Un domingo en el fútbol o el hispanista que me llevó a Stamford Bridge
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Ignacio Peyró

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Un domingo en el fútbol o el hispanista que me llevó a Stamford Bridge

Aquel día entré en el estadio con un hispanista excelente; en el momento de salir, supe que salía, ya, con un amigo. A veces hay alegrías incluso en los domingos de fútbol y de otoño

placeholder Foto: Morata celebra un gol con el Chelsea en Stamford Bridge. (Reuters)
Morata celebra un gol con el Chelsea en Stamford Bridge. (Reuters)

Desesperar de España parece ser un placer muy propio de españoles, aunque no sea una afición a la que pedir congruencia: la misma persona que se despacha con un “este no es un país serio” bien puede afirmar cinco minutos después, con el gesto solemne de Pío XII al promulgar una encíclica, que “como aquí, en ningún sitio del mundo”. Por supuesto, la autocrítica es un placer solitario: llevaríamos muy mal que, tras alguna manifestación biliar, un señor de Togo o Baden-Wüttemberg terciara para decirnos que tiene usted razón, España es un desastre. Será que nos gusta desesperar de España porque nos ofrece el placer superior de reconciliarnos con ella, y hay un poema gracioso de Miguel d’Ors en el que empieza a quejarse de lo mal que va todo, del cainismo, de la corrupción, de los políticos, hasta que le vienen al pensamiento “las hayas de Tacheras, / un olor sevillano, / unas cuantas montañas,'Las Meninas' (…)” y comienza el hombre, como diríamos hoy, su proceso de sanación.

Creyente en una visión lo menos dramática posible de España, siempre he pensado que, de no ser español, sería hispanista; pero incluso así necesita uno de cuando en cuando alguna consolación hispánica, igual que d’Ors necesitaba “el vino del Ribeiro / o los esparraguicos de Tudela” para confort del alma. Recién llegado a Inglaterra, en 2017 –año difícil–, el libro que me volvió a enamorar de mi país fue el de Robert Goodwin: 'España. Centro del mundo, 1519-1682'. Parece ser que cuando Evelyn Waugh se convirtió al catolicismo, el jesuita que le asistía –creo que el padre d’Arcy– dijo algo así como que no había habido que explicarle nada, que lo había entendido a la primera todo.

De Bob Goodwin y el mundo español podría decirse lo mismo. En su libro hay algo de lo que Cernuda llamaba “el encanto de España”, y leerlo es compartir los silencios teológicos de Felipe II en su capilla, sufrir los tormentos morales de Felipe IV por la muchedumbre de sus pecados, abrir una puerta para encontrarse la rueca de 'Las Hilanderas' o intercambiar algún equívoco con las 'Mujeres en la ventana' de Murillo. Es –como decía– un libro para volverse a enamorar, quizá porque al propio Goodwin se le rebosa ese conocimiento que solo puede tener su origen en el afecto. Pienso en un Guadalquivir que se ve de color “verde aceituna” o en unas marismas que solo malamente se traducen por 'salt marshes'.

placeholder Londres.
Londres.

Y no extraña. Años antes de retirarse a las amenidades del Lake District con su mujer y su hija, Bob Goodwin dejó su huella en las “noches de luna y clavel” de la Baja Andalucía, y estoy convencido de que algún geolingüista experto podría trazar el punto kilométrico exacto de la carretera nacional entre Sevilla y Cádiz del que procede su –maravilloso– español, tan tocado por la academia como por la gracia. El Goodwin que estudió con sir Barry Ife y que veranea en la Sierra de Aracena parece haber sido destetado con jerez, y no creo que en su visión del mundo tenga menos peso la muleta de Manolete que los goles de Bobby Charlton. A mí, por mucho tiempo que pase, ver a un hombrón mancuniano, a un gigante rubio y lampiño, asestarte como saludo un “qué pasa, quillo” de perfección canónica en pleno Piccadilly, creo que me seguirá causando impresión. Igual, imagino, que a un inglés le sorprendería leer, en una novelita de Jane Austen que “en el salón entró un joven caballero de Calamocha”.

