Arrogancia. Una teoría general del madridismo
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Ignacio Peyró

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Arrogancia. Una teoría general del madridismo

O cómo un grupo de amigos ha conseguido tener proyección internacional

placeholder Foto: Pérez contempla las Champions League del Real Madrid. (EFE)
Pérez contempla las Champions League del Real Madrid. (EFE)

El Real Madrid siempre ha tenido las mejores relaciones con la megalomanía. Algunos equipos son puristas de la cantera, otros alardean de la entrega de su afición; no faltan aquellos que han convertido sus vínculos —una ciudad, un barrio, un estadio— en santos lugares sin los que no se entiende su club. Con un cierto desdén muy castellano (y un pragmatismo bastante menos castellano), el Madrid, llegado el tiempo, podría demoler el Bernabéu, reconstruirlo en Coslada y bautizarlo Florentino Huawei. Un club sustentado por los cantares de gesta de las Copas de Europa de los 50 y 60 es un club enamorado de su pasado, pero —si me permiten la valdanada— el Madrid ha tenido un concepto fluido, ¡oakeshottiano!, de su tradición: donde otros bruñirían las copas, el Madrid barrunta ya su próximo golpe de efecto, hijo al cabo de una ciudad con demostrada querencia por el órdago.

Tiene algo de lugar común recurrir a un hambre de más, a un hambre histórica e inexplicable, como justificación de su grandeza. Es una continuidad en la ambición que pocos clubes poseen. Y esta ambición, a su vez, se sustanciaría en algo hermoso: nadie puede decir que el Madrid sea severamente autocrítico, pero sin duda es autoexigente. Así lo demuestra la afición, tan malacostumbrada y señorita, del Bernabéu, que siempre pide beluga. Y así lo demuestra un equipo que, con frecuencia sorprendente, se lo da.

Foto: El Real Madrid celebra la séptima Copa de Europa conseguida en 1998. (Imago) Opinión

Es particularmente llamativo que el Madrid no haya dudado ni un momento de ser el mejor, de ser el pueblo futbolístico elegido, rasgo que ha tenido tanto candor como mérito en los momentos en que nadie se lo reconocía: recordemos que, antes de la séptima, “las glorias deportivas” del Madrid tenían todos tres 'bypasses', y el laurel del equipo cogía polvo, aquejado de melancolías benfiquistas. En puridad, al Madrid le daba igual, no solo porque, si hay Siglos de Oro, los ciclos vitales parecen también exigir decadencias. Otros equipos pueden tener una ambición igual de mordiente o una exigencia igual de tenaz: el atributo más propio del Madrid será siempre cierta indiferencia al juicio —no digamos a la malevolencia— de los otros. Incluso podríamos admitir que todo o casi todo lo que se le critica tiene un asidero de verdad: esa manera tan madridista de ser pomposo, de estar encantado consigo mismo, de rebozarse en su grandeza. La frecuencia con que en la retórica oficial del club aparece la expresión “mejor del mundo” no deja de poner, allá en otros equipos y otras ciudades, un sabor de ceniza sobre los labios.

placeholder Lorenzo Sanz y la plantilla levantan la séptima. (Reuters)
Lorenzo Sanz y la plantilla levantan la séptima. (Reuters)

Al madridista, el antimadridismo del Atleti —fijo e inmutable como es— le parece como uno de esos eclipses de sol que ocurren una vez cada 300 años: un fenómeno pasmoso, pero, en última instancia, intrascendente, banal. Dos no son enemigos si uno no quiere, y nada más lejano que las pasiones ajenas: si el Madrid es para el Atleti un enemigo existencial, el Atleti es para el Madrid un vecino algo ruidoso. En cuanto al antimadridismo del Barça, hay un 'décalage' previo que lo neutraliza: el Barcelona no puede contar su historia sin el Madrid, pero para la historia del Madrid, quienes son necesarios, hélas!, son el Stade de Reims o el Eintracht de Frankfurt. Esos son sus Lepantos y sus Arapiles, porque quizá la épica del Barça se haya nutrido del Bernabéu, pero la épica del madridismo nunca pasó por el Camp Nou. Como a Carlos V, al Madrid le preocupa Europa, y no —como a Felipe IV— lo que ocurra en Barcelona. Ajeno y solitario como una cima, en su irritante autosuficiencia, al Madrid nadie le muerde el calcañar. “Así gana el Madrid”, criticaban unos; “así gana el Madrid”, celebran los madridistas. “Al que tiene —dice el Evangelio— se le dará más”: Jesús no estaba pensando en el Madrid, pero aplica al caso.

