Cuando nos creíamos Alemania y terminábamos como Túnez
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Ignacio Peyró

Haga usted gimnasia

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Cuando nos creíamos Alemania y terminábamos como Túnez

En un país acostumbrado a medir su autoestima por sus fracasos, animar a la Selección requería de la moral de Manolo el del Bombo

placeholder Foto: Koke se lamenta de una ocasión en el partido frente a Suecia. (EFE)
Koke se lamenta de una ocasión en el partido frente a Suecia. (EFE)

Las vejaciones del tiempo no se limitan a ese momento de la propia vida en que irrumpe con fuerza la palabra 'Danacol' o uno se siente aludido por el 'jingle' de los anuncios de planes de pensiones. A veces tienen algo de burla o de despiste: podemos reencontrar a un amor de juventud, comprobar que ha puesto 20 kilos y dos divorcios, y aun así seguir asidos a la imagen ideal, sentimental, de lo que fue. Con el fútbol, que es espejo de todo, ocurre —o al menos me ocurre— algo similar: los hijos de Guti tal vez ya estén en la universidad, pero, para mí, Guti sigue siendo ese chico con cara de golfo que se tapa la boca con el chándal, antes incluso de los posados con Arancha de Benito. Lo mismo me pasa con Raúl: ahora tendrá un chalé en La Finca y una bodega en Castilla-La Mancha (quizá con el inolvidable Míchel Salgado), pero no puede uno pensar en él sin evocar aquel Villaverde y aquellos 90. El fútbol siempre tiene que ver con el pasado y, del mismo modo que no me sorprendería levantarme una mañana para ir al colegio, algo dentro del corazón espera, en cada alineación, oír el nombre soñado y que vuelva a calzarse las botas Emilio Butragueño.

Foto: El centrocampista de la Selección española Rodri Hernández (d) disputa un balón ante el delantero de la selección sueca Marcus Berg (i), durante el encuentro entre España y Suecia. (EFE)

Quizá por eso, cuando Luis Enrique publicó la lista de seleccionados para la Eurocopa, entre tantos buenos jugadores para mí desconocidos, hubo uno que me hirió: Sarabia. Coño, Sarabia. “¿Pero este no era uno vasco, o de Santander, que jugaba cuando Santillana? ¿Cómo es posible que…?”. Y claro, no, no es posible: Sarabia, de seguir vivo, estará ahora jugando con sus nietos y procurando no tomarse más que un whiskito por partido. Y la verdad, en un momento en que Carlos Sainz ya no es el Carlos Sainz de toda la vida, sino su hijo, no he querido buscar si le 'nouveau' Sarabia es hijo del viejo: tampoco vamos a ponerle la otra mejilla al tiempo para que nos abofetee a placer.

Valga el exordio largo y viejuno para rememorar los tiempos —ayer no más— en que, en términos de combinado nacional, tendíamos a pensarnos Alemania y terminar como Túnez. Lo recordamos bien. Épicas inútiles, en todo lo que va de clasificaciones en el último minuto ante Irlanda del Norte (¡!) a dejar que nos metieran un gol los 11 contables y hosteleros de Malta. Ridículos en tiempos del Naranjito, baños ante Chipre y bostezos mano a mano con el Paraguay. Junto a ello, el heroísmo atravesado de 'pathos' que más nos gusta, del codazo a Luis Enrique a la noche oscura del alma de Arconada y nuestra decadencia y caída ante Corea del Sur. Mucha honra, en definitiva, pero pocos barcos. En un país acostumbrado a medir su autoestima por sus fracasos, animar a la Selección requería de la moral de Manolo el del Bombo, quien, según tengo entendido, es de no lejos de Alcoy.

placeholder Sarabia, una de las sorpresas de Luis Enrique para esta Eurocopa. (EFE)
Sarabia, una de las sorpresas de Luis Enrique para esta Eurocopa. (EFE)

Hubo un momento, sin embargo, en que toda fe fue recompensada y ya no hubo que ponerse de refilón al pensar en la Selección o buscar una broma cruel. No lo trajeron Míchel, Bakero o Guerrero, sino una generación nueva, poblada también de incógnitos Sarabias. Ese momento fue la Eurocopa de 2008 y —más en concreto— los penaltis ante Italia. Sí: eurocopas han ganado Grecia y Dinamarca; demonio, si incluso España ganó una con el gol de Marcelino, a pase de “Pereda, constituido de extremo”. Y hasta la ronda final con Italia bien podíamos haber sido esa Turquía que un año juega bien o el Camerún que apunta a revelación del torneo.

Con Italia todo iba a ser distinto, es decir, lo de siempre: podía pasar, estaba asumido; no es lo mismo irse tras una colección de desastres que dejar buen sabor de boca y, quién sabe, volver algún día ya en condición de hacer algo grande, 'ritorna vincitor'. Los italianos son así: son siempre más guapos; ellos se ponen una camiseta negra y parecen tipos interesantes y llenos de relieve; usted se la pone y parece un concejal de Esquerra en Llinars del Vallès. Parecíamos, antes de los penaltis, sentenciados.

Pero Fàbregas marcó, y ganar a Italia fue no solo una victoria: fue una liberación, casi un exorcismo, una tabla rasa de los traumas, algo tan inverosímil como un psicoanálisis que hubiera funcionado. Una reescritura de —como se diría hoy— nuestro relato y una nueva manera de mirarnos a nosotros mismos, con la hermosura añadida de haber dejado atrás la furia para deslumbrar con la geometría. Esa España 'born again' ya podrá mirarse a sí misma como equipo victorioso, pase lo que pase, y reclamar para sí un respeto como lo reclaman los viejos galones de Uruguay. De hecho, ya ha pasado el tiempo: en el 2008 jugaban aún Anelka y Panucci, Ronaldo se consolidaba y de Casillas nadie se atrevía a hablar mal. Hay casi lo mismo entre este nuevo Sarabia y Van Nistelrooy que entre Van Nistelrooy y USA 94.

Foto: El croquet, uno de los deportes más asociados a la nobleza. (Reuters) Opinión

Escribo este artículo cuando —con el España-Suecia de fondo— todo está por decidirse. Ojalá esta nueva generación de jugadores nos dé alguna alegría. Pero, si no nos la dan, que al menos nos quede —para el fútbol y la vida— una lección española: no hagamos depender nuestra valía de aquello que nos salió mal. Atrevámonos, por una vez, a estar felices en la piel de nuestra historia y cómodos con nuestros propios éxitos. Recordemos que un día ¡qué dulce suena!— fuimos campeones de Europa, campeones del mundo.

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