la otra historia de uno de sus mayores rivales

¿Sabéis a quién debería llamar Lewis Hamilton estos días?

Los dos últimos grandes premios no han sido muy afortunados para Hamilton, dentro y fuera de la pista. Pero hablando de fortuna, tiene un espejo de perspectiva donde mirarse

Foto: Lewis Hamilton en su box de Suzuka (Foto: @LewisHamilton).
Lewis Hamilton en su box de Suzuka (Foto: @LewisHamilton).

Lewis Hamilton seguro que no leerá esta columna, escrita con el mismo respeto con el que justificó el pasado sábado su espantada en la rueda de prensa de Mercedes. Unas líneas que solo pretenden recordarle su fortuna en la vida ante el espejo que le ofrece uno de sus mayores rivales en los circuitos del pasado, mucho antes de llegar a la Fórmula 1.

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“Dolor indescriptible”, nos decía en un comunicado tras la rotura de motor de Sepang. Puede que entre los que siguen el estilo de vida profusamente compartido por el propio Hamilton en las redes sociales, haya quienes lo estén pasando infinitamente peor en otros órdenes más importantes de su existencia. Negarse a la rueda de prensa de Mercedes confirmaba lo dolido que estaba ante algunas críticas por el futil episodio del Snapchat. En la celebración del título de Mercedes su cara llegaba al suelo tras otra derrota y se evaporó en cuanto pudo. ¿A quién debería pegarle un telefonazo para recobrar la perspectiva?

Uno de los mejores de la mejor generación

No se había sentado en un kart desde hacía siete años. No competía desde hace trece. Su hermano inscribió el pasado enero en el British Rental Kart Championship, una especie de campeonatos para aficionados. Le daba nauseas. Sudaba. No quería subirse al kart. No quiso saber nada de las carreras durante mucho tiempo. Ahora es un vendedor de coches. Pero en su día, Colin Brown fue campeón del mundo de Fórmula A, y el mayor rival que tuvo Hamilton, que puede leer en detalle toda su historia en Motorsport Magazine.

A primeros de los noventa, Brawn se convirtió en uno de los mejores pilotos de karts de Gran Bretaña. Con 13 años vivía en Italia, donde también ganaba a los mejores equipos y pilotos del mundo. En el 2000 llegó a la Fórmula A, la cúspide, donde se encontró con Hamilton y Rosberg, en el mejor equipo de la categoría, MBM, nada menos que Mercedes-Benz McLaren.

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Kubica, Hamilton, Rosberg, Di Grassi, Maldonado, van de Garde, Conway..., se juntó una de las mejores generaciones de pilotos en años. Brawn estaba entre ellos. De los cuatro títulos de la categoría en juego, dos fueron para Hamilton y otros dos para Brown, entre ellos el Campeonato del Mundo. Recibió aquella temporada el ERA Trophy Club al piloto con más méritos fuera de Gran Bretaña.

El no a Briatore

Para el paso a los monoplazas se puso en manos de un ex piloto, David Hunt. Todos reconocían un talento natural inmenso en Brown, para quien un monoplaza y un circuito daban todo el sentido a su vida. Su fama llegó hasta Flavio Briatore, quien le ofreció un acuerdo. El italiano se sentó con Hunt y Brawn. Este le preguntó a a su manager si tendría dinero para llegar a la Fórmula 1, porque había oído demasiadas cosas sobre Briatore. Su manager le contestó afirmativamente. Pero le mintió. Tres meses después, Hunt se había quedado sin dinero. Hamilton, mientras tanto, estaba ya en manos de Ron Dennis.

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Sus antiguos jefes de equipo en Italia le querían de nuevo allí. No había mucho dinero. Le sentaron en un Euro F3000. Pilotar era toda su vida, que exprimía para disfrutar a tope con las experiencias físicas y mentales que le proporcionaba un coche de carreras al límite. John Byfield, manager de Button, le ofreció otro contrato y la promesa de un puesto como probador en un equipo de F1 en 2004. También le mintió. Se quedó colgado de la brocha. Nunca volvió a subirse en un coche de carreras en su vida. Aquel año, Rosberg ganó el título de GP2 y Hamilton la Fórmula 3 en 2005.

Depresión y autodestrucción

“Colin tenía toda la pasión el talento, la habilidad…Siempre era una amenaza para nosotros. Si hoy hubiera estado en la Fórmula 1, sería uno de los más solicitados. Se me rompe el corazón cuando digo esto”. Era Anthony Hamilton quien así hablaba. Totalmente destrozado por el fin de su carrera, Brown ni siquiera podía acercarse físicamente a un circuito, pensando dónde podía estar y no estaba. Entro en una fase de autodestrucción en la que se entregó a la bebida, a la bronca. No podía aceptar el destino de una vida fuera de un coche de carreras, más si cabe viendo a sus antiguos rivales. Había perdido hasta la ilusión de vivir. En definitiva, cayó en la depresión. Durante años, al menos una vez a la semana, jugaba con la idea del suicidio, llegó a reconocer.

Su hermano nunca le abandonó. El nacimiento de su hija le dio un motivo para vivir. El pasado enero se subió a aquel kart de alquiler para competir. Volvió a sentirse vivo. Hasta algunos equipos británicos le llamaron para que probara sus karts. “Haría todo otra vez igual, solo por volver a vivir esos momentos tan intensos”. Hoy vende coches en Croydon.

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A pesar de las distracciones fuera de la pista, Rosberg y Mercedes han reconocido que la dedicación de Hamilton a su trabajo es total para luchar por su cuarto título. Pero estos días de Snapchat y avión privado, de las quejas sobre cierta prensa, de ese “dolor indescriptible” por un motor en Sepang o un título que se aleja tras el fallo en la salida de Suzuka, Hamilton haría bien en dar un telefonazo a Colin Brown. Lewis no solo es un piloto inmenso, es también un buen tipo, emocional, sincero, a veces inmaduro, pero de corazón en la mano. Seguro que charlar un rato con su antiguo rival le ayudaría en estas fechas  complicadas para no perder su afortunada y privilegiada perspectiva. 

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Dentro del Paddock
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