Generoso, vitalista y emotivo, así era el Ángel Nieto que yo conocí (¡Maldita sea!)

Este jueves por la tarde se confirmó la muerte de Ángel Nieto, ganador de 12+1 mundiales de motociclismo, pionero en España y el caldo de cultivo de las generaciones posteriores

Todavía no me puedo creer que algo así haya pasado. El destino se burla de nosotros arrebatándonos a Ángel Nieto de esta manera, igual que se llevó a Mike Hailwood un día que salió a comprar 'fish and chips' con sus hijos… Sobreviviendo a la etapa más letal de la historia del motociclismo, y perdiendo la vida así. No es justo. Yo esperaba que un día, lejano, me despediría de un Ángel ancianito, pero no hoy. ¡Maldita sea!

Qué se puede decir de Ángel Nieto que no se haya dicho ya. En un momento así me olvido de hitos y cifras, de logros y victorias, y me quedo con lo afortunado que he sido de vivir junto a este hombre irrepetible. Contemplo mi trayectoria profesional y me siento privilegiado por haber podido disfrutar de él, de su amistad, de sus historias. Me pongo a pensar en Nieto y veo que siempre ha estado cerca. Mi primer artículo como periodista, en 'Marca', fue la presentación de su equipo en 1988. Fue en Pachá, esquina con esquina de La Boutique de la Moto, la tienda que él mismo abrió en 1973 con Pedro Carrasco como socio.

Samuel RuizSamuel Ruiz

Aquella noche me temblaban las piernas. Había dejado de ser un aficionado de a pie y me encontraba cara a cara con la leyenda. Y desde ese primer momento este hombre vitalista, apasionado, cercano y entrañable como pocos, me cautivó. Después seguimos estando cerca, poniendo forma a sus palabras en la revista Motociclismo, donde Ángel colaboraba frecuentemente en diferentes secciones, y hasta hace pocos años a través del diario 'As', donde también tenía una columna que yo me encargaba de transcribir. A veces, si me era imposible localizarle, tenía que tirar de mi propia cosecha. Luego Ángel me llamaba: “Muy bien: yo no lo habría dicho de otra manera”, me decía.

Me preguntó por su primera victoria...

Otra vez me llamó para que le sacara de dudas con unas fechas. “Que estoy comiendo con unos amigos, y me aseguran que yo gané mi primer Gran Premio en el ’68, pero yo creo que no. Y me he dicho, voy a preguntar a Juan Pedro que seguro que lo sabe mejor que yo…”. Me hinché como un pavo real, orgulloso. “No Ángel, en 1969, en Sachsenring”, le contesté. “Ves. Lo que yo decía”.

En una ocasión, hasta estuve a punto de escribir su biografía, hace casi veinte años. Después de anunciarlo a bombo y platillo en un salón de la moto en Madrid, todavía hoy no entiendo por qué no se pudo llevar a cabo. Ángel decía: “Te vienes cuatro días a mi casa en Ibiza, y ahí construimos la base del libro”. Es una deuda más que todos tenemos con él, porque le debemos tanto. Nada de lo que somos en torno a este deporte habría sido posible sin Ángel.

Don de gentes

A lo largo de los años, Ángel me ha seguido impresionando por su personalidad y su carácter. Cercano como pocos, siempre supo meterse a todos en el bolsillo. Tenía carisma, don de gentes, y entre sus muchas virtudes sabía ponerse siempre a la altura de las circunstancias, capaz de alternar con el rey, los banqueros o el más humilde de los aficionados con absoluta soltura y naturalidad. Y sabía qué decir en cada momento. Recuerdo un evento en el Museo Guggenheim de Bilbao. Bastaron unas simples palabras para arrancar una cerrada ovación, recordando el circuito de Begoña, donde había participado en alguna de sus últimas ediciones treinta años atrás…

