, ganar, ganar y volver a ganar. Pero Guardiola, además, lo quiere hacer bonito. 

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