Precisamente la primera noticia que tuve de Robert Goodwin iba a ser en un escenario no poco austeniano como es Bath, aunque –y paro ya con la broma– su propuesta no me pareció que tuviera mucho sentido ni sensibilidad. Me invitaba al fútbol. Al Chelsea. A Stamford Bridge. Teníamos algún amigo en común –buen periodista– y por eso me escribía. Bath era la sede de las tertulias hispano-británicas de aquel año y, hacia finales de octubre, parecía condensar toda la gracia y la delicadeza del otoño inglés, que dura un minuto y a la vez es hermoso para siempre. Con sus hayas rojas y su césped de apurado perfecto, Bath era el lugar para discurrir sobre las pasiones del amor, para pasar la tarde cabeceando con una novela o naufragar en Madeira hasta la hora de cambiarlo por el champagne. En fin, que era otoño y estábamos sensibles, y pensar en el fútbol en Bath era como cambiar el waltz por un reggaeton en Schönbrunn.

Y los domingos por la tarde con fútbol son aún peores, por esa manera que tienen de remover las arenas más antiguas del alma

Además, los domingos por la tarde –a nadie se le oculta– tienen una dimensión melancólica, un desasosiego muy propio y a la vez expansivo, que lleva a invadirlo todo: son un universal de la tristeza, uno de los momentos en que menos apetece ser humano. Y los domingos por la tarde con fútbol son aún peores, por esa manera que tienen de remover las arenas más antiguas del alma: una radio que llega a través de un patio (¡gol de Osasuna!), la publicidad de puritos Dux, la misa de ocho en la iglesia fría y la conciencia imbatible de que cielos y tierra pasarán pero mañana por la mañana vas al colegio. Cambiar los dorados crepusculares de Bath por el frío en una grada no era, en resumen, una perspectiva apetecible. Pero me dije que todo por la patria y allí me fui, alegre como un cristiano que va a acceder al paraíso, aunque no sin un 'tête-à-tête' con los leones.

Bath era el lugar para discurrir sobre las pasiones del amor

A las once de la mañana Bob me había convocado, con naturalidad apabullante, para tomar una cerveza: “por fin –pensé para adentro entre vivas a Inglaterra– estoy ante uno de los míos”. Ignoraba, sin embargo, que esa pinta o media pinta era el prólogo para un festival de marcha deportiva. Con el tiempo iba a saber que, además de historiador, Bob Goodwin es un senderista de nivel experto y que no hay cota nevada en las islas británicas que no haya sometido con sus botas. Aquella mañana, sin embargo, solo supe que el breve paseo anunciado –“¡ehtá aquí al lao!”– se prolongó lo que me parecieron varias horas, con el 'memento mori' incluido de atravesar el cementerio de Brompton, cuyas lápidas, lo confieso, Señoría, llegué a mirar con anhelo. Al entrar en Stamford Bridge, la suerte había sido diversa: yo estaba ya para el beso de buenas noches, pero Bob parecía recién tonificado por la 'servesita'.

Es imposible, si uno es madridista, ir a otros estadios sin un punto de condescendencia o superioridad moral, pero en Stamford Bridge –ante el Chelsea-Newcastle– decidí que merecía la pena el esfuerzo de abdicar de mi propia estupidez y mirar alrededor a ver si aprendía algo. En un pasaje célebre, Orwell se pasma de la compostura de las gentes de Inglaterra en el estadio: ocupan el graderío –escribe– como ocuparían los bancos de una iglesia; silenciosos, respetuosos, deferentes. Aquella mañana de Stamford Bridge, sin embargo, la tentación era más bien referirse a las “dos naciones” de Benjamin Disraeli. Por una parte estaba la afición local, cogollo del occidente londinense, con fama de señoritos elegantosos y un Aston Martin esperando a la puerta: nadie hubiese podido decir que el fútbol fuese una pasión dominante en sus vidas, sino un modo, acaso, de huir del domingo y sus melancolías. Por otra parte estaba, más colorida y –ante todo– mucho más ruidosa, la afición visitante, hijos de un norte de brumas y minas, a quienes la temperatura otoñal de Londres debía de parecer cosa ligera a juzgar por la cantidad de pechos descubiertos.