En un tiempo en el que el deporte español no ganaba nada, estaban apenas el Real Madrid, Bahamontes, Santana, Marcelino marcándole un gol a Rusia, y pare usted de contar. Y en ésas apareció Ángel Nieto. Ángel pertenecía a esa generación de niños hambrientos, inquietos, que no se conformaban con nada. Y no le bastaba con hacer de machaca en un taller de Vallecas, ni probar de extranjis las motos de los clientes, ni escaparse con ellas a alguna carrera… Con una mano delante y otra detrás se plantó en Barcelona, en Bultaco. Luego Derbi, Ducati, y de nuevo Derbi. Todos los sacrificios vividos, los meses que pasó durmiendo en el sótano de una frutería, las apreturas no fueron en balde. Nieto se comía el mundo y por eso llegó donde llegó.

El Niño

A Ángel se le comenzó conociendo como El Niño, porque era tan joven que tenía que falsificar la firma de su padre para sacarse la licencia, y él decidió pintarse un chupete en el casco. En el ambiente de Vallecas lo conocían como El Pollero porque sus padres tenían una pollería. Hubo una época en el Madrid motociclista que todos los pilotos tenían un sobrenombre. Así, estaban el Nani (González de Nicolás), el Profe (Pérez Rubio), el Trompa (San Antonio), el Marce (Marcelino García), el Toni (García Moreno), el Pupi (Morante)… Era un motociclismo cheli en el que Nieto se movía como pez en el agua.

Y cuando fue figura, no renegó de sus orígenes. Siendo indudablemente el mejor, la Federación Española se lo dio todo, le puso una moto en los momentos difíciles y le ayudó económicamente. Se puso a sus pies. Pero Ángel devolvió con creces esa atención. Con muchos títulos a sus espaldas, seguía corriendo en el Campeonato de España, entre bordillos y farolas, en infames polígonos industriales, con todos sus riesgos, porque en esas condiciones había más que perder que ganar. Sabía que si ganaba era un héroe, y si perdía, un villano: “Iba a Jerez y me decían: Eres el más grande. Pero si no ganaba… ¡Gel Nieto, joputa!”.

Ángel estaba convencido de que correr en España era la mejora manera de promocionar el motociclismo, en una época en la que no había televisión, y cuando se retransmitía una carrera los pilotos eran auténticos marcianos para el aficionado de a pie, que sólo se movía en masa por dos acontecimientos: el fútbol o los toros. Nieto puso las bases para que esa historia cambiara, e incluso cuando Televisión Española comenzó a retransmitir carreras del Mundial de forma aleatoria, Nieto se negó a concederles entrevistas hasta que no emitieran con continuidad las carreras. Y desde ese día, en España no hemos dejado de tener una sola carrera en directo.

Generosidad

Ángel Nieto tiene razones más que sobradas para que se hable de él y sólo de él, de sus logros y sus victorias, pero además es el piloto más generoso y desprendido que jamás he conocido. Siendo quién era, nunca le dolieron prendas a la hora de ensalzar a otros pilotos, por más que en determinados momentos pueda parecer una pose política, pero en vez de limitarse a un somero reconocimiento, Nieto no dudaba en elogiar a un rival o a un piloto que pudiera hacerle sombra, haciendo gala de una humildad que sólo está al alcance de los más grandes. Será porque la primera vez que lo entrevistaron, mucho antes de ser campeón del mundo, se le ocurrió decir: “Soy el mejor piloto español”. Aquello levantó ampollas y sufrió durísimas críticas. Sólo tenía 19 años, en una época en la que a esa edad se era todavía menor. Pero el tiempo le dio la razón.

