Diego Costa, el 'crack' que entró en el Atlético de Madrid a empujones

A día de hoy, no se habla de otra cosa: el coco de Europa se llama Atlético de Madrid. Y mucha culpa de ello la tiene Diego Costa, la gran estrella 'colchonera'

Foto: Diego Costa celebra uno de sus goles frente a Osasuna.
Diego Costa celebra uno de sus goles frente a Osasuna.

En estos días, en las últimas semanas y puede que en los últimos meses, no se habla de otra cosa: el 'coco' de Europa se llama Atlético de Madrid. Pero el dedo que aprieta el gatillo se llama Diego Costa. El delantero es, hoy por hoy, uno de los goleadores de moda en el planeta fútbol. La vida le sonríe ahora, pero no todo le resultó tan fácil. Por el contrario, el brasileño entró en el Atlético a empujones.

Fue durante el verano de 2007. Jorge Mendes llamó a su amigo Miguel Ángel Gil, consejero delegado del Atlético, y le pidió un pequeño favor: “Compra a Diego Costa, es un joven delantero brasileño, un auténtico toro, no se parece a nadie, puede que tenga algo de Hulk, pero es más vertical. Cómpralo y no te arrepentirás”. Gil vio algunos vídeos del futbolista y, como Mendes, observó “algo” en Costa que le pareció distinto a otros. Gil debió pensar que, en caso de errar, tampoco metería al club en la ruina. El precio de aquel desconocido superaba ligeramente los 900.000 euros, cantidad muy asumible. García Pitarch, el director deportivo de entonces, frunció el ceño. Pero el fichaje lo había hecho el “jefe” y no había más que hablar.

Diego Costa entró en el Atlético como entraría un elefante en una exposición de cerámica. Abel Resinoel vasco Javier AguirreGregorio ManzanoQuique Sánchez Flores, todos mostraron una opinión similar: el brasileño es un futbolista racial y talentoso, pero sus pensamientos y su cabeza andan en continua pelea con el mundo. Es un caos metido en unas botas de fútbol. Y tenían razón. Una vez, entrenado el Atlético por Abel Resino, el futbolista llegó tres días tarde a la concentración de San Rafael. Otro año, con Quique Sánchez Flores en el banquillo, Diego Costa volvió a llegar varios días tarde y con cuatro kilos de sobrepeso.

Pero alguna luz debía haber visto Quique en el brasileño cuando no quiso firmar el acta de despedida de Costa y lo retuvo después de pasar el futbolista un año cedido en el Real Valladolid. Antes lo había estado en el Celta de Vigo y en el Albacete, y después, para recuperarse de una grave lesión de rodilla, en el Rayo Vallecano, donde despuntó al fin en la Liga. Una vez asentado en el Atlético, Diego Costa coincidió con su tocayo Diego Simeone, el hombre milagro del club. Varias charlas con Diego, con el Mono Burgos de testigo, y la estrella del 19 comenzó a resplandecer de manera descomunal, opacando al resto de los jugadores rojiblancos.

Diego Costa fue generoso en las peticiones del técnico argentino: agresividad calculada, trabajo extenuante, olfato goleador. Corazón y talento. Son las virtudes que guarda Diego Costa en sus bolsillos y reparte con excelencia. Simeone le ha mostrado conceptos básicos. Que el jugador que luce la camiseta contraria no es enemigo, sino rival o adversario. Que hay que ser duro pero noble. Que hay que luchar, incluso morir, pero después de noventa minutos queda vida y, por supuesto, muchas sonrisas.

El Liverpool, que veía complicado retener a Luis Suárez, llegó a ofrecer 25 millones por Diego Costa. Pero Simeone puso el grito en las galaxias. Podrían llevarse a Radamel Falcao, pero nadie puede sustituir a Diego Costa, el pichichi del campeonato y con pinta de ser el futbolista más desequilibrante. De ahí que Miguel Ángel Gil haya extendido hace semanas la firma más orgullosa de su trayectoria, la de la renovación de aquel futbolista que parecía siempre enfadado con el mundo. El delantero cobrará ahora más del doble de lo que ganaba y su contrato terminará en junio de 2018. Como hombre de negocios, Calan hace cuentas: Diego Costa llegó por menos de un millón, ahora vale 50. Y puede que un día se lo paguen. Al Atlético le sonríe la vida y hasta los números.

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