Foto: Bahamonde, en su domicilio de Madrid (A.P)

El Covarrubias y el 'Diccionario de autoridades' no lo avalan, pero un cierto uso sí quiere hacer de la arrogancia —como ocurre con la soberbia— una virtud. Pienso, puestos a citas solemnes, en el himno de la Guardia Civil: “Amor, lealtad y arrogancia / ideales tuyos son”. En nuestro tiempo, decididamente menos heroico, esa arrogancia se llamaría autoestima y el Madrid la tiene inoxidable. Lo suyo es, ante todo, una manera de no dudar. Cuando, a finales de los 80, mi padre cogía el coche para ir al Bernabéu, yo, que tengo alma de inspector de riesgos laborales, me azoraba: “Pero bueno, ahora dónde lo va a meter; vas a ver tú, vamos a llegar tarde; aparcar en la Castellana, qué locura”. Él, sin embargo, montaba en el coche guiado por una fe inconmovible en que, por supuesto, encontraría aparcamiento en la propia puerta y llegaríamos al pitido inicial sin necesidad de dar un paso más rápido que el otro. Esa soltura, esa convicción absoluta en las propias posibilidades, tiene mucho de madridista. Algunos lo llaman chulería: sería justo con el espíritu del lugar.

Hay muchas maneras de pensar en el Madrid, de las volteretas de Hugo Sánchez al numantinismo de Juanito o el portuñol académico de Cristiano Ronaldo al terminar un partido exitoso de la Champions. Se le puede alabar —junto a otros clubes— por algo no tan frecuente entre nosotros: que un grupo de amigos, pues así nacen los clubes, haya logrado tener proyección internacional, gestión de brillantez duradera en el tiempo, etc. Quede eso para las escuelas de negocios. Y quede para la afición el pequeño orgullo de viajar a las cumbres del Tibet o las soledades del Chaco para que un paisano te ofrezca su parecer sobre el último planteamiento de Zidane. Sí, el Madrid podría dar un pelotazo con el Bernabéu a sabiendas de que se perdería sabor, pero no esencia: si otros equipos son portadores de su visión del mundo, el Madrid, ¡será por arrogancias!, siempre ha querido ser el club del mundo.

placeholder Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. (Real Madrid)
Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. (Real Madrid)

Pero una labor de la escritura es iluminar el presente con el pasado, y mi Real Madrid es otro: inseparable del momento en que Chamartín era un desmonte, de esos años en que “todo esto era campo”, pero ya empezaba a dejar de serlo. El Madrid desarrollista. Pienso en ese norte de la ciudad, con su edificio Corea, su arquitectura 'Gaudium et spes', las tintorerías que se llamaban “americanas” y los propios americanos con sus boleras en la base de Torrejón. El club tenía piscinas, a Di Stefano se le podía ver merendando en Helen’s. En 1966 se gana la Copa de Europa, se aprueba una nueva Ley de Prensa, se lanza al mundo la minifalda. El desarrollismo marca en Madrid un hito de la felicidad posible, y aunque todo haya cambiado, algo de su alegría se empeña en subsistir como un haiga que subiera Castellana arriba. Es la carrera de Gento que resuena en la carrera de Figo una generación después. La emoción que se convoca, como un hilo invisible con el pasado, al cantar “mi viejo Chamartín”. Ese momento de epifanía en que —de pronto— entendemos que la arrogancia del Real Madrid no es sino es una herencia, una forma resplandeciente, de optimismo.

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