placeholder Vista del interior del estadio Stamford Bridge. (EFE)
Vista del interior del estadio Stamford Bridge. (EFE)

Años después iba a gustarme tanto Newcastle que uno de mis temas de conversación favoritos es cantar sus bellezas y bondades, pero mi primera aproximación fue por su fútbol: el hecho de que se llevaran una buena ristra no impidió que dejaran de cantar su repertorio, notablemente The Blaydon Races, durante todo el partido. Con ese superávit de ánimo extrañaba poco que en otro tiempo pudieran embarcar hacia las islas Cook o el África ecuatorial como quien sale a por el bocadillo. Mientras, en las gradas locales –nuestro sitio–, los goles parecían celebrarse no ya sin ese ánimo imprecatorio que nos enciende la victoria en los pechos ibéricos (“¡Gol, cabrones!”), sino con un aplauso de compromiso, como Sofia Loren al perder un Oscar. Justo al lado de Bob, un aficionado del Chelsea de toda la vida, miraba el partido con el desapasionamiento de un secretario judicial. Apenas alzó una ceja cuando Morata –un compatriota– marcó gol. El hombre había ido allí y había pagado sus dineros para pasarlo mal, y nadie le iba a quitar su derecho.

En el otoño-invierno de Londres, al crepúsculo se le ve venir de lejos, recién pasado el mediodía, como una tragedia cuyas piezas van cuadrando

Y antes de terminar el partido, pensé –madridista como soy– que uno no es de un club porque sea bueno, sino porque es el suyo; que no somos del equipo que nos hace ganar, sino del que nos hace sentir. Hay una parte de las compensaciones vitales del fútbol que no tienen que ver con la victoria, sino con el gusto oblicuo que sacamos de sufrir por algo que creemos bueno o de criticar algo que juzgamos nuestro. Y agradecí que el fútbol mostrase a la vida que, pese a todo, hay espacios para lealtades que se explican por algo más fuerte que el resultado o el pragmatismo o el dinero. Y que son esas lealtades las que explican lo mejor de nosotros.

En el otoño-invierno de Londres, al crepúsculo se le ve venir de lejos, recién pasado el mediodía, como una tragedia cuyas piezas van cuadrando. Bob debió de notarme algo, porque, lejos de despedirse, sacó su mejor acento de Sanlúcar: “Pueh yo ahora me comía una vaca, Ignasio”. Yo no me hice el remolón.

Aquel día entré en Stamford Bridge con un hispanista excelente; en el momento de salir, supe que salía, ya, con un amigo. A veces hay alegrías incluso en los domingos de fútbol y de otoño.

Desesperar de España parece ser un placer muy propio de españoles, aunque no sea una afición a la que pedir congruencia: la misma persona que se despacha con un “este no es un país serio” bien puede afirmar cinco minutos después, con el gesto solemne de Pío XII al promulgar una encíclica, que “como aquí, en ningún sitio del mundo”. Por supuesto, la autocrítica es un placer solitario: llevaríamos muy mal que, tras alguna manifestación biliar, un señor de Togo o Baden-Wüttemberg terciara para decirnos que tiene usted razón, España es un desastre. Será que nos gusta desesperar de España porque nos ofrece el placer superior de reconciliarnos con ella, y hay un poema gracioso de Miguel d’Ors en el que empieza a quejarse de lo mal que va todo, del cainismo, de la corrupción, de los políticos, hasta que le vienen al pensamiento “las hayas de Tacheras, / un olor sevillano, / unas cuantas montañas,'Las Meninas' (…)” y comienza el hombre, como diríamos hoy, su proceso de sanación.

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