También me impresionó su entrañable humanidad. Andrés Pérez Rubio se amputó los antebrazos en un accidente de carretera y se los reimplantaron. Me contaba que cuando Nieto fue a verlo, lloraba emocionado. “Yo no pensaba que Nieto era así. Me miraba las manos, yo le contaba como estaba, y se me ponía a llorar como una mujer”, decía Andrés. En otra ocasión, preparando un reportaje sobre pilotos de otra época le pregunté por quién era su ídolo cuando él empezaba a correr. “Taveri (triple campeón del mundo en los años sesenta) ese tío…”, y se le hizo un nudo en la garganta de la emoción al recordarlo.

Gelete, Pablo y Hugo

Con sus hijos se le iluminaba la cara. Siempre fueron lo más grande para él. La familia fue fundamental para Ángel, y seguir viéndolos así, hechos una piña, era una satisfacción. El día que Pablo ganó el Gran Premio de Portugal, Ángel estaba descompuesto. Al igual que cuando Gelete ganó un par de carreras, una del Europeo y otra del Nacional. Os aseguro que estaba más contento que cuando ganaba él. Sus hijos eran todo, e hizo lo que pudo para que ni ellos ni su primo Fonsi corrieran en moto. Cuando Gelete quiso correr, sin ninguna experiencia previa lo metió en el Open Ducados, el Campeonato de España internacional en el que corrían mundialistas. “Voy a meterle de golpe con las motos de carreras a ver si se asusta”, pensó Ángel. “Pero con 17 años no te asustas de nada”, me confesó tiempo después Gelete. No sirvió de nada, y durante años Ángel sufría en el 'box' las idas y venidas de los suyos por el Mundial.

Su penúltima alegría fue el nacimiento de Hugo, su tercer hijo, que hace poco cumplió 16 años. Lo recuerdo muy bien. Estaba en el Gran Premio Alemania y le dieron la noticia. Se subía por las paredes porque no estaba allí. Se moría de ganas de ver la cara de Hugo y no sabía como hacerlo para que le enviaran una foto porque todavía no estaba plenamente implantada la fotografía digital. No quería que los de la prensa del corazón se enteraran y se plantaran delante de la puerta de la clínica a dar la brasa. Nos lo confesó en secreto a Manuel, a Jaime y a mí, que éramos los enviados de Motociclismo a los Grandes Premios. Y a Jaime, hoy fotógrafo oficial de Repsol, se le ocurrió encargar a Ilde, otro compañero de la redacción que tenía una cámara digital, que fuera a hacer la foto. Ilde cumplió encantado, y Jaime recibió el material y se lo pasó a Ángel. Su cara era el reflejo máximo de la emoción.

Cuando tiró un sillón por la ventana del hotel

Ángel disfrutaba con sus éxitos y con los de los demás, era vitalista hasta el extremo de saborear todo lo que le rodeaba. Cuando Alex Crivillé, por el que sentía verdadera devoción, se proclamó campeón del mundo de 500 en 1999, creo que Ángel era el tío más feliz de la fiesta. Alex, discreto y austero, se retiró, cansado de un día cargado de emociones, a su habitación. En medio de la fiesta Ángel cayó en la cuenta que Crivillé no estaba, y subió a buscarlo. “¡Qué eres campeón del mundo de 500! ¡Qué es lo más grande que hay en el mundo!”, le gritó, agitado, a tope de adrenalina. Agarró un sillón y lo lanzó por la ventana, varios pisos sobre la piscina. Cuando se estaba dando cuenta de lo que acababa de hacer, Alex cargaba con un televisor con el mismo destino, pero pudo pararle a tiempo…

Ángel ha sido para muchos y para mí, mil y una anécdotas. Un tiempo feliz en su compañía. Y lo seguirá siendo por más que duelan ahora mismo todos y cada uno de los recuerdos. Gracias, maestro.

Parece mentira que haya pasado esto. Ángel ha sido, con diferencia, la persona más vitalista que he conocido en toda mi vida. Siempre estupendo, de buen humor, siempre a disposición de quien le pidiera una foto, un autógrafo. Lo que fuera. Me quedo con esos recuerdos cargados de emoción, y maldigo al destino.

Historias del paddock

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