El hotel de la Selección en Francia: paz, viñedos y una fantástica tortilla de patatas

La Selección eligió una de las zonas más tranquilas de Francia para acudir a concentrarse y antes de empezar la fase decisiva del torneo abre las puertas de su hotel a la prensa

Mi primer día en La Rochelle fue bastante productivo. Aparte del engorro del viaje, ya que no llegué a mi destino hasta prácticamente siete horas después de salir de mi hogar, decidí que había que empezar a hacer cosas nada más llegar. Cogí el coche de alquiler y me puse a recorrer la isla para tener localizados de antemano mis futuros puntos de referencia, esto es, el hotel de concentración de la Selección y el centro de entrenamiento. Reconozco que para esto último me perdí mínimamente, pero no tardé en dar con él tras un par de vueltas. Y el hotel fue mucho más sencillo. Sólo había que seguir las indicaciones para el hotel Atlante Relais Thalasso, que estaba en la costa sur de la isla.

Daba por supuesto que aunque todavía no estuvieran allí los futbolistas de la Selección no podría acercarme mucho al hotel. Pero no imaginé lo que me esperaba. Una patrulla de la policía francesa y una verja a unos 500 metros del hotel me impedían el paso. Mi gozo en un pozo. Tampoco esperaba encontrar gran cosa, era pura curiosidad por ver cómo era de lujoso el hotel que había seleccionado la vigente campeona de la Eurocopa. Vencido, me volví al hotel para empezar a escribir (algo que creo que llevo haciendo desde entonces sin descanso).

Pues bien, dos semanas y media después de llegar aquí, he saciado mi curiosidad de una vez. La Selección abrió sus puertas a la prensa y pudimos acceder al lugar donde han estado viviendo todo este tiempo los futbolistas. Y la verdad sea dicha, tampoco me ha sorprendido notablemente. El lugar es fantástico, como cualquiera en esta isla salida de un cuento, pero tampoco era el lujo y la ostentación que esperaba. Al contrario. Es un pequeño hotel de cuatro estrellas con no muchas habitaciones, que cuenta con varias zonas de talasoterapia, como su nombre indicaba, y una playa privada profundamente mejorable, ya que tenía bastantes piedras y muchas algas.

Opuestamente de lo que pueda parecer con lo ya expuesto, no quiero hacer creer que no me gustó el sitio. Que sea pequeño y esté apartado me atrae, es sinónimo de tranquilidad, de alejamiento de la sociedad ruidosa y de los focos de las cámaras, en este caso. Allí, cualquier jugador puede olvidarse de todo y disfrutar de la libertad restringida que les ofrece el complejo. Las habitaciones, además, cuentan con unas terrazas al aire libre donde poder relajarse, tomar el sol o lo que se quiera. En definitiva, es completo, sin retoques innecesarios ni grandilocuentes.

Lo que más me sorprendió fueron dos aspectos en particular. Uno de ellos, el gigantesco perro rojo ubicado en la recepción del hotel, es decir, en el lugar de paso para todo el mundo ahí, que lleva al cuello en forma de collar una bufanda de la selección española. Por supuesto, fue el centro de las miradas de los periodistas. Y, por otro lado, la tortilla de patatas con la que nos agasajaron. Bueno, había más cosas: gazpacho y bolsas de patatillas, además de cerveza y vino. Pero esa tortilla era escandalosa. Con cebolla y no muy cuajada, como debe ser, y con virutas de jamón serrano por encima. No había tenedores ni palillos para pincharla, pero daba igual. Con las manos sabe mejor.

‘Au revoir’.

Me voy de Eurocopas
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