El Sevilla es fiel a su leyenda y hace honor a su historia: "Dicen que nunca se rinde"

El Sevilla fue fiel a su sangre: un equipo que nunca baja la bandera, ni muerto, que lucha y jamás se entrega. El Barça tuvo que recurrir al mejor repertorio de Messi para llevarse la partida, la Supercopa

Foto: Reyes durante la Supercopa de Europa (Reuters).
Reyes durante la Supercopa de Europa (Reuters).

“Dicen que nunca se rinde…”. Eso reza el himno del Centenario, las letras que quedan grabadas a sangre en el corazón de los sevillistas. El Sevilla fue fiel a su sangre: un equipo que nunca baja la bandera, ni muerto, que lucha y jamás se entrega. El Barcelona tuvo que recurrir al mejor repertorio de Messi para llevarse la partida, la Supercopa; pero antes dejó hasta la última gota de sudor porque su adversario así lo exigió. Perdió el Sevilla, pero murió disparando y con la cabeza muy alta.

El corazón de los barcelonistas todavía seguirá latiendo a mil por hora por el susto que les metió en el cuerpo esta gente de Emery, experta en apretar el acelerador en los momentos en que, con la barbilla en la lona y escuchando la cuenta del árbitro, se levanta y ensarta al rival. Esta casta competitiva no es nueva. Es el Sevilla de los Stuka, el Sevilla de Campanal y Gallego, el de Lora, Diéguez, Ruiz Sosa y Achucarro, también el de Palop y Kanouté. Gen que sale de las parideras del barrio de Nervión.

“El Sevilla tiene un gen competitivo que se mama desde chico en la Ciudad Deportiva del club. Y no se sabe quién importó ese gen de futbolista luchador y victorioso, el caso es que los chavales desde el primer peldaño, cuando estrenan esta camiseta y ven este escudo, aprietan los dientes y luchan. Jamás se rinden”, eso me decía el otro día Pablo Blanco, coordinador de la cantera sevillista y un hombre que lleva medio siglo en el club.

Un Sevilla que nunca se rinde (Labandón, el Arrebato, infantil sevillista y nieto de uno de los albañiles que hizo el Ramón Sánchez-Pizjuán, dejó desconchones de su rodilla en los campos de tierra de Híspalis luciendo el escudo sobre la camiseta blanca y luego silbó la música), un equipo que disparó a la sien del Valencia y se enganchó, cabezazo de M'Bia en el último suspiro, al tren de Turín para luego ganar la UEFA; un Sevilla que hizo sudar tinta y vergüenza torera al mismo Barça en la última primavera; un Sevilla de Emery, que cambió la noche nublada de San Petersburgo por el día más radiante merced a un estoconazo de Gameiro en los últimos estertores. Como ocurrió años atrás en Donestk, Ucrania, cuando el portero Palop remató a gol un córner.

Y en la noche georgiana, el Sevilla fue fiel a su estilo. Se vistió de largo el cuadro nervionense  y se reconoció en el espejo. No importó que Messi golpeara dos veces, tampoco que Rafinha hiciera lo mismo y que Luis Suárez pusiera el muro de Berlín delante de las narices sevillistas. El Barça levantó los brazos mirando a la gloria y se quedó sin zapatillas. Messi tiene duende y Reyes también, Vitolo aprieta el botón y saca de los baúles una ración extra de amor propio y lo reparte a los suyos. Gameiro hizo su gol y el italiano Immobile, pese a que todavía no se ha estrenado, cerró los puños, le ganó la vez a Bartra y miró al lugar donde anidaba Konoplyanka, un genio en ciernes, y éste colocó la bandera sevillista al mismo nivel que la del Barcelona. Un 4-4 que hablaba alto y claro del orgullo sevillista frente al poderío dinerario del conjunto azulgrana. Y la prórroga.

Ahí, con Krychowiak, ese polaco que aprendió a jugar en jaula de tigres, tocado por un fuerte golpe en las costillas, Vitolo con el peligro de un músculo roto y Rami en pie después de una semana en hospitales, el Sevilla siguió con el pecho erguido y poniendo en aprietos al Barça. Los minutos pasaban y la incertidumbre crecía. Su rival sólo tenía ojos para Messi, para su duende cansado. El príncipe de Rosario vio al jugador más herido del Barça y Pedro no defraudó. Disparó al corazón sevillista que cayó a la lona, pero no murió. Todavía tuvo un par de jugadas más el Sevilla. Dos: una de Coke y otra de Rami. Los barcelonistas sintieron cómo el corazón se les salía por la boca porque el tiempo parecía dormido… hasta que el árbitro pitó el final de la contienda y lo dio vencedor. El vencido, este Sevilla de Emery que antes lo fue de Arza y Kanouté, miraba al cielo exhausto con la cabeza muy alta. El multimillonario Barcelona fue campeón de la Supercopa y revoleó el trofeo enloquecido. Normal: ganó a un equipo que jamás se entrega, un pelotón que recuerda a la gente de Viriato y es fiel a su leyenda y estilo. Un Sevilla que nunca se rinde y siempre lucha.

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